Viernes, 30 de Octubre de 2020
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Un campogibraltareño lucha contra la epidemia de fiebre amarilla (I)

  • Desinfección de los alojamientos de soldados españoles llegados de Cuba en 1878. Dibujo de Daniel Urrabieta
    Desinfección de los alojamientos de soldados españoles llegados de Cuba en 1878. Dibujo de Daniel Urrabieta
    Historia

    Combatir el mal desconocido, las epidemias que diezmaban a numerosas poblaciones. Un médico campogibraltareño en cabeza de esa lucha en la España de los primeros años del siglo XIX. Diego Terrero Monesteiro, era el hermano mayor del que habría de ser popular diputado en las Cortes de Cádiz, Vicente Terrero. Natural de la población gaditana de San Roque, ingresó en 1772 en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, donde posteriormente impartiría clase como catedrático.

    Diego Terrero escribiría Discurso sobre el carácter y curación práctica de la fiebre amarilla, que fue editado por iniciativa de su hermano Vicente, cura entonces de la iglesia algecireña de la Palma. La publicación se hizo en 1805 en la Casa de la Misericordia de Algeciras. El sacerdote dedicó la obra al general Castaños, comandante general del Campo de Gibraltar.

    En sus páginas el médico desarrolla una serie de medidas para combatir la enfermedad. Quedaban muchos años por delante hasta descubrir que el virus era propagado a través de la picadura de un determinado mosquito.

    En principio conozcamos la parte referida a las ideas generales de precaución, fundamentales en toda pandemia. Comienzan estas recomendaciones teniendo en cuenta un contagio localizado en pocas personas, o simplemente sospechosas de padecer la enfermedad. En este caso, se aislarían en sus propias habitaciones y una inmediata. En esta se quedaría un asistente o cuidador “con los necesarios utensilios”. Con ello, el médico se excusaría de entrar en el cuarto, observando al aislado desde la puerta o la ventana. Los muebles y ropas de las que se sirvió antes de la incomunicación, serían llevadas a la azotea para su ventilación por algún tiempo y ya lavadas, volverían al uso. Los familiares del paciente practicarían la misma operación. 

    Si el número de afectados llegaba a cuarenta o superara ese número, Terrrero consideraba útil el nombramiento de un médico, “que sea titular de la ciudad para infundir más confianza”, añadiendo que comenzaría las visitas a partir de las once horas, acompañado de un sacerdote-confesor que llevaría consigo el viático. Ambos portarían “luces u otra insignia para ser distinguidos”. Médico y religioso mantendrían una distancia de seguridad. 

    Mientras pudiera evitarse, los enfermos no serían tratados en hospitales, “porque la reunión de tantos enfermos, es forzoso les sea nociva, agravando cada cual su propio daño”. No obstante, si la epidemia creciera, los hospitales acogerían a los más pobres. En este caso, las camas debían guardar mayor distancia entre sí. Dos personas “que antecedentemente hayan tolerado el mal” se encargarían de los traslados, que habrían de efectuarse a través de calles anchas y poco frecuentadas. La separación, aunque no se recoge la distancia establecida, era fundamental entre este grupo de hombres destinados a dicho servicio. Al sacarse de sus habitaciones los infectados se procedería al encalado de paredes, siendo ventiladas a continuación.





    Los dados de alta hospitalaria saldrían sin demora alguna, “luego que lo permitan las fuerzas” y pasarían a convalecer en distintos espacios como los lazaretos, situados fuera de la población.

    Para los que irremisiblemente iban a morir se aplicarían medidas especiales. Se les colocaría en sala separada del hospital y como rasgo de humanidad hay que destacar que ese traslado se realizaría “cuidando siempre el efectuarlo cuando su luz y reflexión debilitadas no le dejen sentir el motivo de su apartamiento, y sin que excite sensación el repentino e irremediable fallecimiento de alguno dentro de la sala”.

    Los cadáveres se prepararían durante la noche “sin ruidoso aparato y sin concurso que atraiga la atención”. Ello incluía la prohibición del toque de campanas.

    Diego Terrero abogaba -llegado el momento-, por la formación de equipos de facultativos, que podrían incluir a “cirujanos latinos” en referencia a sanitarios de otros países, o de las posesiones americanas. Esos equipos aprobarían “dos o más planes curativos”. Si las circunstancias obligasen a variar los protocolos, se haría previa junta médica, que tendría que aprobar su práctica.

    Aunque era partidario del anuncio público de la existencia de epidemia, se estipulaba que se describiría “en partes, órdenes y congresos como pequeña, benigna y que se va terminando”. Para ello, no se interrumpirían las diversiones públicas, aunque destinándose lugares para los que hubiesen pasado el mal y los que no se habían visto infectados. Ese distanciamiento era de obligatorio cumplimiento. Pero lo realmente curioso es que el médico, entendiendo las consecuencias negativas de esas concentraciones de personas, añadía que “mañosa y sagazmente se disminuirán las concurrencias en tales diversiones, buscando circunstancias que las entorpezcan e impidan”.

    Medidas especiales serían aplicadas para evitar toda inmundicia, obstruyendo los respiradores de los desaguaderos, obligando a los vecinos al vertido de agua en las cañerías. Igualmente, se perfumarían profusamente con gases ácidos minerales los lugares fétidos, sobrecargados de vapores de animales, ropas y muebles.




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