Domingo, 15 de Diciembre de 2019
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A ojos de un viajero: Gibraltar en la primera mitad del siglo XIX (I)

  • Vista de Gibraltar. Grabado del francés Laborde. Sobre 1806
    Vista de Gibraltar. Grabado del francés Laborde. Sobre 1806
    Historia

    No podía faltar Gibraltar en la visita de uno de los más famosos viajeros del siglo XIX. Su crónica debiera ser conocida por todo gibraltareño, pues a pesar de su condición británica, Richard Ford trató de plasmar un relato imparcial de la colonia, como lo hizo también con la propia comarca, en las estancias realizadas de 1830 a 1833.

    El cronista descubre una ciudad bulliciosa, “no hay silencio, no hay reposo, todo es prisa y tráfago”. La vía principal, “calle Mayor o Waterport, la aorta de Gibraltar, es la antítesis de una ciudad española”. Las ventas cuelgan los símbolos británicos en sus fachadas, pero los nombres “se mezclan extrañamente con el inglés de la reina” y pone de ejemplo a “Manuel Ximénez: Hospedaje y buena bebida”. También destaca la hospitalidad de los habitantes que califica de “ilimitada”.

    El alcohol es elemento principal en el día a día de una población con muchas personas en tránsito y con la preponderante presencia inglesa. “Vemos llenos de pena que hemos pasado de una tierra de sobriedad (se refiere a los pueblos de la comarca) a una guarida de ginebra y embriaguez”. Igual que se bebe copiosamente, se come en igual proporción. Y ello contrasta con lo que Ford ha visto en España, donde la abundancia de comida no es una nota predominante, sino todo lo contrario.

    Quienes comen mejor son los militares británicos, no hay duda. Habitualmente, en esas fecha, permanecen cinco regimientos, y en los comedores, principalmente los de oficiales, sobran los alimentos.

    El rosbif y el vino de Jerez acaparan la dieta de los militares. El famoso vino andaluz era celebrado en el Peñón, y, en opinión del viajero se bebe más que “en los Cuatro Reinos juntos”, refiriéndose a la división territorial existente en Andalucía. Los efectos del caldo jerezano eran patentes en los rostros de los miembros del ejército “parecen más rubicundos que las chaquetas de sus uniformes”.



    Logros en sanidad - Junta de Andalucía
    Logros en sanidad - Junta de Andalucía


    Independientemente de ello, la salud de los soldados y de los miembros de la administración procedentes de Reino Unido se resiente en un territorio de clima muy diferente: “la costumbre de traer a la tórrida Roca los hábitos domésticos y gastronómicos de la fría y húmeda Inglaterra trae consigo una tendencia a la fiebre y a las inflamaciones”.

    Se refiere Ford a los alojamientos de la plaza y alude a los “ganchos”, que nada más llegar los barcos, acosan al viajero para que se hospeden en sus respectivas posadas, que, según comprueba el escritor “son todas caras y de segunda categoría”. Griffiths Hotel, El Club de la Señora Crosby o el hotel francés de Dumolin, son algunos de estos establecimientos. En el  Griffiths “hay un cierto Mesías, un judío (llamado Rafael en España), que es un magnífico guía tanto aquí como en toda Andalucía”.

    Para el periodista la ciudad “es sofocante y con aire de puerto carbonero”. Las casas son de madera, según el modelo de Liverpool. Ese modo de vivir es muy propio de los ingleses, pues como señala Ford, “trasládese a un inglés a dondequiera que sea, y, como si fuera un caracol, llevará su casa y sus costumbres consigo”. Ello hace que el inglés, ya sea militar o civil, viva apartado del paisanaje del lugar. Y si viven aparte del estamento civil local, qué decir respecto de los pueblos de la comarca. Apenas conocen España “más allá de San Roque”. Curiosamente, en ello encuentra el viajero un parecido a los españoles “sólo en esto se parecen a los españoles, que raras veces saben algo, ni les importa saberlo, de nada que esté más allá de su misma ciudad o distrito”.

    Llama la atención del viajero el microcosmos que supone el Peñón, “donde se reúnen todos los credos y todas las naciones, sin que tengan entre sí nada en común aparte del deseo de robarse unos a otros”. Al hacer una visión del carácter y las costumbres relata que en la colonia no existen los “dones” ni las linajudas de la cortesía española. Adiós también “a la animada sonrisa a la Andaluza de ojos oscuros”, pues en Gibraltar “las mujeres llevan gorro y tienen un aspecto tan áspero que se diría que los hombres son sus enemigos naturales y están deseando insultarles”.

    La guarnición era de las más preparadas de Gran Bretaña y se veía amparada por la fortaleza  de la plaza, y las fuertes medidas tomadas por los militares. Ford resalta que  “todo está en permanente estado de alerta”. Hasta el punto de que los paisanos tienen la obligación, entrada la medianoche, de portar una luz para su identificación. A ello se unía que ningún extranjero podía residir en la ciudad sin la garantía de algún cónsul o residente, y siempre de manera transitoria.

    Ford, que nos descubre la abreviatura inglesa “Gib” para referirse a Gibraltar, considera que “en ningún sitio tarda tan poco tiempo el paseante en aburrirse”. La ausencia de literatura o las bellas artes quedan sustituidas por “las artes de la guerra y las de ganar dinero”. 




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