Viernes, 26 de Febrero de 2021
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Un gobernador inglés acusado de patrocinar las corridas de toros

  • Acuarela realizada por el propio Jon Miller Adye durante su estancia en Gibraltar
    Acuarela realizada por el propio Jon Miller Adye durante su estancia en Gibraltar
    Historia

    ¿Era el gobernador Jon Miller Adye un gran aficionado a los toros y por eso permitía que la frontera prolongara su horario de apertura cuando había corridas en el Campo de Gibraltar? La prensa de Londres acusó al militar de «patrocinar» los espectáculos taurinos, muy criticados en los medios ingleses. La acusación tuvo rápida respuesta en la prensa gibraltareña que en el verano de 1886 dedicó mucha tinta a defender al militar y, de paso, a la tauromaquia. Periódicos como Mons Calpe, El Calpense o El Anunciador, se mostraron fuertemente beligerantes hacia sus colegas londinenses y ante todo el que cuestionara la labor del general.

    No ahorró la prensa local calificativos como «aristócratas» y «caciques» para quienes en la Gran Bretaña desplegaban su especial campaña que, a criterio de los medios, podía afectar a las buenas relaciones entre el Peñón y la comarca.

    ¿A qué venía ahora que el diario inglés The World –que capitaneaba la campaña– se acordara de Gibraltar, queriendo acabar con una aceptada costumbre? Si las puertas permanecían más tiempo abiertas cuando tenían lugar las ferias de La Línea, Algeciras y San Roque, no obedecía a que en estas poblaciones vecinas se celebrasen corridas, sino a facilitar la vuelta de las numerosas familias gibraltareñas que se trasladaban a disfrutar de los festejos. Y muy especialmente del alumbrado extraordinario y de los fuegos artificiales que, lógicamente, se desarrollaba en horario nocturno. La prensa calpense disparó sus mejores baterías para hacer frente a las «torcidas ideas y bajunas intenciones» de los papeles londinenses.

    Recordaban los gacetilleros del Peñón que dicha medida extraordinaria no se adoptaba cuando las corridas se organizaban fuera del período de ferias. En esos casos había tiempo para retornar a la plaza antes del cierre de la verja gibraltareña, una vez efectuado el cañonazo anunciador.

    A ello unía Mons Calpe que el negar el permiso constituiría «un agravio a las autoridades de los pueblos», que solicitaban la aplicación puntual de la medida en cuestión. Autoridades, por otra parte, que como escribía El Anunciador, «siempre se muestran indulgentes con los ingleses que van por esos contornos a entregarse con gran orden al brutal divertimento de cazar zorras, diversión que debía de veras escandalizar a esos señores Protectores de Animales, que censuran pero asisten a las corridas de toros».

    De lo que no cabe duda es que el Miller fue un bienhechor de los gibraltareños y que en su corta estancia en el Peñón –tres años y diez meses–, había llevado a cabo notables mejoras, reconocidas por toda la población. Entre los logros principales figuraba el mantener abierto el puerto del Muelle Viejo hasta las once y media de la noche para facilitar las provisiones de los buques que arribasen a horas avanzadas. Con esta medida, favorecedora del comercio, se evitaba también el retraso de la navegación.



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    De la misma manera, asumió la dirección de la reforma del Hospital Civil, que con tan poco resultado y derroche de dinero había llevado su antecesor lord Napier de Magdala. Para tal fin creó un fondo único donde se reunían las distintas aportaciones económicas, realizando una gran mejora de los servicios del centro.

    Asimismo, teniendo en cuenta la ausencia de un local para reuniones de vecinos, llevó a cabo la construcción de un edificio en plena Alameda, el New Assembly Rooms, beneficiando especialmente a las logias de la plaza, necesitadas de lugares adecuados para sus sesiones. Iniciativas que procuró equilibrar con proyectos para los militares, construyendo salones sociales, especie de club militar, exclusivo para el personal del ejército de diferente graduación.

    Pero el logro de mayor trascendencia fue la consecución de la independencia del servicio de Correos y Telégrafos, logrando el traspaso de dichos servicios a la colonia, sin dependencia alguna de las autoridades británicas.

    Esa disposición a participar de la mejora de la ciudad se extendió a las buenas relaciones con el resto de la comarca. Los afectados por epidemias y desastres naturales en el Campo de Gibraltar tuvieron en Jon Miller Adye un decidido benefactor.

    La epidemia de cólera morbo producida en 1885 tuvo especial incidencia en la zona. Principalmente en La Línea y en la barriada sanroqueña de Campamento. El gobernador británico procuró abastecer de mantas a las familias y obtener socorros de su gobierno. En Gibraltar ayudó a los obreros que habían quedado sin trabajo, facilitándoles cocinas económicas.

    No había comité solidario, patrocinio de comerciantes o representaciones teatrales benéficas que no contara con el impulso y la presidencia de Miller Adye.

    Por eso cuando a principios de noviembre, unos meses después de ser cuestionado por los periódicos de su país por su «apoyo» a los toros –y tras cubrir su etapa como gobernador–, emprendió la vuelta a Inglaterra, fue despedido por todo un pueblo agradecido, que le vitoreó hasta que embarcó de retorno a Inglaterra.




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