Martes, 15 de Octubre de 2019
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Ballesteros y la guerrilla organizada desde el Campo de Gibraltar (y II)

  • El célebre cuadro de Goya “El dos de mayo en Madrid”
    El célebre cuadro de Goya “El dos de mayo en Madrid”
    Historia

    Conocía Ballesteros, cuando se hizo cargo de la Comandancia General de la comarca, las dificultades que se habían producido para formalizar partidas guerrilleras, sistema de combate en el que creía absolutamente. En San Roque, se informó de un caso que merece ser relatado. Tras la primera ocupación de la ciudad por los franceses, en febrero de 1810, y una vez marchados los imperiales, a primeros de marzo, el alguacil mayor Juan de Coca organizó grupos armados para combatir a los franceses.

    El levantamiento de Coca y sus gentes provocó una reunión del Cabildo, presidido por el corregidor José Ignacio de Llorens, que no perdonó al funcionario su atrevimiento. El cabecilla había irrumpido en la reunión municipal que tuvo lugar el 4 de marzo de 1810, disponiendo «que todas las personas que se alistaren y armaren para salir a defender el país y perseguir a los enemigos, se les dé a cada una siete reales de vellón diarios y una hogaza de pan, valiéndose para ello del caudal que existiese en los fondos públicos de cualquier clase que sea, y agotados dichos fondos se procederá a exigir lo que necesite por repartimiento entre los vecinos pudientes, sin comprender a los que se alistasen para dicho servicio (...)».

    La autoridad militar exigió responsabilidades al Ayuntamiento, que respondió que el alguacil había actuado por su cuenta  con «unos mozos de Jimena», que habían llegado hasta San Roque incitando al pueblo para que se armase y saliese a perseguir a los franceses. 

    Finalmente, el comandante de las Armas de la ciudad, Salvador Guzmán se hizo con la situación y detuvo al líder de la revuelta que fue enviado como prisionero a Gibraltar, punto al que huyó Juan Villalba, dependiente de Rentas, que se había unido al levantamiento.

    A Ballesteros, que se había incorporado al entonces denominado Campo de San Roque, a finales de agosto de 1811, le indignó sobremanera lo que había escuchado. 

    Pero los ayuntamientos de la comarca no tuvieron más remedio que organizar partidas, procurando una dirección militar. En San Roque fue nombrado jefe el coronel Salvador Guzmán. Un buen número de vecinos ya combatía en grupos armados de Algeciras, y habían participado en la defensa del Boquete de la Peña, en Tarifa, donde los atacantes habían dado muerte a ciento cincuenta voluntarios de las poblaciones de la comarca.

    Las partidas sanroqueñas fueron destinadas al camino de Alcalá y Medina Sidonia, mientras que se movilizaron a todos los miembros de la Compañía de Escopeteros de Getares y de las Milicias Honradas y Urbanas. En San Roque, el número de vecinos dispuestos a tomar las armas era muy numeroso, por lo que debido a la escasez de dinero para sostenerles, se acordó que los alistados no pasasen de 200.




    Ballesteros comprobó que eran fuerzas civiles las que estaban comprometidas en la lucha, y ello no podía infravalorarse. El comandante general adoptó su forma de combatir utilizando el factor sorpresa y fomentó las formaciones guerrilleras, con las que mantenía contacto y colaboraba estrechamente. 

    Sus acciones fueron fundamentales para entorpecer las comunicaciones entre las fuerzas francesas que cercaban Cádiz y las ocupantes de Málaga. 

    La ofensiva enemiga de octubre de 1811 tenía como objetivo acabar con Ballesteros, pero el general aragonés no cayó en la trampa y antes de hacer frente  a más de 10.000 hombres, excelentemente armados,  ordenó la salida de los civiles de San Roque y Algeciras, poniendo a salvo su ejército bajo las baterías de Gibraltar.

    Tal vez el exceso de  confianza por los éxitos obtenidos en sus incursiones en la serranía, o alguna orden superior indeclinable, fuera lo que le llevó a enfrentarse al enemigo en línea, sin emplear tácticas guerrilleras. Acción que fue desastrosa para el general, ya que en las cercanías de Bornos, el mariscal francés Soult le infligió una severa derrota. Los anteriores elogios se convirtieron en duras críticas, hasta el punto que el prestigioso diputado Conde de Toreno en Historia del levantamiento, guerra y revolución de España criticaba abiertamente la forma de redactar los partes militares, diciendo que el general hablaba de «cazar franceses como conejos». 

    Para colmo, su oposición al nombramiento del inglés Lord Wellington, como generalísimo de los ejércitos españoles, motivó su confinamiento en Ceuta. El recelo hacia los británicos era grande en Ballesteros, quien recordaba que el general  británico había permitido excesos de sus tropas en Badajoz y Ciudad Rodrigo, y de haber destruido varias fábricas civiles sin justificación alguna.  Ese sentimiento se vio reforzado cuando Wellington, no impidió que la fuerza aliada angloportuguesa que tomó San Sebastián, incendiase la misma. De las seiscientas casas que había en la ciudad, antes del incendio, apenas quedaron treinta. Los soldados de  Wellington, incapaces de ser controlados por sus oficiales, se lanzaron al saqueo y al pillaje.

    Ballesteros estaba convencido de que los ingleses sabían distinguir las amistades de las alianzas circunstanciales y que, en consecuencia habría que prevenir cualquier situación en el futuro. 

    Por eso, no congeniaba con cuantos confiaban de manera eufórica con la lealtad británica, que había llevado a la destrucción del sistema militar de La Línea de Contravalación, que de alguna manera, sería la simiente, años más tarde, de una nueva ciudad, La Línea de la Concepción.

    Tras la contienda de la Independencia se le confió el Ministerio de la Guerra. Luego fue capitán general de Madrid, donde se negó a reprimir al pueblo que exigía la vuelta al régimen constitucional, tras el levantamiento de Riego. Se unió a los sublevados que restauraron la Constitución de Cádiz. Como militar constitucionalista combatió a los franceses y absolutistas que acabaron con el Trienio Liberal en 1823. Derrota que le llevaría al exilio en Francia, donde murió en 1832. En la ciudad de La Línea, en cuyo suelo organizó más de un combate, se le dio su nombre a un acuartelamiento, nombre que perdura, una vez desaparecido el mismo, como Complejo Educativo Ballesteros. 




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