Viernes, 27 de Noviembre de 2020
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La epidemia en Gibraltar obliga a Cortes extraordinarias en Cádiz (I)

  • La epidemia en Gibraltar obliga a Cortes extraordinarias en Cádiz (I)
    Retrato anónimo de José Mejía Lequerica (Museo de Quito)
    Historia

    La alarma se produjo tras una comunicación del cónsul Urrutia en Gibraltar. La fiebre amarilla se había hecho presente en la plaza y amenazaba extenderse. La Regencia del Reino y los diputados en las Cortes de Cádiz se planteaban su traslado a lugar seguro ante el temor de que los órganos del estado quedasen incomunicados.

    El Congreso había finalizado sus sesiones el día 14 de septiembre de 1813 y para el 25 se preveía la reunión de las Cortes con carácter de ordinarias, una vez aprobada la Constitución un año antes. En la capital gaditana, convertida en centro político de España, se encontraban treinta diputados de las nuevas Cortes y sesenta suplentes, el resto se hallaba en camino. En este trance la Diputación Permanente del órgano legislativo se reunió en la noche del día 16. Con amplia asistencia de público los representantes debatieron el asunto y nombraron una comisión para que informase del estado de la salud pública. Sin embargo, la discusión continuó al conocerse rumores de que ya había fallecidos en la ciudad y que la Regencia se hallaba pendiente del dictamen del Consejo de Estado en torno al posible traslado.

    Ante la tesitura presentada, escuchado un informe del secretario de la Gobernación de la Península Cayetano Valdez en apoyo de la convocatoria de Cortes Extraordinarias –al igual que había ocurrido durante el cerco de los franceses–, se votó favorablemente dicha convocatoria. Con ello, los parlamentarios que ya habían cumplido su misión de redactar el primer texto constitucional, retornaron de inmediato, y como recoge el Diario de Sesiones de ese día, «a los pocos minutos de haberse expedido la convocatoria, entraron en el Congreso los señores diputados entre las aclamaciones de un inmenso gentío que había concurrido a las galerías».

    Al día siguiente, también en presencia de muchos ciudadanos, los diputados iniciaron la primera sesión extraordinaria. Los informes firmados por los médicos de la ciudad sobre pacientes en los hospitales (San Juan de Dios, del Rey y el de Mujeres) reflejaban la existencia de enfermos bajo sospecha, que habían sido convenientemente separados –en San Juan de Dios se hallaban 51 –.No obstante, los distintos informes no aclaraban la existencia o no de la enfermedad, tal como lo puso de relieve el diputado Argüelles al decir que había una «aparente contradicción e incongruencia de varios facultativos que no reconocen que exista en Cádiz semejante enfermedad y antes o después la reconocen en otros documentos».

    La tensión subió por momentos y el representante José Martínez solicitó que también pudieran salir los ciudadanos, por tener los mismos derechos que el gobierno. Pero realmente la incomunicación no estaba declarada, por lo que cualquier residente podía abandonar la ciudad, como de hecho así ocurriría.



    Campaña Vacunación Gripe - Junta de Andalucía
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    Acostumbrados a soportar las epidemias al mismo tiempo que los bombardeos del ejército napoleónico, la Tacita de Plata, quería saber si en esta ocasión existía un riesgo real para la salud pública, y desde el Congreso se pidió a los médicos que informasen si había variación en cuanto a los casos producidos en septiembre del año anterior. En este punto, merece aludir a la intervención del diputado liberal ecuatoriano Mejía Lequerica, extraordinario orador, médico y catedrático de filosofía.

    Mejía sería muy crítico con los facultativos, a los que criticó de utilizar «palabras e ideas generales y ambiguas». Para el orador, «no parece sino que ha llegado el caso en que los profesores, acostumbrados ver morir a los hombres, y tan familiarizados con la muerte que nada temen, han venido a convertirse en diplomáticos».

    Contrario al traslado de los representantes públicos, Mejía resaltó que si el mal se podía propagar, «¿entonces por qué vamos a ser nosotros conductores de esta fiebre?». Y para tranquilizar a sus colegas y al público asistente, declaró que «en el día en que estoy hablando, no hay más enfermedad en Cádiz que la que ha habido en años anteriores. Pues si en los años anteriores no se ha hecho novedad (…), ¿por qué esta novedad ahora?». Como facultativo resaltó que una cosa es la enfermedad y otra el grado de contagio.

    Contrario al alarmismo injustificado, en su intervención se preguntó qué era mejor o más conforme a las leyes de sanidad, «conmover toda la Península y alborotar toda la Europa, que colocar a todos los enfermos en donde no tengan comunicación con las demás gentes, sin faltar los auxilios que exige la Humanidad?». El diputado advirtió de lo que supondría una salida atropellada, «infundiendo el terror y la desolación».

    Con poco tiempo de acción, las Cortes Extraordinarias convocadas por motivos de salud pública, aprobó que los médicos informaran si en el mismo período del año anterior hubo en la ciudad «algunos enfermos de calenturas pútridas, con síntomas de fiebre amarilla». Si tras la comparación los facultativos «juzgan ser mayor el riesgo de contagio ahora que entonces», y si en el caso de propagación, «podrá contarse con la traslación de los que la padezcan a alguno de los puntos cercanos donde estén totalmente incomunicados con ésta y demás poblaciones, y donde al mismo tiempo no carezcan de toda la asistencia y auxilios necesarios para su curación». La alarma surgida en Gibraltar había provocado, nada más y nada menos, que unas imprevistas Cortes extraordinarias.




  • Cáritas diocesana Cádiz
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