Jueves, 25 de Abril de 2019
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El deporte y otros espectáculos en el Campo de Gibraltar en el siglo XIX

  • Práctica de lucha canaria en el propio campo. (Fondos gráficos de Fedac)
    Práctica de lucha canaria en el propio campo. (Fondos gráficos de Fedac)
    Historia
    Ante tanto movimiento político, incluso guerrero, donde tan sólo tener el sustento diario suponía una aventura, ¿era posible que hubiese lugar para el deporte? No se trataba de competiciones de élite, que comenzaron en el municipio sanroqueño de la mano de los ingleses de Gibraltar, como carrera de caballos, polo y golf, a los que me referiré en otro momento, sino a otras actividades más al alcance de cualquier vecino con la condición física apropiada.

     

    Si la afición a los toros, los carnavales y otros festejos periódicos animaba la vida cotidiana de los pueblos campogibraltareños, en ocasiones se daban casos excepcionales, como el vivido en San Roque el 20 de mayo de 1834 con el bautismo de la judía conversa Loy Ladero Hasan, joven de 24 años que se había fugado de su casa de Gibraltar con la intención de convertirse al cristianismo. Para tan excepcional ceremonia la ciudad fue una enorme fiesta con adorno de calles, bailes y hasta encierro de un toro de cuerda. Del propio Gibraltar llegó un número importante de familias que, desde primera horas de la mañana, paseaba por las calles, a la espera del inicio del acto. 

     

    La parroquia Santa María la Coronada no tardó en llenarse y muchos buscaron espacio en el amplio atrio de la misma. En la ciudad se había refugiado dieciséis años antes otra joven judía gibraltareña, Simi Cohen, que se haría monja en Medina Sidonia (Ver en este medio el artículo «Simi Cohen, la gibraltareña que huyó para convertirse al cristianismo y hacerse monja»).

     

    Pero qué decir de la mera actividad deportiva, tan extraña por los pueblos comarcanos. A primeros de abril de 1835 los vecinos de San Roque se vieron sorprendidos por la presencia de un joven venido de Cádiz, Francisco Bonilla, que se dedicó a la práctica deportiva del atletismo. «A un paso vivo y sin interrupción», recogía el cronista Lorenzo Valverde, invirtiendo cuarenta y dos minutos desde El Toril, en la entrada de la población, hasta el Cachón de Jimena, en el límite con el barrio de La Línea. Otra de las hazañas fue la de dar catorce vueltas a la Alameda en el tiempo de veintitrés minutos.  

     

    El espectáculo causó sensación y acumuló a numerosas personas en el lugar. La sorpresa se extendió entre el público, convertido en testigo directo del insólito acontecimiento.

     



    Ni que decir tiene que el atleta Bonilla fue aplaudido y saludado por los asistentes, aunque no faltó quien consideró la prueba deportiva como la acción propia de un demente.

     

    Sin embargo, como demostración de que aquello no era cosa del absurdo, no tardaría en aparecer por La Línea un personaje que, recorriendo pueblos, podía asimilarse en los días actuales a los levantadores de peso. Jaime Hércules se hacía llamar y había solicitado permiso para hacer una exhibición de levantamiento de piedras.

     

    En este caso, podía decirse que se asimilaba a lo que hoy es un deportista profesional, pues el representante que le acompañaba se encargaba previamente de recoger el dinero que los asistentes desembolsaban para presenciar el espectáculo.

     

    Jaime Hércules buscó el público que le deparaba Gibraltar y fue en la zona próxima al Peñón donde, instalada una empalizada, llevó a cabo la hazaña de levantar diferentes piedras de un peso considerable. Previamente había realizado una serie de ejercicios gimnásticos, que daban buena cuenta de su extraordinario estado físico.  El público vibró con el forzudo atleta, por lo que repitió la prueba durante el día siguiente con renovado éxito.

     

    En aquella época el equipamiento deportivo dejaba mucho que desear, pero con el paso del tiempo nuevos deportes basados en determinadas máquinas fueron llegando al Campo de Gibraltar. De esta forma, encontramos la irrupción del velocípedo. Verdadera atracción por lo novedoso en poblaciones de estas latitudes y, por primera vez, lejos de los deportes selectos que he mencionado al principio y que tenían el escenario exclusivo en la barriada de Campamento. Incluso ya la prensa, y no los cronistas curiosos que en sus cuadernos recogían extrañados las proezas de raros forasteros, comenzaba a dedicar espacio al infrecuente mundo de los deportes.

     

    En este sentido, el semanario sanroqueño El Progreso se hacía eco de la irrupción del nuevo deporte, señalando que «las carreras de velocípedos verificadas en la tarde del miércoles en la plaza de toros de esta ciudad estuvieron bastante concurridas, asistiendo a las mismas no sólo lo más selecto de la sociedad sanroqueña, sino la mayor parte de sus vecinos, que no asistieron a las funciones de toros. Aunque nuevo en esta ciudad dicho espectáculo, se miraba con interés todos sus accidentes, lo cual hace presumir que tal vez tome en San Roque carta de naturaleza». Comenzaba en la comarca a tomar forma el deporte del ciclismo, aunque todavía se practicara en las plazas de toros.


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