Miércoles, 20 de Marzo de 2019
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¿Quién cortó el rabo al perro de San Roque?

  • Imagen actual de la ermita dedicada a San Roque. Foto APG
    Historia
    Antonio Pérez Girón

    No son pocos los que se preguntan por el rabo del perro de San Roque, o mejor aún por el autor de que Melampo -así se llamaba el can-, se quedara rabón. La ermita dedicada al benefactor francés que se ganó la santidad a base de entrega por los más humildes, especialmente por aquellos que sufrían de las constantes epidemias que asolaban Europa, era el lugar preferido por los gibraltareños, a cuyo territorio pertenecía hasta la ocupación por los ingleses de su ciudad

    El que San Roque vaya acompañado de su inseparable perrito, le hace un santo especialmente popular. El perro simboliza al animal fiel, plenamente identificado con los humanos, capaz de dejar una huella imborrable en el corazón de quienes aman a los animales. El perro de San Roque jamás le abandonó y cuando éste sufrió el contagio de la enfermedad, aislado en el bosque, tan sólo recibía la visita del perrito que le lamía las heridas y le llevaba un bollo de pan, tal como la iconografía ha trasladado hasta nuestros días. Está claro que supo ganarse su sitio junto al que habría de ser su querido amo y, con ello, también en la historia popular.

    Adornado de leyendas, Melampo se hizo tan famoso como el señor Roque. En los distintos pueblos donde se celebra la festividad del santo, existen costumbres diferentes, y enumerarlas sería transformar este artículo en un tratado de tradiciones populares. Simplemente me referiré a la leyenda del rabo inexistente del entrañable animal.

    No se sabe la fecha exacta del surgimiento de la leyenda sanroqueña, o si por el contrario fue realmente una historia auténtica. Que el lector discurra sobre ello. 

    Para el autor local Gil Molina sucedió con ocasión de la epidemia de 1885, según escuchó siendo monaguillo de boca del cura Caballero de Luna. Con importantes matices, y mucho antes lo recoge Nogales-Delicado, pero, en cualquier caso, coinciden en lo esencial: la desaparición del rabito de Melampo sucedió en la popular y venerada ermita. 

    El protagonista de la historia se llamaba José Antonio y había servido con el conde de los Andes en las colonias de América. De vuelta a España ingresó de lego en un convento, del que no tardó en ser expulsado por su excesiva afición a la bebida. Llegado a San Roque obtuvo el favor del cura Manuel de Villaprieta, quien le facilitó empleo como guardián del cementerio, luego de muñidor de una cofradía y, finalmente de ermitaño de San Roque.

    Allí ejercía cuando el cólera morbo hizo acto de presencia en Gibraltar. El peregrinaje al santuario fue en aumento, igual que el fervor de los fieles. Ya no se contentaban con llevar flores y velas encendidas, pues queriendo estar más cerca de los favores del santo, comenzaron, principalmente las mujeres, a tocar la efigie con pañuelos, rosarios y mantillas. Pero no fue suficiente y de ahí se pasó a raspar la llaga que la imagen muestra en su pierna izquierda, obteniendo el polvo necesario para preparar una tisana milagrosa que les preservara de la enfermedad, e incluso que llevara la curación a los enfermos. Hay quien dice que fue la primera exportación organizada hacia la ciudad calpense.

    Aquella situación superaba a José Antonio que no sabía qué hacer para impedir tan desbordada devoción. Como alternativa, con la intención de no perder ni el aprecio de los devotos ni, por supuesto, el empleo, acordó con los peregrinos que podían seguir obteniendo el preciado polvo sanador, pero en vez  de la sagrada pierna, que corría el riesgo de quedar reducida con tanto frotar, podrían extraer la misma materia del rabo del inseparable can, que formaba parte del grupo escultórico. 

    El santo era santo pero el perro, al fin y al cabo, era un perro. Y, desde luego, la extremidad de aquél no podía compararse con la cola, apenas visible, del animal. Si a ello se le añadía un florero perfectamente situado, nadie iba a percatarse de lo que consideraba un «detalle de poca importancia».

    Estaba claro que ese beneficio comunitario no podía ser gratuito, por lo que el avispado guardián estableció la correspondiente gratificación económica, que le permitió una interesante recaudación.

    Pero como todo se acaba conociendo, máxime cuando más de uno se hallaba convencido de que el pago era una tasa parroquial, la actividad económica del ermitaño llegó a oídos del cura Villaprieta que, sin pérdida de tiempo, se trasladó a la ermita. 

    Tras observar de cerca la imagen de San Roque halló constancia en la pierna izquierda de la «piadosa indiscreción». Nada que no se pudiese remediar con alguna capa de barniz. Tras la justificada bronca al empleado, y cuando ya se disponía a marcharse, tal vez porque rozara el jarrón de porcelana que sostenía un voluminoso ramo de flores, o por simple coincidencia, al caer al suelo el objeto, dejó visible al pequeño Melampo, que, apareció ante el atónito sacerdote, sin la cola que siempre tuvo.

    Según algunos, el ermitaño se limitaba a tolerar la frotación de Melampo, otros iban más lejos: el propio José Antonio se encargaba de elaborar el producto, cuya «fórmula milagrosa» estaba formada por un poco de harina y unas raspaduras de la cola del perrito.

    No tardaron los sanroqueños en popularizar una canción que, con buen humor, decía:

     

                            El perro de San Roque

                            no tiene rabo,

                            porque el guardasantero

                            se lo ha raspado.

     

    Copla que también tuvo su variante, teniendo en cuenta que se achacaba al sexo femenino la acción continuada del raspado:

                

    El perro de San Roque

    no tiene rabo,

    porque las sanroqueñas

    se lo han cortado,

    y el pobrecito

    viendo ahora una enagua

    rompe en aullidos.

     

    Una cosa quedó clara: Melampo se quedó sin rabo y el ermitaño José Antonio pasó a engrosar las listas del paro de la época.

     


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