Lunes, 22 de Octubre de 2018

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    Movilización de los gibraltareños contra Gran Bretaña

  • Batalla del Cabo de Passaro. Gran Bretaña destruye la flota española sin declaración de guerra. Obra de Richard Patton, 1767. Museo Marítimo Nacional, Greenwich (Londres)
    Antonio Pérez Girón

    Tambores de guerra volvían a retumbar por toda la comarca. El enemigo se hallaba a escasos kilómetros y no era para menos la preocupación entre los gibraltareños exiliados. Tampoco suponía noticia grata en el Peñón a pesar de las fricciones que se venían produciendo desde la ocupación por los ingleses

    En septiembre de 1718, el corregidor Díez de la Isla informó de la comunicación recibida del marqués de Prum, en el que le participaba el combate producido entre las armadas de España y Gran Bretaña, anunciando «que se debe creer rota la guerra». Aludía el corregidor a la batalla que había tenido lugar en el cabo de Passaro, en la Siracusa siciliana, donde los barcos ingleses destruyeron una flota española, sin haber mediado declaración de guerra.

    Felipe V había decidido la conquista de Córcega y Sicilia y en el verano de 1717 se hizo con Cerdeña, y al siguiente con la segunda de las islas. Gran Bretaña, Francia, Países Bajos y el Sacro Imperio Germánico conformarían la Cuádruple Alianza que hizo frente a la monarquía española. La contienda se cerró con el Tratado de La Haya de 1720, resultando una derrota para España

    Pero retornemos a la comarca y observemos los movimientos de autoridades y vecinos, los mismos que habían salido de Gibraltar durante la invasión inglesa.

    Consecuentemente a lo anterior el corregidor mandaba que se llevaran a cabo las medidas necesarias para la seguridad de los ganados y cosechas. También ordenó que, por parte de los diputados de guerra Juan de la Carrera y Juan de los Santos, comprobasen las armas en poder del vecindario y estimara quiénes podían tomarla ante la situación bélica creada.

    Asimismo, se dispuso que los residentes en las entonces barriadas de Algeciras y Los Barrios, así como lo que se hallaran en el campo, concurriesen a San Roque el domingo 18 de agosto, al objeto de elegir los que habrían de participar en las órdenes de guerra, nombrándose al mismo tiempo las patrullas armadas para la seguridad de la población.

    Igualmente, se dictó que los mesoneros diesen cuenta de las personas que entrasen en las posadas, haciéndose saber a todos los vecinos que no acogiesen forasteros en sus casas sin el conocimiento del corregidor.

    En el mes de octubre se recibió una carta del capitán general de las costas, remitida desde el Puerto de Santa María, dando instrucciones al Ayuntamiento. El comandante de la zona sanroqueña Andrés Pérez de Viacoba se ocupó de la organización de pelotones para la defensa. Medida que chocó con la falta de mandos, pues sólo existía un veterano con la suficiente experiencia.  

    En este sentido, las patrullas fueron capitaneadas por los propios regidores, quienes tuvieron especial cuidado en que no se sufriesen ataques o intentos de incendiar la población, teniendo en cuenta que estaba formada mayoritariamente por chozas. Cincuenta hombres formaron esta fuerza de vigilancia.

    De otro lado, al no existir armeros en las cercanías, se autorizó a los vecinos la compra de armamento en Cádiz y Ronda. Para poder sostener la movilización el Cabildo dispuso el producto de la venta de la bellota. También ejecutó una importante tala de árboles con destino a las necesidades de la Real Armada. Y se recuperaron los piquetes de caballería de Buena Vista (Campamento) y de otros puntos cercanos a Gibraltar. 

    Un gran esfuerzo para toda la población, por lo que el Cabildo solicitó de la Real Hacienda el suficiente dinero para atender de pan y sueldo a los alistados. Asimismo se requirió del capitán general de Andalucía el envío de armas y municiones.

    Ante la posibilidad de un saqueo por parte enemiga, el cura de la ermita de San Roque Mateo Noguera informó que el obispo había dado orden de sacar la plata y alhajas de la iglesia. La iniciativa no gustó al Cabildo, que recordó que las alhajas eran pocas, y que en caso de que corrieran peligro, siempre podría ocultarse en un lugar acondicionado  de la propia ciudad. Tampoco  a los vecinos convencía lo dispuesto por el obispo, pues una de las cofradías, la del Santísimo, muy activa en la ciudad, necesitaba de dichas alhajas.

    El principal escenario de la guerra no fue Gibraltar –aunque lo sería unos años después – pero era evidente que la comarca, por su cercanía al Peñón, suponía un punto absolutamente sensible a los vaivenes de la política internacional de los reyes. Y para la población gibraltareña, volcada en cada momento, la posibilidad de reconquistar la tierra que otra guerra le había usurpado.

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