Viernes, 19 de Abril de 2019
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Al rescate de los libros parroquiales de Gibraltar

  • Retrato de Armengual Mota. Litografía Maqueda. Biblioteca Nacional de España
    Retrato de Armengual Mota. Litografía Maqueda. Biblioteca Nacional de España
    Historia
    La sorpresa del obispo fue mayúscula. Era la primera visita que realizaba un prelado español tras la ocupación de Gibraltar y pudo comprobar la marginación de los católicos. El cura Romero de Figueroa, que permaneció en el Peñón al cuidado de la iglesia de Santa María la Coronada, hoy catedral católica, había pedido la intervención del obispo de Cádiz Lorenzo Armengual Mota. Sobre el papel del sacerdote en los años de guerra y posteriores ya me he referido en un anterior artículo, en esta ocasión seguimos los pasos del representante de la iglesia gaditana en un territorio donde no era bienvenido.

    En octubre de 1717 Inglaterra autorizó la visita pastoral del obispo quien se alarmó de la situación del catolicismo, del control militar sobre el grupo de fieles que allí permanecía y las vejaciones a que era sometido. A ello se unía la pérdida de las propiedades tanto de los católicos como de la institución religiosa. 

    Recogido en el informe que realizó tras su gira gibraltareña, Armengual Mota se lamentaba del deplorable estado de esa población marginada, comprobando que las reliquias y la documentación salvada por Romero de Figueroa, aunque bajo la protección del religioso, corrían el riesgo de desaparecer. El propio cura, que tanto había luchado por ese patrimonio, solicitó el traslado de todo lo preservado en su iglesia, pues temía que fuese sustraído. 

    El sacerdote le mostró la plata que aún no había podido sacar del Peñón, así como los libros parroquiales antiguos, «y otros papeles pertenecientes al Archivo de las iglesias y ermitas». Armengual solicitó al gobernador inglés su traslado, pero éste se excusó alegando que necesitaba la orden de su gobierno. En el relato de su visita el obispo mostraría su preocupación por lo allí guardado. 

    Armengual completó su visita pastoral en San Roque, donde sí recibió el calor de un pueblo que, tras salir de su tierra, perdiendo toda clase de bienes y propiedades, necesitaba del respaldo de las autoridades, aunque fuesen de índole religiosa.

    El Ayuntamiento quería agasajarle convenientemente. El propio rey lo había comunicado, y pese a las dificultades en las que se veían obligados a desenvolverse los gibraltareños que salieron de su ciudad en 1704, se hizo el esfuerzo para recibir al prelado con toda dignidad. 



    A este respecto, el Cabildo acordó dirigirse por escrito a Antonio de Ontañón, residente en Tarifa, «suplicándole le preste hasta en cantidad de tres mil reales de vellón, así para dicha urgencia como para la de piquetes que también precisa, y que se le hará el resguardo necesario a satisfacérsele del producto fruto de bellota de las dehesas de Algarrobo y Carril». El regidor Rodrigo Quiñones se hizo cargo de esta gestión.

    No era la primera vez que se recurría a la ayuda de Ontañón, que contaba con la concesión de tierras públicas en San Roque. En esas fechas también se le pidió que anticipase el pago de medio año que cumplía en Navidad por el uso de los pastos de la dehesa de la Argamasilla, pues se tenía que hacer frente a los abonos de los agentes que representaban al municipio en Madrid y Granada ante las instituciones oficiales. 

    Volviendo a la visita del titular de la diócesis, previéndose su llegada por la entrada del Carril, el actual acceso a San Roque por la calle Cazadores de Tarifa, se acordó arreglar este camino para que pudiera transitar el carro en el que viajaba. 

    El obispo pudo comprobar  la importante feligresía de la ermita de San Roque, y reconoció la necesidad de aumentar el número de religiosos que atendiese a la misma, pues sólo se contaba con un cura. En este sentido mandó el nombramientode otro auxiliar, «con la obligación de administrar igualmente y sin diferencia alguna los Sacramentos de penitencia, eucaristía, viático, extremaunción y asistencia a los matrimonios, explicación de la doctrina cristiana, visita a los enfermos, celebración de misas, así cantadas como rezadas, y todo lo demás concerniente a la cura de almas».

    Armengual Mota se reunió con el Cabildo y se concluyó la necesidad de recuperar los libros que guardaba Romero de Figueroa. Hecho que se culminaría ya fallecido el párroco de la iglesia gibraltareña, y que se atribuye al cura Gregorio Antonio Sabando.  Los documentos llegaron a San Roque y se hallan en el Archivo del templo homónimo de la ciudad.

    Su consecución supuso una enorme alegría en San Roque, donde era difícil desligar la presencia religiosa, por otro lado, hija de la época, en el sentir de la gente. De hecho el Ayuntamiento había destinado trescientos treinta y siete reales y medio a la celebración del Corpus de ese año.

    Y todavía estaba fresca la celebración que tuvo lugar cuando el mercader y activo cofrade Diego Ponce trasladó desde el Peñón, en enero de 1715, las imágenes de Nuestra Señora de los Remedios y de San Sebastián. El cura de la ermita de San Roque Francisco Román Trujillo organizó la procesión con dichas imágenes y una misa cantada.


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