Domingo, 27 de Noviembre de 2022
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La revolución destituye a los policías de la Aduana de Gibraltar por corruptos

  • El Gobierno provisional tras el triunfo de la revolución de la Gloriosa (J. Laurent)
    El Gobierno provisional tras el triunfo de la revolución de la Gloriosa (J. Laurent)
    Historia

    No les tembló el pulso ni utilizaron medias tintas. Aquello era una revolución en toda regla y el Campo de Gibraltar se había sumado a ella. La revolución de 1868, la Gloriosa, había depuesto a Isabel II, y pretendía dirigir el país hacia una etapa progresista. El estallido había tenido lugar en Cádiz el 18 de septiembre con la sublevación de la escuadra mandada por el almirante Bautista Topete, y bajo la dirección del general Prim, que, disfrazado, había llegado a Gibraltar desde su exilio londinense.

    En San Roque, el 22 de septiembre, la mayoría de los vecinos exigieron del alcalde José Infante, que la ciudad se pronunciara al lado de los sublevados, bajo el principio de libertad. El alcalde no tuvo más remedio que acceder. Desde las nueve de la mañana los revolucionarios locales ya habían establecido una junta provisional presidida por Andrés Cano Barea

    Tras asaltarse el cuartel de Carabineros se repartieron fusiles entre la población, aunque no se tardaría mucho en organizar la Milicia Nacional, como en todo movimiento de carácter liberal. Entre los carabineros afectos a la revolución  se había distinguido el cabo primero de Caballería, Mateo González, que fue ascendido por la junta a sargento segundo.

    De manera inmediata, los nuevos regidores comenzaron a tomar medidas. En este sentido, acordaron la destitución del administrador de la Hijuela de Expósitos Narciso Montesinos, del visitador de la misma Francisco María Montero, del médico Ricardo de la Reina Chile y del administrador de loterías José Chicote González. A destierro fueron enviados los conocidos conservadores Ramón Almela, Antonio Jiménez de Torres y Juan Galiardo. Por lo que pudiera ocurrir,  el párroco reconoció a los rebeldes. 

    Pero los revolucionarios fueron más allá. Conocedores de la relajación de la aduana de La Línea, en ocasiones en connivencia con la otra parte de la verja, mandó suspender el control o fielato de la misma. Al mismo tiempo ordenó la presentación ante la junta de los agentes que allí prestaban servicio, con todos los libros de cuentas y los efectos que estuviesen decomisados. Los carabineros, que mayoritariamente se habían unido a la sublevación en el barrio linense, se harían cargo del servicio. 

    Esta  medida excedía las prerrogativas municipales, por lo que se produjo un choque con la Comandancia Militar del Campo de Gibraltar. Así, cuando, después de duras discusiones, la Comandancia ordenó que los empleados de policía fuesen repuestos en la citada aduana, la junta se reunió, manifestando que «sería un sarcasmo a la revolución y una marcada diatriba al benemérito cuerpo de Carabineros», destacado en La Línea. Los mandatarios locales no dudaron en calificar de «corruptos» a los policías repuestos.





    Los nuevos gobernantes preferían que la Comandancia prestase atención preferente a los movimientos contrarrevolucionarios  que tenían lugar en Gibraltar, y de los que  la junta tenía conocimiento. 

    A La Línea se trasladó el presidente efectivo de la junta sanroqueña Ricardo Vázquez, mandando sustituir los nombres de las calles Princesa, Imperial, Príncipe de Asturias e Isabel II, por Prim, Sol, Barceló y Martirio respectivamente.  Por esas mismas calles se dio lectura al bando dando cuenta de la salida de España de Isabel II.

    Dentro de la alegría que suponía la caída del régimen isabelino,  se creó un club revolucionario, estableciéndose una comisión formada por los miembros de la junta José Diánez, Juan Gil y Antonio Araujo.

    Dentro de la euforia por el cambio político, la junta se permitió gratificar con veinte escudos  a los vecinos Antonio Bernal y Calixto Maestre, que se habían distinguido durante el alzamiento. Al segundo se le exigía la devolución del sable que se le entregó proveniente de armamento de los carabineros. Por su parte, el jefe accidental de dicho cuerpo solicitaba el arreglo de los desperfectos provocados por el asalto al cuartel. Debieron ser importantes, porque aunque la junta comenzó a devolver las armas incautadas, en cuanto a los daños causados, afirmó que había sido obra de los primeros momentos de efervescencia popular, «que mal pudo reprimirse por nadie, cuando no se había constituido aún junta alguna».

    El  pronunciamiento había contado con un amplio apoyo entre los sanroqueños y el barrio linense, por lo que los directores del mismo no estaban dispuestos a censurar los actos de algunos de éstos. Más bien, querían agradecer públicamente a quienes se habían distinguido en el levantamiento.  Por eso se decidió renovar el contrato del profesor-director de la banda de música, Francisco de Paula Bince y se reconoció también al sargento segundo Domingo Expósito que había sido destituido por el régimen anterior por sus simpatías con los liberales. Se le reintegró al Ejército y se le ascendió a sargento primero. 

    Los liberales alzados denunciaron la venta de las sierras Carbonera y del Arca, y pidieron que fuesen declaradas del común de los vecinos. 

    Normalizada la situación y celebrada elecciones fue elegido alcalde Ricardo Vázquez y primer teniente de alcalde José Diánez, éste último verdadero ideólogo del republicanismo en la localidad, que ya comenzaba a vislumbrarse en España.




  • Abogados - Jiménez Laz y Cadenas
    Abogados - Jiménez Laz y Cadenas