Domingo, 18 de Noviembre de 2018

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    Alianza con los británicos en el Campo de Gibraltar

  • «Defensa del parque de artillería de Monteleón». Obra de Joaquín Sorolla. Biblioteca Museo Victor Balaguer. Villanueva y Geltrú
    Antonio Pérez Girón

    El levantamiento del 2 de mayo contra el invasor francés, no fue un arrebato de patriotismo improvisado, sino que representó la puesta en marcha de un plan preparado y coordinado. Existen interpretaciones en el sentido de que el levantamiento en armas del pueblo de Madrid fue provocado al extenderse el rumor de un posible secuestro de la familia real española por Napoleón. Los capitanes Daoiz, Velarde y Goicoechea hicieron llegar a los sublevados las armas que se guardaban en el parque de Artillería de Monteleón, pero iguales o parecidas reacciones se habían producido, simultáneamente, en otros muchos lugares de España. En el Campo de San Roque el general Castaños había manifestado sus simpatías por los británicos. Una demostración de ello fue el abandono del Incógnito en el golpe de mano contra los ingleses en Gibraltar, relato que fue objeto de otro trabajo en este medio.  

    Cuando, en octubre de 1807, llegaron órdenes gubernamentales de que no debía haber ningún contacto con los ingleses, convino con el gobernador en Gibraltar, sir Hew Dalrymple, que los españoles podían residir en el Peñón, y los británicos en San Roque, si así lo deseaban. Dice el británico George Hills que Castaños informó a su colega inglés «del resentimiento cada vez mayor, de los españoles, por la dominación francesa, y estaba averiguando qué tipo de ayuda podía esperarse de Gran Bretaña si él y el general De la Peña, en Cádiz, se levantaban contra los franceses, cuando recibió la noticia del levantamiento de Móstoles, el histórico 2 de mayo».

    El comandante militar del Campo de San Roque, Javier Castaños no tardó en hacer valer su buena relación con el gobernador del Peñón ante la invasión francesa. En realidad, Gran Bretaña, habitual enemiga de España, se convertiría en aliada contra Napoleón.

    La colaboración de Castaños y Dalrymple resultó muy eficaz. El gobernador español había informado a su homólogo británico de sus planes, de reunir el mayor ejército que pudiera en Ronda y marchar hacia el norte para combatir a los franceses. Dalrymple ordenó que todos los varones españoles, residentes en el Peñón, de los 15 a los 46 años, se unieran al general Castaños. En un plazo muy corto se reunió una cantidad  económica importante que  sirvió para respaldar al ejército que Castaños había logrado reunir, y que el 19 de julio de 1808 derrotaba a tres divisiones del mariscal Soult, en Bailén, con la rendición de 23.000 veteranos de Napoleón.

    La noticia de esta victoria causó honda impresión en toda Europa, pues era la primera vez que el emperador francés era derrotado en campo abierto.

    En Bailén culminó un año de operaciones militares de resultados desfavorables. Napoleón había situado en España un ejército de 160.000 infantes y artilleros y 21.000 jinetes, mientras que las fuerzas españolas eran pocas y dispersas, aunque contaban con el apoyo de todo el pueblo. El mes de junio se había saldado con las derrotas de los generales Cuesta y Blake, tras las que los franceses ocuparon Valladolid y Santander, y la del general Palafox, en campo abierto en Levante.

    En San Roque, el 31 de mayo de 1808, José Ignacio de Llorens, alcalde del Crimen Honorario de la Real Chancillería de Granada, Corregidor y Capitán de Guerra, dio a conocer a los regidores que había recibido un oficio del Comandante General del Campo, en el que remitía un ejemplar del Bando de la Suprema Junta de Gobierno de Sevilla, para el alistamiento de voluntarios «en defensa de la religión y de la patria» y para que se reconociese en todos los pueblos de su jurisdicción de su mando, la autoridad de dicho gobierno. Los capitanes Pedro Moriano y Juan Infante se encargaron de organizar el alistamiento, destinando cuatro reales diarios y el pan necesario a cada uno de los soldados. A la llamada acudieron 92 voluntarios, que quedaron encuadrados en el ejército de Castaños. Con posterioridad, la remisión de sanroqueños se sucedería a lo largo de toda la guerra, «pudiendo usar cada uno de cualquier arma que tenga o se le proporcione, sacándolas del vecindario sin detenerse por falta de ellas». El país vivía una permanente movilización. Y todos los hombres eran pocos para combatir a los imperiales.

    Mientras tanto, si la colaboración inglesa era una evidencia, no hay que dejar a un lado que con la entrada de las fuerzas napoleónicas en España el panorama económico gibraltareño mejoraría considerablemente. Tan relevante era la circunstancia que el propio diario The Times, de Londres, informaba el 10 de mayo de 1809, que el comercio en Gibraltar estaba atravesando una época de lo más floreciente, lo que tenía su inmediato reflejo en los ingresos de aduanas. Y ya en noviembre, indicaba que los beneficios previstos superarían a los del año anterior en más de 1.600.000 libras.

    Con todo, el logro principal de los británicos sería, aprovechando la coyuntura guerrera, la destrucción de la línea de fortificaciones españolas frente a Gibraltar, la conocida Línea de Contravalación, que incluía los fuertes de San Felipe y Santa Bárbara. Ordenada por el gobernador Campbell en febrero de 1810, supuso la eliminación de una estructura militar de gran envergadura, que preocupaba especialmente a las autoridades inglesas. La oportunidad de su destrucción no se hizo esperar. Otra guerra, en este caso civil, permitiría en el siglo siguiente la construcción del aeropuerto sobre territorio no cedido en el Tratado de Utrecht.