Lunes, 22 de Octubre de 2018

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    Conflictos en el abastecimiento del pescado, alimento fundamental de los gibraltareños

  • Imagen de Gibraltar desde los pies de Sierra Carbonera. Grabado en acero y color. Obra del lugarteniente H.E. Allen. Hacia 1841. Hemeroteca Histórica Municipal Francisco María Tubino. San Roque
    Antonio Pérez Girón

    Los primeros años del Campo de Gibraltar tras la ocupación de la plaza calpense no sólo muestra un escenario de conflictos bélicos, sino un paisaje que para muchos sería interesante conocer. Un paisaje de aguas con abundante pescado, vastos bosques, prados y hasta manadas de lobos. Una envidiable naturaleza comparada con los tiempos actuales pero, sin duda, difícil en el quehacer diario de quienes habían salido del Peñón en 1704.

    No lo tenía fácil el Cabildo para afrontar los múltiples problemas que iban surgiendo. Sin embargo, la determinación de los regidores en organizar la vida de los vecinos en las mejores condiciones que las circunstancias permitían, quedaba patente en las acciones llevadas a cabo. 

    En 1718, de manera incomprensible, dada la riqueza pesquera de la zona, la ciudad experimentó una escasez importante de pescado. El hecho se hizo más ostensible durante la cuaresma, cuando el consumo aumentaba considerablemente. Las investigaciones realizadas por el Ayuntamiento llevaron a concluir que los armadores de las artes de jábegas no cumplían con la ordenanza puesta en marcha hacía cien años en Gibraltar -vigente para el exilio gibraltareño como el resto de normas provenientes de la plaza-, de enviar los viernes y vigilias de cuaresma dos cargas mulares de pescado para el abasto del pueblo. El Cabildo acusaba a los armadores de vender la mercancía a los arrieros forasteros, por lo que se establecieron penas para combatir dicho incumplimiento.

    Relacionado con este alimento, considerado de los principales, se produjo un nuevo enfrentamiento, pero en esta ocasión con la propia autoridad militar. En marzo de 1719 el conde de Louvignies, comandante de las fronteras, de manera unilateral, ordenó la prohibición de la actividad pesquera. Para ello había destinado a soldados que impedían la salida al mar de la totalidad de la flotilla de jábegas. 

    El Cabildo no daba crédito a la noticia y para confirmar la misma mandó citar a los armadores. Acudieron Bartolomé Márquez, Juan Tomás, Cristóbal  Sánchez y Sebastián Ruíz, los de mayor poder. La reunión, que contó con la presencia del corregidor Bernardo Díaz de la Isla, corroboró las informaciones que habían circulado por San Roque. Cuando las autoridades locales no habían salido aún de su asombro el escándalo tomó proporciones alarmantes al conocerse que el ayudante del jefe militar, Tomás Medina había informado directamente a los pescadores que no podían ejercer su trabajo, pues en la casa del comandante no había entrado pescado alguno. 

    Los pescadores afirmaron que no hubo producto para el militar porque cuando mandó recogerlo ya se había despachado en su totalidad, pues los ofíciales y soldados se llevaban la mayor parte de las capturas.

    De inmediato se pidió la anulación de aquella medida, auténtico abuso hacia la población. Un abuso que no era nuevo en la persona del comandante de las fronteras.  

    En este sentido, el año anterior, el vecino Diego Miguel Guerra había denunciado el hecho de que el conde de Louvignies, le hubiese mandado desocupar su vivienda en la que residía con su familia, al objeto de ser ocupada por su persona. El Cabildo protestó y nombró a los regidores Antonio de Mesa y Melchor Romero para que se entrevistasen con el conde, lo que supuso el primer choque con el despótico militar.

    El Cabildo era consciente de la importancia de la pesca para los gibraltareños, ahora establecidos en el campo de San Roque. Y también del papel destacado de los armadores como clase agrupada, que podía ejercer, en un momento dado, presiones en beneficio propio. Así, cuando los armadores extendieron su actividad a la zona malagueña de Manilva, limítrofe a la población, les recordó la prioridad de centrarse en la costa propia y de no provocar desabastecimiento. El Ayuntamiento estableció un plazo para que retornaran a San Roque, bajo la amenaza de pérdida de la condición de vecino, haciéndoles saber la obligación de enviar las capturas al municipio.

    Por otra parte, en el campo surgieron problemas con la presencia de numerosos lobos. Los criadores se quejaban de los daños causados y hubo que organizarse batidas. Ante tan elevado número de estos animales, el Cabildo mostró su convencimiento de que a las manadas existentes en el Campo, se unían otras que habían sido expulsadas de otros parajes. El lobo, que tanto abundaba en el extenso territorio de San Roque, es hoy inexistente en la zona, y una especie protegida allí donde todavía perdura, pues corre el riesgo de su total desaparición. 

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