Domingo, 23 de Enero de 2022
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La Unión Soviética y su apoyo a España en el conflicto de Gibraltar

  • La Unión Soviética y su apoyo a España en el conflicto de Gibraltar
    Insignias de la marina soviética
    Historia

    La Guerra Fría estaba en pleno auge durante los años de enfrentamiento entre Londres y Madrid. El muro de Berlín había sido levantado en 1961 y Estados Unidos se hallaba inmerso en la ratonera vietnamita. La amenaza nuclear era un hecho en una Europa dividida entre las alianzas militares de la OTAN (occidental) y el Pacto de Varsovia (de los países de la órbita soviética). España no había pedido su ingreso en el bloque atlántico, donde se hallaba vetada por varias naciones, pero mantenía desde 1953 bases norteamericanas en su territorio, por lo que se había convertido en aliado estratégico ante el poderío soviético. El Mercado Común (la actual Unión Europea) estaba constituido por seis naciones y el presidente francés Charles De Gaulle, había vetado expresamente la entrada de Gran Bretaña. De Gaulle desligó a Francia de la estructura militar de la OTAN, rompiendo su dependencia de Norteamérica, y comenzó a hablarse de la posibilidad de ser sustituida por España. No fue así.

    Los procesos de descolonización estaban siendo ejecutados por Naciones Unidas y el Gobierno soviético los apoyaba. En el caso de España, que no mantenía relaciones diplomáticas con el gigante soviético desde el final de la guerra civil, vio como los rusos apoyaban su reivindicación sobre Gibraltar. El planteamiento de Moscú era que las potencias se abstuvieran de mantener bases en colonias.

    Era una situación un tanto incómoda para los soviéticos, contrarios al régimen franquista. Sin embargo, pesaba más el escenario de un posible enfrentamiento, y el Peñón era un punto negro para la estrategia mediterránea del Pacto de Varsovia. En 1964 en pleno debate sobre Gibraltar, el representante de la Unión Soviética, Fedorovich Shakhov, señaló que la cuestión era «producto típico de la política imperialista británica».

    Una tesis que fue repetida por el representante de la URSS en el debate del mes de agosto en el Comité de los 24. En tono enérgico acusó al delegado británico Carandon, de esgrimir la defensa de los derechos de los pueblos de manera «vacía», pues no se correspondían esas manifestaciones con el mantenimiento de bases militares en tierras colonizadas. Esta postura se repetiría en sucesivas sesiones de los organismos de Naciones Unidas, con tan sólo algunas excepciones, donde se optó por la abstención.

    Ocurrió al tratarse el problema gibraltareño en el seno de la Comisión de Fideicomisos, en el año 1965. La URSS basó su abstención alegando que, si bien reconocía el estado colonial del territorio y su carácter destacado «dentro de la política agresiva de la OTAN», tenía conocimiento que el Gobierno español estaba dispuesto a aceptar en el Peñón una base mixta hispano-británica.

    La misma actitud adoptaría en la votación de noviembre de 1966 en el Comité de los 24, insistiendo en la cuestión de baluarte de la OTAN de la plaza. En esta ocasión, y de manera breve, la delegación española mencionó que también era lugar para el abastecimiento de los balleneros soviéticos.





    Ambas aseveraciones eran ciertas. El general Robert Bray, segundo comandante supremo aliado en Europa, reconoció la relevancia del Peñón en la defensa occidental. En unas declaraciones distribuidas por la agencia Reuter, en mayo de 1968, declaró que «la presencia marítima soviética en el Mediterráneo va en aumento, y el control del Estrecho de Gibraltar sería esencial en tiempo de guerra para proteger el paso de los barcos, tanto a su entrada como a la salida». Y no menos verdadero era que en el puerto gibraltareño se aprovisionaban los balleneros rusos del Atlántico, y otros de mercancías de la misma nacionalidad.

    Un mar militarizado

    La escuadra mediterránea soviética se había incrementado en los últimos años, contando con modernas unidades, entre ellas dos cruceros lanzamisiles y diez sumergibles. En rivalidad con la VI Flota norteamericana, el Mediterráneo se había convertido en un auténtico polvorín, que amenazaba a todo su conjunto.

    En febrero de 1968, la flota soviética fondeó muy cerca de la isla de Alborán, a 85 kilómetros de la ciudad almeriense de Adra. En ese lugar tan sólo se hallaba destacado el torrero y un ayudante, y los Estados Unidos habían manifestado el deseo de situar un puesto de observación. En ese trance, el viernes 23, la Infantería de Marina española desembarcó en la isla, dejando constancia de la propiedad del territorio.

    En ese año, en el marco de la tensión entre bloques, España se abstuvo en la votación del Tratado que prohibía la proliferación de armas nucleares. El motivo aportado no era otro que la existencia en el Peñón, sin consentimiento español, de una base militar con un puerto donde con frecuencia recalaban submarinos nucleares, y un aeródromo que también podía ser usado para armamento del mismo tipo.

    Lo cierto es que, aparte de la peligrosidad militar de la colonia inglesa, la existencia de las bases norteamericanas suponía un alto riesgo para la seguridad peninsular. En enero de 1966 dos aviones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos chocaron en vuelo, cayendo las cuatro bombas nucleares que portaba uno de ellos. Hubo cuatro muertos en el accidente y los artefactos, desactivados, se precipitaron sobre la pedanía almeriense de Palomares, perteneciente al municipio de Cuevas de Almanzora.

    Pero volviendo a la trayectoria de la URSS en el conflicto de Gibraltar. Fue el 16 de diciembre de 1967, con la amplia victoria española en la Cuarta Comisión, donde no sólo los soviéticos votaron favorablemente, sino que dieron instrucciones para que lo hicieran los países del bloque comunista. Ese mismo año, ambos gobiernos firmaron un acuerdo comercial por el que el Gobierno del general Franco adquiría 500.000 toneladas de petróleo procedente de los yacimientos del mar Negro. Continuación de otras compras de crudo en años anteriores. Los intereses económicos superaban con creces las diferencias ideológicas.




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