Lunes, 23 de Septiembre de 2019
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Un avión fantasma sobrevuela Gibraltar

  • Savoia Marchetti de la aviación italiana
    Savoia Marchetti de la aviación italiana
    Historia

    De un avión fantasma creyeron algunos que se trataba. Un aparato que no lanzó bomba alguna, sorteando las defensas británicas a plena luz del día. En el Peñón no se hablaba de otra cosa y en los cafés y bares de La Línea se hacían cábalas sobre el sentido de aquel arriesgado vuelo. 

    Y hasta la prensa española, alineada con las fuerzas del Eje, se vanaglorió de lo que consideraba una verdadera gesta. El corresponsal en Algeciras de la agencia Logos daba cuenta de ello en un despacho del 7 de agosto de 1940: «Se comenta con verdadera admiración la hazaña del tripulante de un avión desconocido que ayer mañana voló sobre Gibraltar. El piloto a motor parado y sin que nadie se apercibiese, se lanzó a ras del dique con tal rapidez que no dio lugar a que las baterías antiaéreas pudieran disparar contra él. Cuando se dieron cuenta los defensores de la plaza, había desaparecido sin recibir ningún impacto».

    La II Guerra Mundial había comenzado a vivirse en el Campo de Gibraltar. Un mes antes había tenido lugar el primer bombardeo sobre la colonia. Lo realizaron aviones franceses de Pétain, que volvieron en septiembre, pero esta vez con más acierto y como venganza al hundimiento por los ingleses de la escuadra francesa refugiada en Argelia.

    Los italianos no se quedaron atrás y especialmente grave fue para La Línea –la ciudad que más cerca tenía la contienda– la caída de bombas sobre el municipio. La precipitación del piloto de un Savoia Marchetti-82, o lo adverso de los vientos, provocó la muerte de cinco vecinos al caer una bomba sobre edificios de la calle Duque de Tetuán y López de Ayala, en plena velada de 1941, acontecimientos a los que me referí en otro momento.

    Pero retrocedamos a un año antes. La gente que acudía al obligado escenario de los bombardeos, llegadas de barcos y más adelante al permisivo despliegue de personal militar italiano, bautizó como «el Chivato» al avión de reconocimiento de esa nacionalidad que todos los días sobrevolaba la bahía. Evidentemente, no era uno sólo, pues se trataba de escuadrillas de hidroaviones destinados a dicho fin.

    En cualquier caso el Chivato, tan inoportuno, interrumpía las distracciones de la fuerza militar británica, cuyos miembros se veían obligados a abandonar cines y clubs cuando sonaba el familiar vuelo. Pero los vigías ingleses no identificaron el extraño y silencioso avión «fantasma» con uno de estos chivatos. Nadie entendía aquella extraña y medida maniobra que había dejado fuera de juego a los antiaéreos de la colonia.

    El hecho se produjo en plena evacuación del personal civil residente en Gibraltar. Plan que se llevaba a cabo desde mayo de 1940 con la salida del primer barco, y del que de manera escueta daba cuenta la prensa española. En ese agosto del temerario vuelo se anunciaba que los gastos de la evacuación serían proporcionales a los jornales y sueldos semanales. Hasta dos libras pagarían el 33,33 por ciento; hasta cinco libras,  sería el 60 por ciento, y los que cobrasen más de cinco libras, quedarían sujetos a una investigación para establecer la cuantía. Nadie estaría obligado a contribuir con mayor cantidad que la señalada por el gobernador. Al mismo tiempo se advertía a la población de  la obligación de economizar, pues no se descartaban nuevas contribuciones.




    Por lo pronto, y en una ciudad que comenzaba a ser exclusivamente militar, el gobernador ordenó que a las nueve y media de la noche quedaran cerrados los hoteles, cafés, restaurantes y clubs.

    Los trabajos para mejorar las defensas continuaron de manera preferente. Así desapareció el hipódromo, zonas ajardinadas, algunos pabellones militares y las industrias establecidas en la playa de Poniente, que regentaban los empresarios Haynes y Bland. Se instalaron plataformas antiaéreas en lugares estratégicos, tanto para la defensa como para asegurar el paso del Estrecho.

    De manera continuada llegaban nuevos efectivos militares que, en muchos casos, pasaban a ocupar las viviendas de las familias evacuadas. 

    El 1 de noviembre de 1940 la prensa española informaba de la salida del puerto gibraltareño de un convoy compuesto por 63 barcos, donde figuraban varios petroleros. El numeroso convoy era escoltado por varios destructores y otros buques auxiliares, más dos hidroaviones encargados de explorar el mar. Bajo esa extraordinaria protección navegaba también una expedición de civiles evacuados.

    Pero si la operación resultó un éxito, en el Peñón se lamentó la detención en el Mediterráneo, por la Marina italiana, del vapor griego Attiki, al que desde Gibraltar se le había facilitado el paso y prestado todas las ayudas. Los italianos, que habían invadido Grecia, se incautaron de varias toneladas de acero, cobre y cubiertas de automóvil entre otras mercancías transportadas. 

    La guerra extendía sus frentes y no se supo más del avión que había sobrevolado Gibraltar. ¿Qué piloto italiano pudo acometer esa proeza? Sólo uno: Ettore Mutti. El as de la aviación de ese país. Un personaje entre héroe y aventurero, o ambas cosas, que con catorce años se fugó de casa para combatir en la I Guerra Mundial. Que había obtenido más de veinte medallas militares por su participación como aviador en las guerras del fascismo italiano contra Albania, Etiopía y España –donde le llamaban sus compañeros «El Cid Volador»–, así como por las acciones llevadas a cabo durante la II Guerra Mundial, incluida la hazaña del bombardeo de Bahrein.

    Mutti fue nombrado secretario general del Partido Nacional Fascista, cargo que abandonó en cuanto estalló la guerra en Europa. Era teniente coronel del ejército del aire y algunos periodistas españoles lo situaban en torno a los ataques a Gibraltar.




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