Viernes, 14 de Mayo de 2021
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Los inicios del «milagro» gibraltareño

  • Vista del Peñón de Gibraltar en 1856. Dibujo y litografía de A. Guesdon. Museo Naval. Madrid
    Vista del Peñón de Gibraltar en 1856. Dibujo y litografía de A. Guesdon. Museo Naval. Madrid
    Historia

    Al  terminar la Guerra de la Independencia, Fernando VII envía a Andalucía a cientos de funcionarios civiles y aduaneros sin especializar y mal pagados para tratar de destruir la red de contrabandistas, «muchos de los cuales estaban armados y todos especializados en engañar a las mejores tropas de Napoleón», como señala el historiador George Hill. Ejemplo de ello fue Nicolás Tapy Núñez, uno de los primeros en liderar el levantamiento contra los franceses en la ciudad de Sevilla, y muy relacionado con los contrabandistas que hacían frecuentes viajes a Gibraltar.   

    Michel Moreau (Estadística de España, traducción de Madoz) estima que «había 100.000 españoles ocupados en el negocio del contrabando durante el año 1830 y 40.000 en su supresión». Posiblemente no se trate de cifras exageradas, ya que otras fuentes, en este caso británicas, barajan que el número de los dedicados a estos menesteres, entre contrabandistas y aduaneros, estaría entre las 80.000 y las 100.000 personas, que igualmente resulta lo suficientemente elocuente para reflejar la realidad de aquellos turbulentos años, por otra parte por la inestabilidad política, con la alternancia en el poder de absolutistas o realistas y constitucionalistas o liberales (servilones negros, como se llamaban mutuamente).

    El profesor Barcia Trelles, al referirse a la evolución de la población gibraltareña, exponía que a principios del siglo XIX, con el establecimiento de un Tribunal de Presas del Almirantazgo, Gibraltar vive una época de prosperidad económica, alcanzando en 1804 la cota demográfica de 6.000 habitantes.

    Sin embargo, en ese momento de auge irrumpe la gran epidemia de peste que, desde agosto a diciembre de ese año, provoca la muerte de 5.000 personas. La reconstrucción demográfica se produciría tras el estallido de la guerra de España contra Napoleón, contando con la alianza hispano-británica. De los 1.000 habitantes que quedaban en el Peñón se pasa a 12.000 en 1813. 

    La guerra facilita el despegue económico  de Gibraltar. (Ver en este medio «El contrabando como sostén de la economía gibraltareña»). Destruidas las barreras militares (voladura de la Línea de Contravalación), se establecen normas para que los españoles radicados en el Peñón puedan unirse a los sublevados contra el invasor, se canaliza la entrada de armas hacia el Campo y se proporciona el refugio tanto de civiles como de militares. A este respecto, el diario londinense The Times publica en mayo de 1810 que se hallaban en la plaza  más de treinta generales españoles.

    En opinión de Trelles, ese «milagro» económico se debe: «primero, a la colaboración y perfecta identidad que, con ocasión de la guerra contra el enemigo común, se establece entre la fortaleza y el territorio español circundante que, segundo, hace posible el que un gran número de refugiados españoles se asienten en una ciudad cuya población civil ha sido barrida por la peste».





    Además de estas aportaciones demográficas provenientes de distintas partes de Andalucía, son igualmente dignas de ser reseñadas otras, como la llegada, a partir de 1842, de los primeros convictos procedentes de la metrópolis. En ese año la fragata Owen Glendower trajo doscientos presos, número que luego se fue incrementando, aunque sin superar el millar.

    Del mismo modo, la aparición de los malteses en el último cuarto del siglo supone un incremento de la población. Este colectivo sería recibido con desagrado por los habitante de Gibraltar, que no tardaron en elevar un memorial de protesta al gobernador lord Napier de Magdala.

    La población formada en esa época crece económicamente y pronto los políticos británicos se dan cuenta del valor de ese incentivo, como medio de ganarse la lealtad de estos nuevos habitantes de su colonia europea.

    No obstante, el recelo siempre estuvo presente entre las autoridades británicas ante la llegada de quienes, aprovechando la «explosión» económica local, actuaban sin ningún tipo de control.

    A este respecto, en una carta dirigida, en enero de 1815,  por el gobernador George Don al conde de Bathurst, afirma: «existe una serie de señores que se han hecho ricos actuando como piratas en las últimas guerras, señores que no tienen la mínima conexión con Inglaterra (…) Y si bien es cierto que por el momento a estas personas les conviene continuar en Gibraltar y conservar la Plaza en el estado en que se encuentra, no cabe duda que algún día pueden considerar más conveniente transmitir su lealtad a los países de origen».

    No fue el caso. Para esos grupos de los que desconfiaba el gobernador del Peñón, como suele ocurrir en cualquier parte del globo, su única patria era el dinero.




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