Martes, 2 de Marzo de 2021
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En plena iglesia, el corregidor a palos con la esposa del organista

  • Por ocupar los bancos de los concejales

    En plena iglesia, el corregidor a palos con la esposa del organista
    Interior de la iglesia en una imagen de 1915. FOTO NG
    Historia

    Tiempos en los que no eran fáciles las relaciones de la Iglesia y el mundo de la política. Dependía mucho de quiénes asumían el poder, por supuesto. Pero que un corregidor se dedicara a dar palos en pleno templo a una feligresa, era una cosa inaudita que a todos dejó perplejos.

    El carácter autoritario del corregidor Jerónimo Agüero quedó patente por la denuncia que le hacía el vicario de la ciudad de San Roque en marzo de 1815. Para no ser víctima de las iras del mandatario, Manuel de Villalba, conocido por su cercanía a los liberales, optó por entregar el escrito de protesta a uno de los porteros del Ayuntamiento, indicando que, por favor, se le fuese entregado en mano. Aunque el empleado invitó al cura a que pasase y lo llevase personalmente, el vicario no se lo pensó dos veces, tenía bastante con la seguridad de que lo recibiese su destinatario.

    La censura iba contra el propio corregidor por los hechos cometidos en la parroquia Santa María la Coronada, «con escándalo» y extrema violencia, «habiendo dado de palos con el bastón a la mujer de Juan Moreno, organista de la iglesia y haberle dislocado el brazo».

    El resto de fieles presente en el templo no salía del asombro, y aunque hubo un parroquiano que trató de impedir la agresión, a punto estuvo de recibir un bastonazo, en una actitud «poco cristiana» de la autoridad.

    Pero, qué había provocado semejante reacción de quien debía ser ejemplo de comportamiento, más aún en un lugar sagrado que todos, no sólo respetaban, sino que suponía un orgullo para la mayoría de la población. Más sorpresa: el suceso tuvo su origen en el uso de los bancos destinados a la Corporación municipal.

    En ese espacio exclusivo de los munícipes se sentaban algunos feligreses cuando no estaban presentes miembros del Cabildo. Y allí fue a sentarse la esposa del organista, y allí fue apaleada por el señor corregidor ante la mirada atónica del resto de los presentes.



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    Aquello no era tan sólo una invasión de terreno eclesiástico, sino que, además, se producía con violencia por parte de la máxima autoridad civil y representante del Rey.

    El vicario defendió a sus feligreses y el uso de los citados bancos por toda persona que acudiera a la parroquia en ausencia oficial de la Corporación municipal. Añadió que en esos días no señalados, los regidores «deben entrar en la iglesia como meras personas particulares», y que «previniendo igualmente que, en otro caso, se verá precisado a usar de otro recurso para remediar tales escandalosos excesos».

    Sin embargo, el corregidor no estaba dispuesto a que desde la parroquia le ordenase la conducta en el templo, y no tardó en responder al escrito de manera enérgica: «en cuanto al uso de los bancos son estos de la peculiar propiedad del Ayuntamiento, y está en las facultades de su Presidente e individuos el usar de ellos, no sólo en comunidad sino también en particular como tales Presidente e individuos en los días de función y fuera de ellos, según que así lo han practicado siempre».

    En esa línea de «dueño y señor», Agüero dejó claro su particular visión de cómo organizar a la feligresía durante los oficios religiosos: «notando la indecencia y escándalo que causan en la iglesia las mujeres que se arrodillan y se sientan mezcladas entre los hombres, sería del agrado de Dios que el señor vicario dispusiese su separación como corresponde».

    Sobre la hora más apropiada para la colocación de los bancos y los tapetes correspondientes, y abierta la iglesia para las funciones con asistencia del Ayuntamiento, mandó que se observara «como corresponde», y en tono más aceptable añadió que «se sirva el señor vicario sacarlo a la hora que sea más a propósito para ello».

    Tan sólo dos años antes las relaciones entre los dos estamentos eran bien diferentes, ya que el Ayuntamiento recuperó la antigua costumbre de gratificar al sacerdote, «que tenía el trabajo de confesar a todos los individuos que componen este Cuerpo capitular para que recibiesen el Jueves Santo el sacramento de la Eucaristía». También se solía gratificar a los porteros y clarineros municipales, «para que se comprasen zapatos y medias, y pudieran presentarse con más decencia». Para ello, el Cabildo acordó remunerar al cura dedicado a este menester con la cantidad de cien reales de vellón, y a los mencionados empleados con cuarenta.




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