Lunes, 21 de Junio de 2021
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Explosión comercial en Gibraltar por las fiestas navideñas

  • El Peñón servía de aprovisionamiento para muchos barcos de fuera

    Explosión comercial en Gibraltar por las fiestas navideñas
    Fotografía antigua de la calle Real gibraltareña. FOTO NG
    Historia

    La Navidad era una ocasión extraordinaria para el comercio de Gibraltar, en parte orientado hacia la comarca, pero sin olvidar su faceta de aprovisionamiento de los muchos barcos que llegaban a su puerto desde distintos puntos del orbe.

    Su condición de puerto franco permitía la llegada de productos que no eran habituales en la zona inmediata, por lo que suponía un especial atractivo. Ocurrió durante largo tiempo, pero centrémonos en un determinado período: los últimos veinte años del siglo XIX, un ciclo de quietud en las relaciones entre ambas comunidades.

    En esa época, tanto Gibraltar como La Línea registraban un bullicio propio de dos ciudades que, por sus características fronterizas, concentraban a numerosos foráneos.

    Bien lo entendió José Martínez, propietario de dos confiterías reconocidas. La Perla, en la linense calle Clavel, y La Victoria, en la gibraltareña Cordoneros. Con esa distribución del negocio se cubría a ambas localidades, suponiendo importantes ganancias.

    El interesante surtido de dulces se veía incrementado con todo tipo de roscos, mantecados de Astorga, mazapanes de Toledo, buñuelos de viento o empanadillas de Ferrol.

    Por su parte, Juan Risso contaba también con un conocido establecimiento de pastelería y repostería situado frente a la conocida Casa de los Balcones. Un local que se distinguía por ser de los que más vendía en el Peñón, y que desde semanas antes se almacenaba gran cantidad de productos.

    La demanda era considerable en esas fechas y la competencia alcanzaba a dos populares cafés: el Universal y el Wellington, cuyos propietarios eran Federico y Lázaro Bado, padre e hijo respectivamente. Aparte de toda clase de repostería, reforzaba su base de licores procedentes de diferentes países, y vinos de Sanlúcar, de Jerez y el popular vino dulce de Málaga.

    El Universal continuaba con su tradición navideña de obsequiar al Hospital Civil de varias docenas de botellas de vino, costumbre que continuó bien entrado el siglo XX.





    La variedad de bebidas no tenía desperdicio. El depósito de Dorero, en Iris Town, procuraba los mejores caldos andaluces (jerez seco y amontillado, moscatel, málaga y pedro ximénez), así como priorato, oporto, e incluso italianos y alemanes.

    El jerez en sus distintas modalidades era el más apreciado y la bodega con mayor número de botellas distribuidas era la de William Bellamy, en la calle Real. También competía la de Bardasano, pues ningún comerciante estaba dispuesto a dejar de perder la posibilidad de aumentar sus ventas en ocasión tan señalada.

    De otro lado, desde muchos días antes los locales de objetos de regalos vendían una buena cantidad de artículos. La tienda de Benoliel, detrás de la iglesia católica; la de Freyone, en la calle Real, o los puestos del propio Mercado Público registraban ventas fuera de lo común.

    Igualmente destacaba la perfumería de Ballou, próximo a la catedral de Santa María la Coronada, y que contaba con surtidos de sombreros ingleses y franceses, guantes de cabritilla y variadas corbatas. Ballou era un próspero comerciante que además tenía una peluquería en la calle Real.

    Tradicional era la aparición en los últimos días del año de los calendarios español y hebreo que se vendían en la redacción del diario El Calpense, entonces editado en español.

    Las tiendas de comestibles procuraban no quedarse atrás. La de los hermanos Abrines, la de Chevasco (calle Real), Negrette o la de Parody (Plaza de las Verduras), despachaban gran variedad de alimentos, en especial el conocido como “jamón hervido”, especialidad de Enrique Cortés, que tenía su negocio en el Carril de la Tonelería.

    Pero si alguien se llevaba la palma era los Abrines, que cada año sorprendían con alguna novedad. Durante mucho tiempo se recordó el año en que fue exhibido un queso de la marca Jumbo con un peso de ochocientos kilos, y que procedía de una exposición internacional en Inglaterra.

    En Gibraltar, sin tradición de coros o rondallas navideñas, no eran muchos los espectáculos, aunque la sociedad Nuevo Recreo Calpense organizaba sesiones de declamación y bailes en el Teatro Real, el único existente. También la banda del Regimiento East Yorkshire amenizaba las tardes en la Alameda.

    Nadie lo discutía, las fiestas navideñas constituían el mejor escaparate comercial del Peñón.




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