Domingo, 17 de Febrero de 2019

Formulario de búsqueda

    La primera colonia de chinos en la comarca, que no fue aceptada en Gibraltar, se instala en San Roque

  • Vista de la bahía desde Puente Mayorga. Acuarela firmada por Boilat en torno a la segunda mitad del siglo XIX. Hemeroteca Histórica Municipal Francisco María Tubino. San Roque
    Antonio Pérez Girón

    En otra ocasión me he referido a la fama de pueblo sano de San Roque. Un hecho constatado históricamente y que los vecinos de épocas pasadas atribuían a la acción del santo, pero que, sin duda alguna tenía mucho que ver con la magnífica organización de la sanidad local. Las enfermedades contagiosas penetraban, la mayoría de las veces, a través del puerto de Gibraltar, cuya población fue víctima de importantes epidemias. 

    El crecimiento de su actividad marítima comercial y la constante llegada de buques de guerra de diferentes nacionalidades, suponía un riesgo en materia de salud pública en tiempos en que las epidemias se extendían con enorme facilidad. Pero San Roque contaba también con un surgidero que, si la política del momento lo hubiese permitido, constituiría en la actualidad el gran puerto de la bahía. Puente Mayorga recibía buques de distintos y lejanos puntos del orbe, pero, en este caso, la estrecha colaboración del celador (alcalde de barrio), la Comandancia de Marina del puerto sanroqueño y la Junta Local de Sanidad operaba con resultados muy positivos. El control en el paso fronterizo con la colonia no era tan efectivo, pues la vigilancia de las autoridades inglesas se relajaba con facilidad, para preocupación de las autoridades españolas.

    La cuarentena de barcos en el surgidero de Puente Mayorga era una de las medidas habituales, habiendo documentación sobre la aplicación de esta medida a buques de orígenes tan dispares como Argelia, Filipinas, Turquía o Rusia. Este tipo de control no sólo se aplicaba en las aguas, también los productos desembarcados ilegalmente eran sometidos a la intervención de los servicios municipales. En este sentido, y por citar uno de los ejemplos más destacados que he tenido la oportunidad de encontrar, está el especial cuidado que puso la junta sanitaria en la localización del trigo en mal estado que había sido sacado de los barcos naufragados en las playas de Puente Mayorga, por efecto del gran temporal producido en 1813. Las autoridades municipales efectuaron requisas en un buen número de casas, imponiendo sanciones a quienes guardaban el producto.  Cuando ya estaba localizado la mayor parte del trigo, se hubo de intervenir bacalao, arroz y harina proveniente también de los barcos abandonados.

    En 1834 el cólera afectó a buena parte de España. Y San Roque luchó denodadamente para mantener indemne a sus vecinos. Lo cierto es que a socaire de la actividad marítima, llegaban familias desde otros lugares de la comarca, e incluso pertenecientes a otras provincias andaluzas, especialmente de Málaga, lo que aumentó el número de humildes chabolas existentes, y el riesgo de transmisión de enfermedades contagiosas.

    Pero si estos desplazamientos eran vistos con normalidad, un caso ocurrido en el verano de 1873, encendió las alarmas en este barrio costero. No tanto por la procedencia de las personas implicadas sino por las acciones que estaban realizando, en absoluto habituales para los responsables de la salubridad pública.

    En el lugar se había establecido una colonia de chinos, la primera de la que he encontrado constancia histórica en la zona. En Gibraltar no le habían dado cabida y, por tanto, el grupo se trasladó a la cada vez más bulliciosa y cosmopolita barriada de Puente Mayorga, donde las posibilidades comerciales también tenían su importancia.

    Los propios vecinos denunciaron lo que en las correspondientes actas se refleja como «objeto de especulación de varios asiáticos». A los residentes les preocupaba la existencia de depósitos de huesos de animales para la realización de objetos para su venta, la actividad económica que desarrollaban los chinos.

    El Ayuntamiento actuó con la rapidez que caracterizaba sus acciones en estos casos, acordando que «no pudiéndose tolerar la perpetración de un abuso tan perjudicial para la salud pública, especialmente en la estación actual».

    El alcalde José Diánez, ordenó al celador de barrio que «inmediatamente obligase a los dueños de los expresados depósitos a que enterrasen los efectos contenidos en ellos a la profundidad necesaria para impedir que las emanaciones naturales de la putrefacción corrompan la atmósfera y haya que lamentar alguna epidemia. En el concepto que la menor resistencia que hagan los individuos de quienes se trata, al cumplimiento de esta disposición, será castigado severamente con arreglo al Código Penal».

    Estaba claro que San Roque no le negaba el asentamiento en su territorio a esa comunidad extranjera, aunque no se lo hubiesen permitido en la vecina población bajo pabellón británico, pero no estaba dispuesto a permitir una práctica que ponía en riesgo la salud del  vecindario.