Martes, 23 de Abril de 2019
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Bandoleros en el Campo de Gibraltar

  • No eran patriotas aunque se hacían pasar como tales aprovechando la situación de guerra contra los franceses.

    Fragmento de un grabado de Gustavo Doré sobre la serranía de Ronda
    Fragmento de un grabado de Gustavo Doré sobre la serranía de Ronda
    Historia
    No eran patriotas aunque se hacían pasar como tales aprovechando la situación de guerra contra los franceses. Favorecidos por la alianza hispanobritánica se movían con libertad en un Gibraltar en pleno auge económico al socaire de la contienda. Era el caso del Zamarrilla, que actuaba por su cuenta desde Ronda, contando con sus contactos en el Peñón.  En 1810 hizo una incursión en San Roque, donde exigió hombres, armas y municiones. Por eso,  cuando en 1813 solicitó residencia en la ciudad –quería estar cerca del emporio gibraltareño– el Ayuntamiento se la denegó de inmediato. No eran esos los guerrilleros que necesitaba el país, pues sus actuaciones no tenían nada que envidiar a la de los peores bandoleros.  Y todavía estaba cercano el asesinato del vecino Ramón Valverde, en la cañada del Tábano, en el término de Manilva. No llevaba dinero, por lo que le robaron la ropa que vestía.

     

    En el Campo de Gibraltar se formó la partida mandada por Salvador Guzmán, respaldada en todo momento por la Comandancia General del Campo. Guzmán combatió a los imperiales en distintos puntos de la provincia con gran disciplina. Era un hecho constatable  que los continuos fracasos militares contrastaban con los éxitos de la guerrilla. El Ejército no estaba lo suficientemente pertrechado ni instruido, y a ello había que añadir la falta de disciplina y la desmoralización.

     

    Pero no todas las partidas eran reconocidas como las famosas del Empecinado o Espoz, que actuaban como verdaderos profesionales de las armas. Ya el Reglamento de Guerrillas que discutió las Cortes de Cádiz excluía a lo que hoy podría llamarse como «señores de la guerra». 

     

    La finalización de la guerra no trajo consigo la desaparición del bandolerismo (Ver en este medio «Secuestro de ingleses en el Zabal»), produciéndose en la comarca hechos luctuosos. Ello se haría patente con el asesinato en 1849 del conocido vecino de San Roque,  José de Sola Torres, secuestrado por dos hombres armados de escopetas, que le sorprendieron mientras paseaba cerca del cortijo Las Bóvedas, propiedad de su familia, en el actual San Enrique

     

    A través del aperador del cortijo se exigió a su padre, el hacendado Juan de Sola Martínez, la cantidad de 60.000 reales. El hermano del secuestrado Juan de Sola se encargó de hacer las pesquisas para saber dónde se hallaba, e incluso se desplazó con una serie de hombres armados y carabineros hasta el lugar llamado Las Navas, tras recibir una información falsa de un pícaro que quiso sacar tajada de la situación.

     



    Transcurrido cinco meses del secuestro, el 12 de julio fue encontrado en una garganta de Sierra Bermeja, el cadáver descompuesto de José de Sola. Junto al cuerpo, yacía también el caballo que montaba el día de su captura. Dos cartas había enviado a su familia solicitando el pago del rescate, documentos que son guardados por sus descendientes sanroqueños.

     

    La familia había vivido una experiencia anterior pero, por fortuna, no finalizó trágicamente. Ocurrió en 1843, y en esta ocasión la persona secuestrada fue Manuel de Sola, hermano del asesinado. Había sido capturado cuando regresaba desde Guadiaro a San Roque, en el camino de la Cruz del Romeral, en la bajada del arroyo Guadalquitón. Venía acompañado del albañil Luis Ojeda, encargado de algunas obras en los cortijos de la mencionada familia, y quien sería utilizado como mensajero para la entrega de mil reales en el término de tres días.

     

    Nuevamente fue Juan de Sola, siguiendo las indicaciones que los bandoleros habían ordenado a Ojeda, el encargado de tomar contacto con la partida. Cabalgó el Camino de Gaucín, hasta llegar a la Venta de Algatocín, y de allí fue conducido a dicho pueblo donde se entrevistó con los captores. De Sola les dijo que no llevaba dinero alguno, y que su padre estaba dispuesto a pagar seis mil reales, todo el capital que tenía. 

     

    Aunque los bandidos consideraron corta la cantidad, ya que tenían que repartir entre cuatro, aceptaron finalmente. Aquella noche, el intermediario durmió junto a los secuestradores, y a la mañana siguiente partió para San Roque, desde donde trajo el dinero  que permitió la libertad de su hermano Manuel.

     

    El capitán de aquella partida era Juan León, que con anterioridad estuvo preso en San Roque por robo. Había actuado en el término de Medina Sidonia, donde fue detenido y encarcelado en la Isla de León. De allí se fugó dando muerte a un sargento y causando heridas a varios soldados.

     

    Volvió al Campo de Gibraltar, y en las vegas del Guadarranque,  robó varios caballos a unos ingleses. Su historial delictivo continuó con su encarcelamiento, y posterior fuga durante un traslado, cerca de Tarifa.


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