Lunes, 21 de Septiembre de 2020
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La vigilancia costera de Gibraltar: piratas y epidemias

  • Antigua postal de la desaparecida torre de Sierra Carbonera
    Antigua postal de la desaparecida torre de Sierra Carbonera
    Historia

    Eran imprescindibles para la seguridad de las poblaciones de la costa. Los atajadores o guardacostas se encargaban de la vigilancia para evitar las incursiones de enemigos, tanto en tiempo de guerra como ante la acción de piratas africanos y en períodos de epidemias. Gibraltar contaba con este complejo de seguridad dado el extenso territorio marítimo y su nada despreciable situación estratégica.

    A los atajadores se refirió el escritor sanroqueño Vázquez Cano, señalando que, en la época española de Gibraltar, por ser tan necesarios sus servicios y dada la peligrosidad de su trabajo, contaban con salarios importantes. Ya Enrique IV -mediante cédula de noviembre de 1469-, asignaba anualmente a cada uno, «seiscientos maravedíes con cinco cahíces de cebada».

    Recoge Vázquez que en 1583 ascendía el número a doce: tres en Getares y Punta Carnero; dos, en la Torre del Almirante; dos, entre los ríos Guadarraqnue y Palmones; dos, en el Roquedillo, y tres en la Torre Cartagena. Además, había otros dos atajadores de a caballo en la boca del río y en la playa de Guadiaro.

    La ciudad cubría estos gastos de vigilancia con el fruto de la explotación de las dehesas de propios de Getares, Zanona, las Navas y Ojén. Asimismo estaban obligados a contribuir a sus sostenimiento las poblaciones de Casares, Jimena y Castellar, pues se beneficiaban de dicho servicio.

    A pesar de este sistema de vigilancia, Gibraltar no pudo evitar el trágico ataque de los turcos del año 1540, y otras incursiones de menor ferocidad, pero que también provocaron el secuestro de vecinos para negociar su liberación y obtener la correspondiente recompensa.

    Diego Hurtado de Mendoza en su Guerra de Granada, editado por primera vez en 1627, destacaba la labor de los guardacostas. «hombres de a pie y de a caballo», que consideraba imprescindibles, pues «si no lo hubiera, los vecinos y moradores de dicha plaza no hubiesen podido andar por los caminos, ni hallarse con seguridad en sus haciendas, aunque estuviesen muy lejos del mar; porque los moros y turcos venían frecuentemente a correr la tierra, sin ser sentidos, y se arriesgaban a internarse a no poca distancia de la costa».

    Esa consideración económica de estos vigilantes se vería mermada al ser ocupada la plaza de Gibraltar por los ingleses y ahora tener orientada la vigilancia hacia el Peñón. El sostenimiento del sistema de torres vigías era fundamental para los gibraltareños, refugiados en el Campo de San Roque



    Abogados - Jiménez Laz y Cadenas
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    Así, en la reunión del Cabildo del 17 de agosto de 1711, el diputado de propios Joseph Pérez de Viacoba daba cuenta de la queja de los torreros y atajadores ante el comandante del bloqueo a la plaza gibraltareña, pues no se les había hecho efectivo los pagos acordados por sus servicios. En esa reunión los regidores acordaron abonar a Blas García López, seiscientos veinte reales a cuenta de su salario. A su compañero Francisco Ledesma y a otro grupo de torreros se les pagarían otras cantidades no precisadas.

    Se acordó, de otro lado, que «en adelante a todos se les asista con lo que se pudiere, y da las gracias al señor don Joseph por la aplicación que en esto ha tenido».

    El Ayuntamiento era consciente de que en algunas ocasiones hacían falta vigilantes en las torres de las playas. pues para cubrir el servicio de atajadores también existían muchas dificultades. Por ello, en algunos puntos se hubo de recurrir a forasteros, de los que, posteriormente, se había llegado a sospechar de ser confidentes de las fuerzas inglesas.

    Esa delicada situación hizo que se nombrara una comisión de regidores. El propio Pérez Viacoba se encargó de denunciar ante el corregidor y el mismo Ayuntamiento, que en la costa de Levante «hay diferentes hombres sospechosos en orden a la comunicación con la plaza por tener en ella hermanos y parientes».

    Especialmente mencionaba a Sebastián de Coca, con un hijo en Gibraltar, y Melchor Guerrero, que contaba con antecedentes por introducir víveres en el Peñón. Igualmente se detuvo a un primo de este último, encargado de la torre de Sierra Carbonera.

    A estas sospechas de colaboración con el enemigo se unía el temor que causaban las epidemias que, procedentes del norte de África, podían penetrar a través de Gibraltar. El Cabildo insistía en que el corregidor Esteban Gil de Quiñones tomara cartas en tan grave asunto.

    Esa preocupación por la salud pública que exigía especial control, no sólo procedía de la región africana que los europeos llamaban Berbería, pues en el verano de 1714, el Consejo de Su Majestad hizo llegar una orden al Cabildo de los gibraltareños desplazados para que se impidiese la llegada de barcos procedentes de Génova y «Hamburgo y sus provincias», debido «a las enfermedades contagiosas» que se daban en esas zonas de Europa.

    En esa primera línea se hallaban los atajadores, a los que se les alertaba de estas órdenes que incluía a los ríos de Guadarranque y Palmones, así como todo el territorio «de las Algeciras».