Jueves, 25 de Abril de 2019
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El cólera morbo afecta a La Línea por su cercanía a Gibraltar

  • Vista del Peñón de Gibraltar en 1856. Museo Naval. Madrid
    Vista del Peñón de Gibraltar en 1856. Museo Naval. Madrid
    Historia
    El camino de La Línea a San Roque se convirtió en un desfile tétrico de carros transportado cadáveres. Era el cólera morbo que se había adueñado de Gibraltar y llegaba hasta el barrio de La Línea, donde se intentaba por todos los medios que el mal no se extendiera. Si 1854 fue un año revolucionario también fue el de la epidemia.

     

    Nuevamente, las autoridades enfrentaban todos sus medios a una nueva epidemia que amenazaba la salud de los vecinos, principalmente de La Línea, perteneciente al término de San Roque, donde el propio capellán de la pedanía, José María Mellado, insistía en la necesidad de construir un cementerio, pues el traslado de cadáveres afectados por la enfermedad suponía un serio conflicto.

     

    El Ayuntamiento, con escasos recursos accedió, siempre que la construcción se realizase a expensas de los propios vecinos, y que su cercado fuese de mampostería y sujeto a la vigilancia y la administración municipal.

     

    El número elevado de afectados en La Línea, hizo que el comandante general del Campo de Gibraltar, ordenase al Consistorio sanroqueño la puesta en marcha de un  hospital de coléricos, pese a que las arcas municipales no permitían un proyecto de ese tipo.      

     

    El Ayuntamiento de San Roque estableció un palenque o zona de exclusión sanitaria en el istmo. La medida fue bien acogida por el importante gremio de arrieros, que podían realizar su trabajo bajo un especial control, pero sin dejar de percibir el sustento familiar. La incomunicación total con la colonia no era una medida plenamente aceptada, por lo que dificultaba las acciones municipales.

     

    El gobernador de Gibraltar, Gardiner apostaba por una sutil colaboración que le permitiese desahogar la situación del Peñón. A través del cónsul español, proporcionó 9.600 reales para el socorro de los pobres de los barrios sanroqueños de La Línea, Campamento y Puente Mayorga. El dinero quedó a disposición del Ayuntamiento de San Roque para su distribución. 

     

    Los regidores volvieron a tener una opinión muy distinta a la Comandancia Militar: lo principal era contener la enfermedad, mediante un férreo control en el istmo y en el surgidero de Puente Mayorga, más que recibir ayudas económicas del gobernador británico. 



     

    No era fácil mantener el equilibrio, sobre todo cuando las exportaciones del municipio iban, en buena medida, hacia el Peñón. Los productos del campo entraban a diario en la colonia y era una actividad económica importante, si bien a través del puerto de Puente Mayorga, se embarcaba con destino a Almuñécar, Villajoyosa, Alicante y otros puntos del Mediterráneo. 

     

    Por eso, cuando pasó la marejada sanitaria y política, San Roque volvió al quehacer cotidiano, pero los problemas no tardaron en llegar. Al siguiente año, las lluvias dejaron sin trabajo a los jornaleros del municipio, por lo que se destinó una hogaza de pan diaria a cada uno de las familias o su valor en metálico. Jornaleros de todos los puntos del término desde Guadiaro hasta Guadarranque, pasando por los huertos de La Línea, pudieron acogerse a esta ayuda. Asimismo, la riada causó daños en algunos puntos y destruyó el puente de Guadalquitón.  

     

    La situación de la hacienda local no era nada boyante. Atendiendo a los requerimientos de la Administración Provincial de Hacienda, el Ayuntamiento informó, en 1858, de la actividad económica del municipio, pero lo hizo de manera muy escueta, y obviando la existencia de algunas fábricas, pues temía que sus escasos recursos fueran gravados desde instancias superiores.

     

    En su respuesta se manifestaba que se mantenía una feria anual que tenía lugar en los meses de junio o julio, tomando en consideración los intereses del vecindario. Sobre las industrias se destacaban las tiendas de géneros ultramarinos y frutos. De los datos facilitados se sabe que el término medio de una cosecha regular en un año, se establecía en 35.000 fanegas de trigo, 12.000 de cebada, 5.000 de maíz, 5.000 de cebada y 500 de garbanzos. Careciendo de aceite, centeno y vino.

     

    El municipio no podía permitirse la pérdida de patrimonio, siendo el alcalde Narciso Montesinos, el iniciador de una política de recuperación de las cañadas reales, usurpadas. Eran cañadas que se utilizaban libremente desde antes de la pérdida de Gibraltar, y que grandes propietarios habían ocupado a lo largo del tiempo, y que tras la destrucción de parte de los archivos de la ciudad a mano de los franceses durante la Guerra de la Independencia, había dado lugar a litigios por parte de particulares para su apropiación de manera permanente. En una de las sesiones municipales, Montesinos llegó a calificar este hecho como «el mayor escándalo y arbitrariedad para aumentar la fortuna de un determinado número de ambiciosos». A éstos los acusaba de haber talado arboledas «en contra de la naturaleza y del bien común de los vecinos».

     

    Montesinos se enfrentó al conde Luque por el uso exclusivo de terrenos públicos y actuó en las tierras de Cerro Alto, en Sierra Carbonera, abriendo un expediente para demostrar su común aprovechamiento, tras la venta que Dolores Peña había hecho a Andrés Cano Barea.

     

    Con criterio de hoy, no sólo nos encontraríamos ante un alcalde cumplidor con su función, sino también con un auténtico ecologista. 


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