Miércoles, 12 de Agosto de 2020
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Las duras críticas de Pío Baroja a La Línea de la Concepción (I)

  • La Línea, postal antigua de la céntrica calle Clavel
    La Línea, postal antigua de la céntrica calle Clavel
    Historia

    Uno de los grandes escritores de habla hispana y sus polémicas afirmaciones sobre La Línea. Pío Baroja es respondido desde una ciudad que se siente profundamente ofendida.

    En 1935 llega el ilustre escritor a la localidad realizando una serie de artículos sobre la ruta del general carlista Gómez, que cruzó la península e intentó  llegar hasta al Peñón (Ver en este medio el artículo Los tesoros que el general carlista Gómez quería guardar en Gibraltar).

    El escritor, que en el mismo reportaje alude a otras poblaciones gaditanas, se detuvo delante de la Aduana de La Línea, «al lado de unos cochecitos que emplean los turistas para visitar Gibraltar». Decide no cruzar la frontera, afirmando que no tiene la más mínima curiosidad en conocer el Peñón, «me parece una cosa estúpida con sus fortificaciones y sus cañones, más denigrante para los ingleses que para nosotros».

    En su observación del exterior de la Aduana señala que hay «una multitud de gentes miserables, desarrapados campesinos con un saco azul, obreros con la chaqueta al hombro, cestas y capachos y grupos de gitanos». Escribe que siempre son las mismas personas las que cruzan el control aduanero. Este detalle hace que pregunte a un campesino, que le explica que se trata de gente que va a Gibraltar y retorna con cierta cantidad de azúcar y de tabaco, y que lo hace de manera repetida.  Algunos dan hasta veinte vueltas en las ocho horas que les autorizan a esto», informa el interlocutor, que añade: «¡Lo que inventa el hombre para no trabajar!».

    Por otro lado, un carabinero invita a don Pío a que avance un poco por el Arenal y vea directamente los preparativos de los contrabandistas frente al Peñón.

    La contemplación de esos preparativos provoca en el autor de El árbol de la ciencia una dura crítica: «parece que los españoles hemos arreglado este pueblo de La Línea para desacreditarnos», añadiendo «mientras los ingleses entran en territorio español en hermosos automóviles, mostrando cara de perro, nosotros enviamos nuestra escoria: mendigos lisiados, escuálidos, enfermos y gitanos». Y para apuntillar declara que, si la situación se mantiene dará pie a que en la ciudad linense, se forme una raza inferior «de lo más lamentable que se pueda ver».





    El reportaje es ilustrado con sendas fotografías de grupos que se ganan la vida en torno a la frontera.

    Tras marcharse de la ciudad, el reconocido escritor se traslada a Cádiz, donde también da un breve «repaso» al alojamiento. Se queja de la falta de ventilación y de la existencia de mosquitos. Pregunta por lo destartalado estado de las habitaciones del hotel y por el número desmesurado de camas. Al conocer que se debe ello a su uso por familias, no se recata en responder que le parece «un poco moruno esto de tener que viajar todos en familia».

    Pero retrocedamos a La Línea. Al paso de sus alusiones sale el cronista oficial de la ciudad Eduardo Gómez de la Mata.  El 6 de mayo de 1935 contesta al «ex ilustre escritor» y productor de una «literatura senil». Le recuerda a don Pío que la Aduana no es La Línea y, sin embargo, «juzgó a La Línea entera por lo que allí vio, y vino a la conclusión vulgar que toda La Línea es contrabandista». Y el cronista linense pasa a informar que la ciudad cuenta oficialmente con unos treinta y cinco mil habitantes, a los que habría que sumar otros diez mil no registrados. Vecinos a los que, según la teoría de Baroja, explica el escritor local, habría que suponerlos mantenidos por un millar de personas dedicadas al contrabando.

    Gómez de la Mata ironiza con el planteamiento de don Pío, argumentando que si el auto que le llevó a la ciudad, en vez de entrar por la avenida de España, lo hubiese hecho por la calle de Méndez Núñez, y desembocado en la plaza donde se halla la única parroquia existente, la impresión hubiera cambiado por completo. Dada la existencia en el lugar de un colegio regentado por monjas, «nos habría usted descubierto como un pueblo ultraclerical». Si, en cambio, el coche alcanza el Barrio de los Portugueses -así llamado porque era habitado por mayoría de esa nacionalidad-, añade que «horroriza pensar la fama de lusitanos que tendríamos a esta hora».

    De «desgracia» califica que el auto de don Pío no hubiese parado un poco antes de la Aduana, «en los hermosos jardines del Palacio Municipal» o ante el edificio del Instituto Elemental, «donde cursan el bachillerato un millar de alumnos». O que no cruzase las barriadas de pescadores de La Colonia y La Atunara, «trabajadores de mar que nada tienen que ver con contrabandistas». O que no hubiese penetrado en las calles interiores, «donde hubiera visto nuestros grandes establecimientos de un comercio legal, nuestros bancos, nuestros casinos, nuestros cafés...».

    E incluso en la misma Aduana, a la hora del crepúsculo, presenciado «cómo millares de obreros, empleados, modistas, sirvientes, regresan de Gibraltar, y tras la labor diaria, a descansar en un limpio hogar honrado, sostenido de un jornal que, no porque proceda de un país extranjero, es menos digno que el que proceda de cualquier otra parte». Porque esa población «es la verdadera ciudad de La Línea que usted se ha permitido descubrir a la ligera y tan despreciativamente».

    El enfado linense no se aplacaría tan fácilmente y ello obligaría a posicionarse al propio Pío Baroja.