Domingo, 15 de Diciembre de 2019
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El Campo de Gibraltar a los ojos de Richard Ford

  • El Campo de Gibraltar y el Peñón al fondo. Grabado de la primera mitad del siglo XIX
    El Campo de Gibraltar y el Peñón al fondo. Grabado de la primera mitad del siglo XIX
    Historia

    Contrapuso una imagen más realista a la ofrecida por otros viajeros extranjeros que llegaron hasta Andalucía. Richard Ford visitó San Roque y Algeciras camino de Gibraltar, dejando huella escrita en Manual para viajeros por España y lectores en casa, publicado en Londres en 1844.

    El escritor y periodista se había establecido en Sevilla en 1830, buscando un mejor clima para la delicada salud de la que fue su primera esposa. Desde la capital hispalense organizó su periplo peninsular de 1830 a 1833. Sus escritos sobre el Peñón –a los que me referiré en otro momento – son un retrato fiel de dicho período histórico

    En San Roque, a la que titula “la ciudad principal del Campo de Gibraltar”, se alojó en el hotel Macrae, que elogió calificándolo de “muy bueno”.  A Ford le llamó la atención lo económico de la ciudad, circunstancia que también apreciaría en Algeciras: “una familia puede vivir aquí, como en Algeciras, por la mitad de lo que le costaría en Gibraltar: la población es aproximadamente de siete mil personas”. Población que se veía aumentada por la presencia militar, “siempre ha sido convertida en cuartel general de los diversos ejércitos españoles y franceses que no han reconquistado Gibraltar”.

    Los orígenes históricos de los sanroqueños también fue objeto de comentario del cronista: “Los descendientes de los habitantes de la conquistada fortaleza siguen viviendo cerca de las puertas de su antiguo paraíso, ahora ¡ay! temporalmente ocupado por los herejes; se dedican a alimentar una largamente acariciada esperanza de volver, como los moros de Tetuán suspiran por la reconquista de Granada”.

    En este sentido, resaltaba que el propio rey de España mantenía entre sus títulos el de “rey de Gibraltar”, de donde los alcaldes de San Roque se hacían denominar como autoridad suprema. “Y a todas las personas nacidas en la Roca se les conceden los derechos de todo súbdito español nato”, se sorprendía el escritor.

    Como hicieran otros historiadores, dejaría constancia del reconocimiento de lugar saludable de la ciudad (Ver en este medio “La ermita de los gibraltareños y la fama de pueblo sano de San Roque”), indicando que “no hay lugar más salubre; es el hospital de los niños y los `escorpiones` de Gibraltar que se vuelven en San Roque `sanos como cucarachas`”. Se denominaba escorpiones a los originarios del Peñón.



    Logros en sanidad - Junta de Andalucía
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    Según el relato la ciudad se había convertido en residencia de verano de muchas familias inglesas. Esta parte habitada por extranjeros era “cómoda y floreciente, con aldabones de bronce en las puertas y cristal en las ventanas”.

    Por su parte, la condición marítima de Algeciras -donde estuvo en dos ocasiones- llamó la atención del viajero, así como su papel de vigía sobre Gibraltar: “Está situada en un rincón agradable (…) reconstruida para convertirla en avispero contra Gibraltar; y eso es un hervidero de barcos corsarios en tiempo de guerra y de guardacostas en misión de vigilancia en los de paz”.

    Destacaba Ford que la ciudad contaba con dos posadas “bastante pasables”, la mejor de ella era la llamada La Unión. Pero, sin duda, uno de los grandes atractivos era la Plaza Alta, un espacio que persiste para orgullo de todos los naturales de dicha ciudad. De ello también dejaría constancia el viajero: “La bella plaza del tiempo del general Castaños tiene una hermosa fuente”.  También aludía a la plaza de toros y a la alameda. Como dibujante que era, Ford señalaba que “se puede dibujar Gibraltar desde las cercanías del acueducto y el molino de San Bernardino”.

    Pero volviendo a la naturaleza portuaria es interesante la reseña de la índole de centro para combatir el contrabando procedente de Gibraltar. “En Algeciras se encuentra la base de guardacostas, que merodean por la bahía para detener a los contrabandistas que no los han sobornado”, relata Ford, reconociendo, a continuación, la temeridad de los agentes del Fisco allí destacados, pues se atrevían a perseguir a los delincuentes “debajo de nuestras baterías”. Esas incursiones, a veces acababan en tragedia, pues, como informaba, la marina británica llegó a hundir a embarcaciones de los aduaneros, “creando resentimiento en los españoles y enturbiando las relaciones”. No era para menos.

    A lo largo de su relato, Richard Ford deja patente el contraste existente entre las poblaciones de la comarca y Gibraltar.  En relación a Algeciras resaltaría que ello se apreciaba “tanto en sus habitantes como en sus maneras”.  También en la propia actividad de los respectivos puertos: “Muchos y amargos pensamientos tienen que venirle a la cabeza a los españoles cuando miran su propio puerto desierto y lo comparan con el bosque de mástiles, que se amparan bajo los cañones de la fortaleza de enfrente, de donde salen a diario numerosos barcos que llevan el comercio a todas partes del mundo, cuando oyen el inquieto zumbido que cruza la bahía desde su desocupado y silencioso puerto”.

    Con todo, Ford dejaría una recomendación a los forasteros: “le interesa a quien venga a veranear hacerlo en Algeciras, donde las casas de piedra, adaptadas al clima mejor que las sofocantes de la árida roca, son más frescas”.




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