Lunes, 6 de Febrero de 2023
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Gibraltar no quiere mendigos 'profesionales' en sus calles

  • La prensa acusaba directamente a los extranjeros

    Gibraltar no quiere mendigos 'profesionales' en sus calles
    La gibraltareña calle Real en los años veinte. FOTO Archivo del autor
    Historia

    “¿Qué hacen tantos mendigos en Gibraltar?”, se preguntaba el articulista que firmaba PB en el periódico El Calpense, en septiembre de 1926. “Yo creo que en ninguna población del mundo existen tantos mendigos profesionales o pedigüeños lacrimosos como existen en Gibraltar”, aseveraba el articulista.

    Y lo más lamentable, según el periodista, “es que la mayoría de los que dan este espectáculo nada edificante, son extranjeros”. Si bien reconocía que en la ciudad también había personas que estaban necesitadas del auxilio, sin embargo, “como en todas partes, el indigente siente pudor de su propia miseria”, y no se hacía presente.

    Siguiendo este criterio el verdadero mendigo evitaba hacer pública su situación, debiendo ser socorrido por las sociedades benéficas o por el propio gobierno. No obstante, el que consideraba un “profesional” no dejaba de ser “un vago disfrazado de pobre”.

    Según el análisis del columnista para pedir limosna públicamente se precisaba de dos estados: necesidad desesperada y apremiante, o un estado de degradación delictiva, penada legalmente.

    A este respecto, aseguraba que “el mendigo es un lastre para la sociedad que debe evitarse en bien de la higiene y el ornato público”. Pedía el periodista una enérgica acción y ponía de ejemplo la ciudad de Algeciras: “nos da en esto una lección que debemos aprender”.



    Iti Cádiz
    Iti Cádiz


    En este sentido, pedía mano dura y la aplicación de la norma establecida en 1885 por los británicos, que mandaba reprimir al que demandase o se estacionase en cualquier calle para recoger limosnas. Eso sí, dilucidar entre realidad e impostura no era tan fácil.

    El sábado era el día fuerte de la mendicidad en el Peñón. “A las ocho de la mañana empieza lo que podríamos llamar la manifestación de la indigencia profesional”, escribía El Calpense. A esa hora se veía acceder a la plaza “una manifestación de viejas desgreñadas, con vestidos raídos y usando mantones descoloridos y mugrientos”. No eran mendigos auténticos para la opinión del cronista, pues “su charla es animada, alegre y salpicada de chistes”.

    Luego, al entrar en acción, estas mujeres cambiaban el paso ligero que traían, volviéndose lento y transformando la voz normal en dolorosa. Una vez obtenida la limosna, ya fuese en un establecimiento o en una casa particular tornaban a su posición original. Repugnancia causaba al articulista, poco objetivo y metiendo a todos en el mismo saco, ese vivir “del bolsillo ajeno”. “La pobreza no es una vergüenza cuando a ella no contribuye la propia persona”, sentenciaba.

    Era evidente que no todos los vecinos compartían esta opinión y que los problemas sociales existían en el propio seno de la sociedad local. El mismo diario había tratado del malestar general por la crisis “del comercio y la industria”, que había enviado al paro a cierto número de trabajadores. “Sigue el desempleo en grandes proporciones, como jamás se ha visto”, escribía.

    Las críticas se dirigían a las autoridades que “en vez de procurar un alivio, porque sólo aboga de palabra, con los hechos hace la situación más grave y apurada con la subida de impuestos y creación de otros nuevos”.

    Como si la cosa no fuese con ellos, la parte selecta de la sociedad gibraltareña, quedaba al margen de esas cuestiones, y en esos momentos lamentaba la suspensión de las excursiones marítimas programadas a Estepona y a la Ballenera de Getares, en Algeciras. El temporal de levante les había aguado la fiesta.




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