Martes, 7 de Abril de 2020
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Las duras críticas de Pío Baroja a La Línea de la Concepción (y II)

  • El escritor Pío Baroja
    El escritor Pío Baroja
    Historia

    Pío Baroja se defiende de la reacción que ha originado su reportaje sobre el contrabando en la ciudad de La Línea. A Estampa, la publicación madrileña donde apareció, llegan cartas de vecinos quejándose de la imagen que el autor de la trilogía La lucha por la vida ofrece de la localidad campogibraltareña. Y el novelista responde en una misiva dirigida al semanario El Defensor de La Línea, que aparece publicada el 7 de mayo de 1935.

    El escritor niega haber injuriado o calumniado a la población linense: «Yo he contado lo que he visto superficialmente, claro es, porque en una hora de estancia delante de la Aduana no voy a pretender yo averiguar con detalles la vida de un pueblo. Además éste no era mi propósito, sino el de hablar de las andanzas del general carlista Gómez».

    Don Pío se reafirma entre los dos mundos observados durante su visita: «Que el contraste en La Línea entre el elemento español de aire pobre, harapiento y triste y el elemento inglés, rico, orgulloso y soberbio es desagradable, es evidente». Pero añade que no existe mala fe en contar lo que ha visto: ¿Qué interés voy a tener yo en inventar detalles falsos? ¿Para qué? Yo hablo delante de la Aduana con un hombre que va vestido como un tipo de campo y supongo que es un campesino. No le voy a pedir la cédula de vecindad para saber lo que es. Ese joven y un carabinero me dicen que los hombres que van y vienen alrededor de la Aduana dan a veces hasta veinte vueltas al día, entrando provisiones y dejándolas en la plaza próxima. El carabinero dice: Es un espectáculo vergonzoso y el joven con aire campesino añade: Lo que inventa el hombre para no trabajar.

    Eso sí, niega rotundamente que haya afirmado que La Línea sea la escoria de España. Yo he hablado de que enviamos nuestra escoria al referirme a la gente que se amontona en la Aduana y en una plaza próxima.

    Sin ocultar su dosis del malhumor Baroja argumenta «que no me gustan los pueblos blancos en donde los tejados están encalados. ¿Y qué? Yo estoy acostumbrado en el pueblo del norte donde vivo parte del año a oír a los forasteros y a los empleados decir que allí no hay sol y que todo está húmedo y que no le gusta el país. A mí me tiene sin cuidado su opinión (…) Es que Andalucía tiene un privilegio, una bula especial, para que no se pueda hablar de ella con libertad?».





    Su enfado plasmado en el papel sube de tono, pues le «choca la carta abierta firmada por mujeres de La Línea, y que le reprochan «que diga yo que los ingleses que entran en territorio español en hermosos automóviles mostrando cara de perro». Eso a don Pío le da igual. «Ellas pueden tener simpatías por los ingleses de Gibraltar, están en su derecho; yo tengo el mismo derecho a no tener simpatías por ellos y a desear que tarde o temprano se marchen con sus acorazados y sus cañones al quinto infierno.

    El insigne escritor finaliza reafirmado que jamás quiso ofender a los linenses, pues aunque podrían darse en el relato «observaciones más o menos exactas, y más o menos superficiales, falsas apreciaciones, si se quiere debidas a la rapidez de la información, pero nunca injurias ni calumnias: «Esto es absurdo, yo no entiendo nada de derecho, es cosa que no me interesa, pero creo que no puede haber injuria ni calumnia cuando no hay intención ni de injuriar ni de calumniar.

    Por su parte, el propio director de Estampa Luis Montiel ofrece una explicación sobre el incidente, indicando que en su revista «se respetan las más encontradas y extremas opiniones, aunque las emita un humilde hombre de pueblo». Por tanto, «no podíamos permitirnos tachar las de una figura tan egregia como el autor de Caminos de perfección».

    Montiel recalca que «nada más lejos de nuestro ánimo que menospreciar a esos honrados y laboriosos compatriotas de La Línea (…) Por lo demás, creemos que algunos protestantes dan demasiada importancia al incidente. En este sentido, añade que en otros países, «los accesos de mal humor de escritores de la estirpe de Pío Baroja, se conlleva con más filosofía», poniendo de ejemplo al escritor dublinés establecido en Londres, Bernard Shaw. El Defensor de La Línea, acepta la explicación de Estampa, pero no así esta última argumentación, pues considera que Shaw no llega a «ridiculizar y ofender a su pueblo» ni a calificarlo de raza inferior.

    Casi un año más tarde, Baroja viviría uno de los momentos más difíciles de su vida. Pasando unas vacaciones en Navarra le sorprende la rebelión militar contra la República. Detenido por los carlistas estuvo cerca de la muerte. Las huestes ultramontanas de la religión nunca le perdonaron su anticarlismo declarado, plasmado en una buena parte de su obra. En frases como el carlismo «es un animal de cresta colorada que habita el monte y de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós! atacando al hombre».

    Pasado el tiempo, La Línea, ciudad con la que había tenido el encontronazo, como pueblo acogedor y ausente de rencor, dedicaría una calle al célebre novelista.




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