Martes, 15 de Octubre de 2019
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Ballesteros y la guerrilla organizada desde el Campo de Gibraltar (I)

  • Muerte de Pedro Velarde en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón durante el levantamiento popular del 2 de mayo. Obra de Joaquín Sorolla
    Muerte de Pedro Velarde en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón durante el levantamiento popular del 2 de mayo. Obra de Joaquín Sorolla
    Historia

    El general Francisco Ballesteros se constituyó en el primer defensor de la guerrilla. El propio militar, que operaba desde la comarca contra las fuerzas napoleónicas, era experto en golpes de mano. 

    La preocupación francesa era clara y ya mediante edicto el mariscal Soult, había determinado que, «no hay ningún ejército español fuera de SM católica el rey Josef Napoleón, así, todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea número, y sea quien fuere sus comandantes, serán tratados como reuniones de bandidos, que no tienen otro objeto que los robos y el asesinato. Todos los individuos de estas compañías que se cogieren con las armas, serán al punto juzgados por el preboste, y fusilados; sus cadáveres serán expuestos en los caminos públicos».

    Para nada amedrentaban las órdenes y amenazas de los imperiales a Ballesteros que, no sólo pertrechó a las partidas, sino que las organizó en distintos puntos de la provincia y en la serranía de Ronda desde su base campogibraltareña.

    El historiador Adolfo de Castro, señala que «movíase veloz Ballesteros de aquí allí, de allí a allá, ora a esta sierra, mañana a este campo. Sorprendía a los que estaban con el azadón en las manos, el sudor en el rostro y los ojos atentamente en la tierra. Incitándolos a ofender al enemigo diciéndoles que la victoria se desdeñaba de recorrer nuestras campiñas, si primero no estaban humedecidas con sangre francesa».

    Pero el funcionamiento de las partidas también preocupaba a los políticos españoles, que trataban de incluirla dentro del ejército regular. El conde de Toreno al tratar en las Cortes de Cádiz el Reglamento de Guerrillas, solicitó que se exceptuara «del arreglo las grandes partidas, como son las del Empecinado, Espoz, Sánchez y otras, que verdaderamente han hecho y hacen servicios importantes; y en atención a esto, considerándolas como cuerpos o divisiones de los ejércitos de los respectivos distritos».

    Ballesteros no pensaba igual. Era consciente de que muchos reveses en el campo de batalla, contrastaba con los éxitos de la guerrilla, basadas en su libre determinación.




    Para entender este debate y contextualizar ese surgimiento de los grupos guerrilleros, habría que aludir a la falta de espíritu militar y de disciplina, y el escaso patriotismo de algunos de los altos mandos, centrados más en cuestiones personales como las discusiones sobre quién era el causante de la pérdida de las batallas. 

    El descontento alcanzaba al conjunto de los diputados y a los aliados ingleses, cuyos mandos mantenían una baja opinión del ejército español.

    Del mismo modo, hay que referirse a que en los años anteriores a la guerra, el 40 por ciento del presupuesto se dedicaba al Ejército y la Marina, pero con muy poca productividad. Como recogían Francisco de Moya y Celestino Rey en la obra El Ejército y la Marina en las Cortes de Cádiz, editada en 1914: «solamente dieciséis personajes consumían cerca de cuatro millones de reales». Se mantenía en la península un Ejército de 100.000 hombres, distribuidos en 51 regimientos de Infantería, 12 batallones y 47 de regimientos de Milicias Provinciales Regladas, 24 regimientos de Caballería, 4 regimientos de Artillería y 46 de compañías a caballo, y un regimiento de zapadores-minadores, con un Estado Mayor Central compuesto de un generalísimo, cinco capitanes generales, 88 tenientes generales, 127 mariscales de campo y 212 brigadieres. Síntoma de las prebendas existentes era el hecho de que se contaba con los generales más jóvenes del mundo y la oficialidad más vieja.

    Lo cierto es que los cargos de libre designación estancaban los escalafones imposibilitando los ascensos: los brigadieres conde de Belverer, conde de Montijo y Pedro Agustín Girón no contaban en 1806 más de 30 años, y el marqués de Palacio, Enrique O´Donell, Francisco Palafox y el marqués de Zauyas no pasaban de los 35. Sin embargo, el promedio de edad de los coroneles era en 1806 de 64 años, en los comandantes 63, en los sargentos mayores y capitanes 58, y en los tenientes y alféreces de 50.

    Ante esa debilidad, sería el pueblo el que a través de juntas y guerrillas asuma un papel preponderante. Como recoge Sabino Delgado en Guerra de la Independencia (Proclamas y bandos combatientes), «la guerra de los ejércitos napoleónicos es un conflicto que atañe a la nación española y al conjunto de la sociedad altamente jerarquizada y heterogénea. De modo que, si por un lado, por ejemplo, hubo curas y frailes que se identificaron con el pueblo –auténtico protagonista del movimiento defensista–; por otro, la mayor parte de la nobleza y del alto clero manifestaron una abierta sumisión a las instituciones, llámense Corona, Cortes o Consejo de Castilla, y no oponen mayor resistencia a los invasores, más allá de una primera reacción del ejército regular que permaneció en los cuarteles. La abdicación inicial de estos sectores se sintetizó en la renuncia inmediata de Fernando VII que cede su corona a Napoleón».

    Ballesteros, militar de ideas liberales lo tenía muy claro, y desde su llegada al Campo de Gibraltar en agosto de 1811, entendió que la organización de las partidas era pieza fundamental para socavar al poderoso ejército de Napoleón. Y no perdió tiempo en poner manos a ello.