Jueves, 9 de Abril de 2020
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La titánica lucha de un pueblo contra la epidemia de cólera morbo (II)

  • Vista de San Roque en la segunda mitad del siglo XIX. Foto de Jean Laurent
    Vista de San Roque en la segunda mitad del siglo XIX. Foto de Jean Laurent
    Historia

    En plena epidemia de cólera morbo, a las diez de la mañana el 16 de junio de 1834, la Junta de Sanidad de San Roque se reunió urgentemente. La alarma había saltado: el cólera había penetrado en la vecina Algeciras. Se acordó rechazar a todo el que proviniese de dicha ciudad, cursándose órdenes a los alcaldes celadores de los barrios de La Línea, Campamento y Puente Mayorga, al tiempo que pedía colocar un destacamento militar en el embarcadero de Guadarranque.

    Con el fallecimiento de varias personas en Gibraltar, San Roque quedaba aislada de todo su entorno. La Junta manifestó que ante “las estrechas y críticas circunstancias en que se encuentra: verse ya aislada y reducida a esta ciudad y su corto término, la obligan poderosamente a tomar las medidas que convengan en preservación de la perfecta salud pública que disfruta”. Para ello pidió a la Junta Provincial aumentar los destacamentos de su circunvalación, y dispuso que los quintos de Toledo en observación en el cortijo Mojones Blancos, fuesen reconocidos por los facultativos, y de estar en perfecto estado, “se admitiesen a la libre comunicación en la ciudad para que el Comandante de las Armas dispusiese de los mismos”.

    El Ayuntamiento hizo un nuevo esfuerzo: conseguir artículos de primera necesidad ante la escasez, y así evitar la subida de precios. En esa línea, acordó una serie de medidas urgentes: “que se den órdenes a los comisionados de los palenques para que se admitan y reciban las harinas que a ellos vengan con las mismas escrupulosas precauciones que se pasan a los demás efectos”. Y a fin de contar con trigo suficiente para la subsistencia del vecindario se extendió el cordón sanitario de la parte de Guadarranque por el ventorrillo del Loro y lomas arriba “a fin de que queden en limpio y admitidas procedencias de los cortijos fronterizos”. Una vigilancia especial quedaría establecida sobre los dueños o colonos de esos cortijos. Esta función estaría a cargo del comandante general de las Armas, cuyos soldados se establecieron en el conocido como Molino del Conde, punto que la Junta estimó más saludable que el de la Venta Gámez, donde hasta ese momento se concentraban, “para evitar que los soldados caigan con calenturas u otro achaque”.

    Finalmente la ciudad pedía que se estableciese un palenque en el terreno neutral de Gibraltar, población, en la que por su condición portuaria, había padecido a lo largo de lo que iba de siglo terribles epidemias. 





    La extrema vigilancia de las autoridades locales llevó a preservar el pan proveniente de fuera y que era destinado a la tropa. Se les cambiaba el envase y se calentaba nuevamente en un horno preparado al efecto.

    El enorme trabajo de la Junta sanitaria obligó al nombramiento de nuevos miembros con la incorporación de Cayetano Justo Orduña, Juan Fernández Tubino, Juan de Sola Martínez y José Alcoba. En el punto de La Línea se nombró de forma permanente a Vicente Medina. Aunque el gobernador de Gibraltar informó sobre “el perfecto estado de salud” de la plaza, hubo de rectificar al presentarse nuevos casos.

    El 28 de junio, la Junta se reunió a las once de la mañana de forma urgente. El médico Diego Moreno informó que a las tres y media de la madrugada había sido avisado para visitar al cabo cartero de la 6ª Compañía del Regimiento Provincial de Jerez, de guarnición en la ciudad, Antonio Rodríguez, que se hallaba en el cuartel de Caballería, “al cual encontró con síntomas sospechosos de cólera”. El médico ordenó su ingreso en un cuarto aparte del Hospital de Caridad.

    El primer médico, Francisco de Paula Vinet, encargado de la asistencia hospitalaria, expuso que, tras reconocer al enfermo, lo halló “con vómitos y diarreas en un estado de frialdad, sus ojos quebrados y macilentos, pulso contraído y dolores en las articulaciones; y preguntado si había cometido algún exceso, contestó que no, que sólo había bebido un poco de vino la noche anterior”. Ambos médicos agregaron que “en el callejón de San Gregorio se encuentra la mujer de José Almagro con síntomas que inducen a sospechar, aunque no pueden calificarlos, porque a más de estar antes achacosa, se agrega el disgusto y sensación que debe haberle producido la falta de una niña de cinco años que se le murió anoche”.

    Sin venirse abajo, la Junta reafirmó su combate contra el cólera “y a la necesidad de sofocarlo en sus principios para contener sus fatales progresos, estando por tanto resuelta a ejercer toda clase de trabajos y sacrificios en justo obsequio y asistencia a la humanidad doliente, quedando de su cuidado ponerlas en práctica con la rapidez de las circunstancias que los pobres enfermos invadidos la reclamen”. Palabras de hace cerca de doscientos años que podrían pertenecer al momento actual.




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