Jueves, 6 de Mayo de 2021
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Castaños condena a muerte al general campogibraltareño Luis Lacy (y III)

  •  Monumento a Lacy en su San Roque natal. Obra de Juan Jesús Moreno Saborido
    Monumento a Lacy en su San Roque natal. Obra de Juan Jesús Moreno Saborido
    Historia

    En la madrugada del 5 de julio de 1817 Luis Lacy Gautier, otrora general de mérito, redactaba su testamento en la celda que ocupaba en el castillo de Bellver, en Palma de Mallorca, hasta donde le había trasladado el general Castaños para evitar su ejecución en Cataluña.

    Un testamento sencillo y austero, donde dejaba sus escasos bienes a su esposa Emilia, al mismo tiempo que reconocía algunas deudas contraídas, entre ellas con el canónigo Berches, que «por un efecto de su generosidad cuando me consideró en la miseria, me libró tres mil reales que aún no he satisfecho a sus herederos». Y un pensamiento para su hermana María del Carmen y su tía María de la Concepción a las que, junto a otros miembros de su familia, dejaba sus «tristes recuerdos, porque no puedo otra cosa».

    En sus últimos momentos el general estuvo asistido por los frailes dominicos Miguel y Domingo Lledó, los mismos que recogieron el cadáver tras ser fusilado en los fosos de la fortaleza. Se dijo que pidió dar él mismo la orden de disparo, creciendo su leyenda de hombre indomable. En Barcelona, Javier Castaños respiró aliviado.

    El cadáver fue trasladado por los religiosos a la iglesia del castillo y desde allí a la de Santo Domingo, donde en una de sus capillas recibió sepultura, según había manifestado como última voluntad. El cuerpo fue colocado en una sencilla caja, costeada por el prior de los dominicos, siendo enterrado en una fosa común.

    Así comenzaban las vicisitudes de los restos del heroico militar. Hasta 1820 permanecieron en dicho lugar, pues en ese año, con la implantación del sistema constitucional, fueron exhumados. Mediante una Real Orden de 3 de mayo de ese año el gobierno liberal dispuso el traslado a la capital catalana bajo honores de capitán general.

    Fue señalado el 28 de marzo para efectuar el traslado. Previo responso en la iglesia de Santo Domingo, el féretro costeado por el Ayuntamiento de Palma, fue conducido hasta el muelle por hacheros del regimiento de Zaragoza. Embarcados en el jabeque Virgen del Claustro pusieron rumbo a Barcelona.

    De los extraordinarios honores rendidos, en presencia de la viuda del general y de su hijo, se dio extensa cuenta en diferentes publicaciones de la época, quedando los restos mortales en la barcelonesa iglesia de Santa María del Mar.

    Por su parte, las Cortes liberales mandaron inscribir su nombre, junto con los de otros mártires, en el salón de sesiones, declarándole Benemérito de la Patria.   





    Sin embargo, los huesos del admirado general parecían destinados a no tener un descanso definitivo. Así, con la derrota del régimen liberal y el retorno del absolutista tuvo lugar un nuevo capítulo. Siendo capitán general de Cataluña el conde de España, un militar de origen francés que ostentaba un título creado en 1818, durante una visita a la iglesia de Santa María del Mar, ordenó que los restos fueran sacados «por mano de dos presidiarios» y arrojados a «un lugar menos digno». De esta forma está recogido en un informe titulado Noticia sobre los restos del General don Luis de Lacy, que el día 31 de julio de 1903 elevó el letrado Francisco de Paula Maspons al entonces capitán general de Cataluña Manuel Delgado Zulueta.

    El capellán de Santa María del Mar desenterró los restos y los sepultó clandestinamente en un rincón del huerto anexo a la capilla del patio central. Para localizar el sitio exacto de la sepultura, el religioso lo comunicó a varios allegados y colocó en la tapia del huerto, frente al punto donde se produjo el enterramiento, una pequeña lápida con la inscripción «Planté este árbol... », añadiendo la fecha en que llevó a cabo el enterramiento.

    No se volvió a tener noticia del caso hasta el año 1889 cuando se efectuaron unas excavaciones con presencia de un delegado de la Capitanía General. Los restos de Lacy fueron exhumados e identificados a través de las divisas e insignias del uniforme. La comisión acordó depositar los mismos en poder del notario de Barcelona Francisco de Sales Maspons Labrós. Al mismo tiempo se nombró una subcomisión recaudatoria de fondos para levantar un mausoleo y garantizar el definitivo reposo.

    Pero pasaron los años sin que el proyecto se llevase a efecto. Así, fallecido el mencionado notario, fue su hijo Francisco de Paula Maspons Anglosell quien, el 31 de julio de 1903, trasladó la cuestión al capitán general de Cataluña.

    A partir de ese momento se iniciaron los trámites en el Ministerio de la Guerra para una digna sepultura. Mediante una Real Orden de 27 de enero de 1904 fue aprobado el presupuesto para atender a los gastos necesarios (en total 1.055 pesetas con 95 céntimos, incluidos derechos de expediente canónico y enterramiento. Nicho a perpetuidad e inscripción en la lápida). La misma orden estableció que la conducción hasta el cementerio se efectuase con la escolta correspondiente a su jerarquía castrense.

    El 28 de abril de 1904 los restos recibieron sepultura en el cementerio barcelonés del Sudoeste. Levantaron acta del exacto cumplimiento de lo ordenado el teniente coronel de Infantería Francisco Gómez Marinas y el comisario de Guerra de segunda clase Federico Bermejo Villanueva.

    Este cementerio, abierto en 1883, también conocido como Cementerio Nuevo, se halla situado en la vertiente occidental de la montaña de Montjuich. No obstante, el mal estado y abandono del nicho provocaría un nuevo traslado. Esta vez al Panteón del Soldado del cementerio barcelonés de San Andrés. Desde noviembre de 1995 un columbario alberga en dicho lugar los restos de quien tanto en la vida como en la muerte tuvo una historia realmente apasionante. Capaz de llamar la atención de novelistas como Pío Baroja, que lo incluyó en la saga Un hombre de acción, o de historiadores como Roca Vernet, e investigadores como Ángel Adrián Ortiz o Nicolás González-Deleito.

    El Ayuntamiento de San Roque conmemoró el bicentenario de la muerte de Lacy con un amplio programa que me cupo el honor de dirigir y que, entre otros actos, incluyó un seminario universitario sobre su figura y el constitucionalismo en el siglo XIX, así como un número extraordinario de la revista de estudios históricos que lleva el nombre del ilustre sanroqueño. Probablemente, quede una asignatura pendiente: el último viaje de los restos de quien dio su vida por la libertad, un viaje hacia Andalucía, hacia su San Roque natal




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