Jueves, 25 de Abril de 2019
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La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (I)

  • Vista de Gibraltar dibujada por Gustavo Doré y grabada por Laplante en 1876. Universidad de Sevilla
    Vista de Gibraltar dibujada por Gustavo Doré y grabada por Laplante en 1876. Universidad de Sevilla
    Historia
    Sin pertenecer al Cabildo ni al estamento militar fue uno de los sujetos fundamentales para que los gibraltareños exiliados se asentaran junto a la ermita de San Roque y, consecuentemente, fundaran la nueva ciudad. Guillermo Hillson fue un importante comerciante gibraltareño, -quizás de ascendencia islandesa o irlandesa- de enorme peso en la política local, pues asistió a la reunión de autoridades que decidió la capitulación ante la invasión anglo-holandesa de agosto de 1704.  

     

    Aunque varios autores se han referido a este personaje, fue a raíz de la interesante aportación de Alberto Sanz Trelles, (Catálogo de los Protocolos Notariales de Gibraltar y su Campo) donde se desvela el importante papel que este vecino tuvo  en los inicios de San Roque. Ello está contenido en el expediente de hidalguía iniciado en 1726 por iniciativa de Hillson y su esposa, la tarifeña, Juana de Quintanilla.  

     

    El sitio a Gibraltar  se levantó en abril de 1705 para dar  paso a un lento bloqueo. El pueblo gibraltareño desplazado comenzó a plantearse la constitución de un lugar estable donde habitar, aunque fuese de manera transitoria, siempre a la espera de retornar a sus hogares en el Peñón. Las tierras que ocupaban accidentalmente no les eran ajenas del todo, pues diversas familias contaban con propiedades en ellas, donde proliferaban los viñedos.

     

    En condiciones precarias, los refugiados trataban de sobrevivir a la guerra. En el Real Hospicio de San Roque se efectuaba el primer bautizo (el niño Juan Laurencio Caballero Hoyos), mientras que los heridos en combate eran atendidos en el Real Hospital de Sangre, en cuyo cementerio tuvo lugar el primer enterramiento registrado, el del teniente Pedro Rodríguez de Acosta.

     

    Cuando en mayo de 1706 fue ordenada desde Madrid la reunión del Cabildo gibraltareño, para reorganizar las actividades propias de una población, el regidor decano Rodrigo Muñoz Gallego pasó a convocarla en la viña de Benito Rodríguez. Junto a Muñoz, firmaron el acta Esteban Gil de Quiñones y el escribano Francisco Martínez de la Portela, siendo la antesala de la puesta en marcha del nuevo Ayuntamiento, o mejor dicho, de la continuación del existente en Gibraltar.  



     

    ¿Pero fue el único encuentro habido hasta entonces? Es difícil de creer que ello fuese así. Diferentes autores establecieron el primer cabildo en la huerta propiedad del regidor Bartolomé Luis Varela, al lado hoy de la ciudad, pero el acta a la que se ha hecho mención, descartaría esa hipótesis. No obstante, y hasta que se celebrase esa primera sesión oficial, ¿debemos entender que durante dos años no hubo reunión alguna? Y más aún ¿que no la hubiese de manera previa para la concertada por mandato real? Francamente creo, que dadas las diferencias de criterio que se suscitaron entre, al menos dos grupos de regidores y determinados refugiados influyentes, se produjo lo que, trasladado a expresiones de la época actual, podría llamarse «una pugna política», que no debió sustanciarse  en una única sesión.

     

    De este modo, no podría descartarse del todo, aunque sin acta que dejara constancia de ello, que tuviese lugar la que algunos historiadores sitúan en la referida huerta del poderoso Varela, que luego sería nombrado corregidor. De esta forma, Lorenzo Valverde, el infatigable cronista que retrató parte del siglo XIX, que directamente vivió, alude «a que hay tradición en San Roque que los primeros cabildos que se celebraron por el actual Ayuntamiento fueron en una sala de la casa de la antigua huerta de Varela, que la tenemos a 800 pasos al poniente de esta ciudad». Valverde deja entrever que se trataba de reuniones anteriores a la histórica del 18 de junio de 1706, donde se decidió elegir el pago de San Roque para poner en marcha la administración municipal.

     

    Si volvemos al expediente de Hillson, -cuando habían transcurrido tan sólo veinte años de la fundamental fecha-, tomará fuerza la aseveración del cronista. En el mencionado expediente de hidalguía se recoge que en esos prolegómenos fundacionales tuvo efecto una reunión, yo diría que asamblea, con la intención de elegir el sitio para ubicar el Gibraltar en el exilio, y que esa junta se llevó a cabo  «en la Hacienda del Señor Don Bartolomé Luis Varela». Sin ser el acta del Cabildo -sólo exclusivo de regidores-, esta asamblea es mencionada en un documento que no deja de ser oficial, como es un expediente de hidalguía. 

     

    Todo ello se enmarca en la disputa del grupo capitaneado por Varela, contrario a que fuese la loma de la ermita el lugar adecuado, y proclive a las tierras de Algeciras, donde también mantenía propiedades, y el mayoritario, que incluyó al comerciante Diego Ponce.

     

    Ponce contaba con gran predicamento entre los refugiados, que no sólo lo conocían como activo hermano mayor de varias cofradías en Gibraltar, entre ellas la de la Vera Cruz, una de las más populares, sino que mantenía una tienda en torno a la ermita de San Roque. Probablemente, se mezclaran intereses políticos y económicos, como suele ocurrir en estas situaciones. Lo cierto es que desde fuera del Cabildo funcionó una alianza que, a la luz de un detenido análisis, parece evidente. Diego Ponce, el mercader, el cofrade que ya jugaba a político y tendría su máximo reconocimiento al conseguir sacar de Gibraltar las imágenes de la Virgen de los Remedios (hoy la patrona de San Roque, bajo la advocación de Santa María la Coronada) y San Sebastián, con las que se celebró la primera procesión documentada en la ciudad, y el vecino Guillermo Hillson, el influyente comerciante administrador del Real Estanco y del Alfolí de la Sal, y armador de jábegas, que decidió perderlo todo a permanecer bajo un pabellón extranjero.


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