Martes, 11 de Mayo de 2021
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La prensa de Gibraltar habla de España

  • Portada de El Anunciador con informaciones relacionadas con España (Hemeroteca Histórica Francisco María Tubino)
    Portada de El Anunciador con informaciones relacionadas con España (Hemeroteca Histórica Francisco María Tubino)
    Historia

    El español fue el idioma más hablado en Gibraltar y la cultura española impregnó la vida de sus ciudadanos durante largo tiempo. Buena muestra de ello fue la prensa (Ver en esta sección «150 años de la fundación de El Calpense, el diario en español más importante de Gibraltar»), que no sólo aparecía en la lengua de Cervantes, sino que siempre estuvo pendiente de los avatares de la vida española.

    El Cronista de GibraltarEl Anunciador, Gibraltar Guardian -que pese a la cabecera se editaba en castellano- o El Calpense fueron algunos de aquellos medios.

    Sin duda, fue la segunda mitad del siglo XIX la de mayor esplendor de la prensa en el Peñón. En esos años lo español tuvo un lugar destacado en las páginas de los periódicos.

    El Calpense solía vender cada año  el «Almanaque Español de Gibraltar», que era adquirido por buen número de lectores. También los medios locales publicaban anuncios de libros en castellano como el Diccionario Biográfico, Geográfico y Estadístico de la lengua española, obra de Enrique Jaramillo Requena.

    De otro lado, las publicaciones cuando introducían algunos textos en inglés -las largas intervenciones de diputados en la Cámara de los Comunes-  solían traducirlas al español al día siguiente, «para que aquellos lectores nuestros que no comprenden el idioma inglés, puedan también formar preciso juicio de la cuestión».

    En este caso era la mayoría de la población. (Ver en esta misma sección «En Gibraltar prefieren a los médicos españoles y los ingleses prohíben su entrada»). Una lengua que era elogiada por los medios de la colonia de manera especial cuando era expresada en boca de los grandes tribunos, como el republicano Emilio Castelar, calificado en los medios de la plaza como «el gran orador español».

    Y no digamos de la predilección de los usuarios gibraltareños por los vinos de Jerez y de Sanlúcar, asiduos de las páginas de anuncios. Planas, por otro lado, en las que no faltaban los avisos de actuaciones de compañías de zarzuela, asiduas en sus visitas a la plaza.





    Pero si algo entusiasmaba al gibraltareño de manera general eran los toros (A ello me referí en este mismo medio: «La desconocida gran afición taurina de Gibraltar», donde se alude, incluso, a toreros del Peñón).

    Las crónicas taurinas eran habituales y tenían gran seguimiento. Por su cercanía a la vecina La Línea, no se descuidaba espacio para cubrir hasta la más modesta becerrada, permitiéndose, incluso, aconsejar sobre las consecuencias de la participación de aficionados en los festivales benéficos. El Calpense les pedía «a los nuevos aficionados al arte del toreo, busquen otros medios de ejercer la caridad, que no los exponga a desgracias». Afirmación que corroboraba El Anunciador, para que se abstuviese «el que sin arte ninguno pretenda lidiar novillos, aunque sea a beneficio de las clases menesterosas».

    De las corridas en La Línea se daba cuenta de hasta los ingresos obtenidos. Con tanto seguimiento, no podía pasar por alto la presencia de las mujeres toreras en los ruedos campogibraltareños. Es el caso de La Fragosa, que toreó en San Roque y que llevó a esta ciudad a numerosos aficionados de la colonia.

    No le ocurrió lo mismo a La Garbancera. De esta última se decía, recogiendo los ecos de los colegas gaditanos impresos, que «quedó, como ya es en ella proverbial, a la altura de una babucha moruna». Debió ser bastante penoso el espectáculo, pues el público le arrojó «un corsé, hortalizas de varias clases y algo sólido como medio ladrillo». Y de La Fragosa, en su actuación en Antequera, se informó que «estuvo junto a un burladero derramando abundantes lágrimas».

    Pero si a alguien se admiraba en Gibraltar era al diestro Manzzantini, que se había alojado en la ciudad en 1886, con motivo de su corrida en La Línea (Ver en esta sección «Apoteósico recibimiento de Manzzantini en Gibraltar»). Pendientes a todo lo relacionado con el torero, en un suelto de El Anunciador se informaba que el espada «ha recibido por último correo de Cuba 15.000 duros, como garantía de su contrato para torear en La Habana».

    Tan presente estaban los avatares españoles en los periódicos del Peñón, hasta el punto de hacer un seguimiento, a través de las informaciones de la prensa española, de los acontecimientos de la política estatal. Ejemplo de ello fue el pronunciamiento republicano del general Villacampa, ocurrido en Madrid en septiembre de 1886, y que los matutinos calpenses no se recataron en calificar de «descabellada intentona».

    Muy amplia fue la información realizada, llegando a editorializar, desde la postura conservadora que dominaba los medios locales, en contra del gobierno liberal español: «Está visto, que la estancia en el poder del Sr. Sagasta, trae siempre algún trastorno con respecto a las instituciones».




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