Martes, 18 de Diciembre de 2018

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    El ejército invasor francés necesita zapatos

  • Escena de la ocupación de un pueblo por dragones franceses (Mark Churms)
    Antonio Pérez Girón

    Quién iba a pensar que lo primero que exigieran los franceses al entrar en San Roque fueran zapatos. La guerra contra las tropas napoleónicas se vivía de lleno en el Campo de Gibraltar y los ingleses eran aliados de los españoles. No sería la única vez que los imperiales ocuparan los pueblos de la comarca, pero en esta ocasión, las órdenes de los gabachos, como les llamaban a los miembros del ejército invasor, no eran fáciles de cumplir.

    El 15 de febrero de 1810, se tuvo noticias de que los franceses estaban en Algeciras y, previéndose su entrada en San Roque, se mandaba, «se eviten las confusiones que repara una sorpresa de esta naturaleza». El Consistorio trataba de evitar el saqueo de la ciudad, teniendo en cuenta que no había fuerzas que la pudiesen defender. En este sentido, de producirse la entrada del enemigo, acordaba que sería recibido por el Ayuntamiento, el comandante de las Armas y el cura párroco, y se le ofrecería los auxilios que requiriese. Asimismo, se conminaba a los vecinos a no hacer frente a los ocupantes.

    El enemigo se hallaba a las puertas de la ciudad, pero con importantes carencias. Desde Jimena, el general Latour exigió de San Roque cebada para la caballería bajo pena de muerte. El escrito lo firmaba el comandante de la División francesa y el alcalde de aquella ciudad Diego Morales. Ni qué decir tiene que por parte del Cabildo se acordaba, «no oponerse a semejante disposición o providencia, sin exponerse al riesgo con que se le amenaza», recabando del vecindario la aportación de cuanta cebada hubiera en el pueblo. Y ello, a sabiendas de que «la caballería dispersa del Ejército del Centro que se reunió en este punto», había dejado las propiedades prácticamente esquilmadas. Se refería el Consistorio a la estancia en la ciudad de los restos  de esas fuerzas españolas, que habían sido derrotadas en Sierra Morena, y cuya demanda de víveres y dinero  llevaron al pueblo a una situación insostenible.

    Pero si esta petición francesa de cebada se pudiera considerar normal, estimando las necesidades de la caballería, sorprendente resultó para los miembros del Cabildo la comunicación que les era dada a conocer por el corregidor el día 25 de febrero, cuando ya los enemigos estaban en las calles de San Roque: los franceses necesitaban zapatos

    La orden fue dada a conocer por el Conde de Montarco, afrancesado que acompañaba a los invasores, y determinaba que el Ayuntamiento proporcionase «200 o 300 pares de zapatos» que hacían falta para la tropa. El propio corregidor y los capitulares Juan Antonio Rosier y Rodrigo Rendón, con enorme esfuerzo, se encargaron del cumplimiento de lo mandado, acordando «se proporcione la compra de los 200 pares de zapatos, que se encargue de las clase que los haya, o se manden fabricar en caso de no haber, como es regular dicho número en las tiendas de esta ciudad, para cuyo efecto y su ajuste, se comisiona al señor José Pinilla, diputado más antiguo del común».

    Con la presión de las tropas en la calle, el Cabildo aprobaba también el suministro de diferentes raciones solicitadas por el comandante francés. Se encargaba este servicio, para la carne y el grano, a Juan Silva; para el pan y el vino, a Juan de Torres; para el suministro de leña, a Juan José Rodríguez, y para la paja, a Juan José Benítez, teniente alcalde de la Santa Hermandad.

    Esa misma tarde tenía lugar el primer enfrentamiento armado. Un grupo de dragones de la caballería imperial alcanzó el barrio de Campamento, donde se hallaba concentrada una reducida fuerza española, compuesta de cuarenta jinetes mandada por dos oficiales. Los imperiales fueron rechazados y perseguidos hasta Buenavista, tras dejar seis muertos, entre ellos un oficial. Por parte española hubo  dos muertos y un desaparecido.

    Los franceses permanecieron en la ciudad hasta el 1 de marzo. Según el cronista Lorenzo Valverde, que vivió aquellos hechos, «cometieron toda clase de atropellos». Todo ello, a pesar del carácter de «ciudad abierta» que las autoridades municipales dieron a la misma. Quedó establecido el toque de queda a las ocho de la tarde y fue prohibido el uso de las campanas de la iglesia. También fue suprimida la que utilizaba el cofrade, que después del anochecer, pedía limosnas por las almas del purgatorio. 

    La Gaceta de Madrid, publicación oficial de los invasores, en su edición  del 2 de marzo, recogía la entrada de los franceses en la ciudad, indicando que las autoridades y el clero habían prestado juramento de fidelidad a José Bonaparte, en lo que, en opinión del diario, había sido una gran fiesta en San Roque. Nada más lejos de la realidad, la felicidad no había sido tanta. Clandestinamente se preparaba una serie de actos de guerrilla contra la fuerzas de ocupación. Nada más producirse la marcha de los franceses, el teniente alguacil mayor Juan Coca, organizó un levantamiento popular. Un nuevo capítulo de la historia del Campo de Gibraltar abría sus puertas. Muchas páginas quedaban por escribir.