Lunes, 15 de Julio de 2019
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Castaños condena a muerte al general campogibraltareño Luis Lacy (I)

  • “Fusilamiento del general Lacy”, de Antonio Béjar Novella
    “Fusilamiento del general Lacy”, de Antonio Béjar Novella
    Historia

    Si las malas relaciones de la ciudad de San Roque con el general Javier Castaños –el vencedor de Bailén– tenían que ver con la estrecha colaboración que mantenía el militar con los ingleses, la gota que colmó el vaso fue el fusilamiento del general Luis Lacy.

     

     

    En otro momento me he referido a ese enfrentamiento entre Castaños y el Cabildo sanroqueño, que hizo que el general se trasladara a Algeciras. En esta ocasión trato de la carrera militar de quien llegó a ocupar los cargos de capitán general de Cataluña y Galicia, de su fusilamiento por rebelarse en defensa de la Constitución y, más adelante, de las vicisitudes de sus restos. Pues hasta en la muerte continuó su historia.

     

     

    Luis Roberto de los Reyes Lacy Gautier vio la luz en San Roque el 13 de enero de 1775. Fue bautizado por fray Luis del Ave María, capellán del Regimiento de Bruselas. Sus padres fueron Patricio Lacy, teniente coronel y sargento mayor del Regimiento de Infantería de Ultonia, natural de Irlanda, y Antonia Gautier Espín, nacida en Madrid. Si nos atenemos a la partida de bautismo existente en el Archivo Parroquial de Santa María la Coronada, ésta sería la fecha de su nacimiento, en contradicción con lo publicado en algunos artículos y en la propia Hoja de Servicios, extendida en 1815. Salvo que la anotación parroquial contenga error, que no lo parece, con muy corta edad comenzó la carrera militar como cadete.

     

     

    Por ambas vías, paterna y materna, el origen familiar era plenamente militar. Así el muchacho contaba con el caldo de cultivo propicio para su destino en la milicia. De la mano de sus tíos maternos, también militares, estuvo en las posesiones españolas de Puerto Rico, donde ya conoció los rigores del combate.

     

     

    En enero de 1794 combatió  a los franceses en el Rosellón, retornando tras la firma del Tratado de Basilea. Al final del año 1798 fue destinado a Canarias, donde tras una confrontación por motivos sentimentales, sería enviado a la isla de Hierro. Desde allí envió una carta al capitán general de las islas, que fue considerada como una insubordinación. Sometido a consejo de guerra fue condenado a un año de presidio en el fuerte de la Concepción, en Cádiz.

     

     

    En 1803 quedó libre y abandonó la milicia marchando a Francia, alistándose en su ejército. Al poco obtuvo el empleo de capitán de la Legión Irlandesa. En junio de 1806 se casó en la localidad gala de Quimper con la joven Emilia Duguermeur, quien llegó a acompañarle en las campañas militares en las que participó, y con la que tuvo un único hijo, Eusebio.

     

     



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    En mayo de 1808 se hallaba en Madrid con las tropas invasoras de Napoleón, desertando para presentarse ante la Junta Suprema de Sevilla, al objeto de incorporarse al ejército español. Así, en septiembre de ese año, asumió el mando del batallón de Ledesma. De esta manera reinició su carrera militar en su país de origen, llegando, incluso, a simultanear varias responsabilidades. De esta manera, siendo brigadier, asumió la Subinspección de Infantería, la Jefatura de Estado Mayor y la Comandancia General de la Isla de León.

     

     

    Luis Lacy se encontraba en el Cádiz cercado por los franceses. Cuando se ordenaron los primeros combates con la intención de alejar a los invasores y recuperar posiciones, fue uno de los militares, junto a los generales Girón y Copons, que iniciaron la contraofensiva. Apoyados por barcos y el Arsenal de la Carraca, lograron desalojar a los imperiales de diferentes posiciones.

     

     

    Tras estas exitosas acciones, se decidió organizar la primera expedición  en la retaguardia enemiga. El 17 de junio abandonó Cádiz una flotilla con dos mil hombres al mando del general sanroqueño. Dos días más tarde dicha fuerza, que estaba compuesta por miembros de los regimientos de la Reina, Canarias e Imperial de Toledo, desembarcó en Algeciras. A ellas se unieron las tropas del general Valdenebro y otras que cedió el gobernador de Gibraltar. En su profundización, Lacy estableció un destacamento de mil hombres en Casares, con la intención de guardar su retirada, mientras él se adentraba en la serranía con la intención de hostigar al general Girard, que ocupaba los pueblos de Coín, Alhaurín y Mijas.

     

     

    Lacy logró incorporar a sus tropas a varias partidas de guerrilleros. A la vista de Ronda, el joven militar decidió no atacar la ciudad ante la escasez de hombres y de medios con que contaba. Ante ello tomó la decisión de dividir su ejército en tres cuerpos, que actuando aisladamente, pudiera cortar las comunicaciones al enemigo.  Pasó a Gaucín y luego embarcó con sus hombres en Estepona y Marbella, y  bajo el amparo de los buques británicos de Gibraltar concentró sus tropas en San Roque, su ciudad natal. Allí permaneció hasta que nuevas órdenes le obligaron a retornar a Cádiz.

     

     

    La orden de regreso dejó desamparada a la guerrilla y a la guarnición del castillo de Marbella. Probablemente la expedición se organizó sin la información necesaria y no dio los frutos que el mando deseaba.

     

     

    La Hoja de Servicios del general muestra una intensa actividad con memorables acciones que le valieron la real orden de San Fernando y condecoraciones por distintas batallas, entre ellas la de Chiclana. Varias veces herido, al igual que su prestigio aumentaba, la envidia germinaba en algunos generales.

     

     

    En junio de 1811 la Regencia le nombró capitán general de Cataluña, sustituyendo al marqués de Campoverde. Su llegada tras la pérdida de Tarragona fue fundamental para levantar el ánimo de las tropas y de la población civil.  




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