Domingo, 23 de Enero de 2022
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La comarca, gracias a Campamento, centro hípico de Andalucía (y II)

  • El cronista Héctor Licudi

    La comarca, gracias a Campamento, centro hípico de Andalucía (y II)
    Carrera en el hipódromo de Campamento (Copia Archivo Municipal de San Roque)
    Historia

    Para presenciar las carreras del hipódromo de Campamento, los aficionados de Gibraltar se trasladaban por vía marítima, dado el mal estado en que se hallaba la carretera desde la frontera.

    Para ello se utilizaba un pequeño vapor, cuyo precio incorporaba también el del hipódromo. Al objeto de facilitar el desembarco, el club hípico colocaba un desembarcadero portátil de madera, que una vez utilizado era desmontado. En 1906 una orden directa de Madrid hizo que se prohibiera la instalación, lo que provocó la protesta de los medios gibraltareños y de la propia comarca.

    El sábado 9 de marzo se iniciaron las competiciones de la temporada de 1912. A pesar de la lluvia el hipódromo estuvo muy concurrido, según la información que ofrecía el periódico de Madrid La Correspondencia de España. “En un tren especial acudieron muchos espectadores, y también por tierra fueron a caballo, gran número de señoras y caballeros”.

    La banda del regimiento de Covadonga amenizó el acto, que resultó en parte accidentado, pues un jinete se fracturó un brazo y otro resultó con un grave traumatismo.

    En 1914 asistió a las carreras el exsultán marroquí Muley Hafid, quien manifestó el deseo de adquirir una finca en la zona, según informaba el diario madrileño La Correspondencia Militar.

    También la prensa deportiva madrileña seguía las competiciones en la comarca. El Heraldo Deportivo, en octubre de 1918, daba cumplida información de las últimas carreras.

    La denominación de los premios era la siguiente: Pista y Campamento, 800 metros cada uno; San Roque, 1.000 metros; París, 1.850 metros; Tánger, 400 metros; Cachón. 1.200 metros; Gibraltar. 1.600 metros, y Madrid. 1.600 metros.

    Otros premios del calendario eran en esa época el Europa, Ena, Hipódromo, Orán, Especial, Casablanca, España, Marzo, Carretera, Paddock, Puente, Primavera, Villalba y Veloz. Algunos de los premios en metálico alcanzaban las dos mil pesetas.





    La nómina de caballos era extensa. De manera especial en la temporada de Primavera de 1920 destacaron Espartel, Loquita, Medfa, Dominó, Royal Welch, Aerolita, Amelian Magda y Ultor, así como los jinetes Andrades, Goodman, Bocarisa, Bonitch, Zammit, Moreno y Barreiro.

    El cronista Héctor Licudi

    La afición a la hípica haría surgir diferentes especialistas de prensa. El gibraltareño Héctor Licudi, sin duda, sería el principal exponente. El autor de la novela Barbarita -que tuvo especial controversia en Gibraltar y obligó a su marcha de la ciudad-, cimentó su carrera como cronista especializado en el Peñón y Campamento. En la prensa de Madrid, ciudad donde se estableció hasta su fallecimiento, se haría acreedor del reconocimiento como uno de los grandes cronistas hípicos del país.

    Recuperamos una muestra de su etapa gibraltareña. Como corresponsal del periódico madrileño La Libertad, el 21 de julio de 1923, destacaba la afición que a este deporte existía en su ciudad, compartida con la del fútbol: “no se oye hablar más que de caballos y de pelota”.

    De las distintas competiciones hípicas de Campamento realzaba la temporada de invierno, “en que la concurrencia es mayor”. Según el periodista los caballos se encontraban en mejor forma y aumentaba el número de cuadras, tanto españolas como extranjeras. Héctor Licudi demuestra en su crónica su gran admiración por los ejemplares equinos, aludiendo a la entereza de las yeguas morunas en pleno verano. “Para las jacas que importamos de África, y que son clasificadas para correr en «handicaps» hechos especialmente para caballos de su raza, no hay distancias, no hay pesos...”.

    Y de esa descripción surgiría la vena literaria de Licudi: “Por algo proceden de la morería, de los arenales, depurado su aguante por los largos días de marcha en las secas llanuras de Marruecos; son las jacas del desierto, los caballos del sol...”.

    Refiriéndose a los pura sangre importados de Gran Bretaña, señalaría su delicadeza, “tan quisquillosos, debieran padecer mucho cuando corren en la época de verano; sienten los pesos, el calor, el agobio del «jockey»; sudan a mares”.

    Necesitaban, por ello, un cuidado especial: “su máximo de peso ha de contar siempre sobre la base de una escala baja; nada de setenta ni ochenta kilos”.

    “Son los caballitos que, en invierno, van al hipódromo bien vestidos, y cuyo cuello, cuando vence, acarician las señoritas”, describía el periodista. Los “caballitos del frío” los calificaría, que, sin embargo, “los vemos correr también en estas tardes de julio, con sus buenos kilos, destilando espuma y con un gesto de que «esto no es para mí».




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