Domingo, 2 de Octubre de 2022
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Los primeros pasos del contencioso de Gibraltar en Naciones Unidas (I)

  • Llegada al cruce del Toril de los delegados sanroqueños en la ONU. Foto Archivo Municipal de San Roque)
    Llegada al cruce del Toril de los delegados sanroqueños en la ONU. Foto Archivo Municipal de San Roque)
    Historia

    En diciembre de 1960 la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) cerró sus sesiones instando a Gran Bretaña y España a acelerar la descolonización de Gibraltar. El contacto con países latinoamericanos trajo consigo declaraciones institucionales como la de los parlamentos de Bolivia, Costa Rica y Chile en apoyo de las aspiraciones españolas. Los motores estaban en marcha y la ofensiva diplomática de Madrid no cesaría a todo lo largo del decenio.

    El titular de Exteriores, Fernando María Castiella, que ya en su intervención en la XVIII Asamblea General de la ONU de ese año, hizo un equilibrio entre europeísmo, compromiso en la defensa occidental y guiños a Latinoamérica y África–, planteó la cuestión, en base a la resolución 1.514 del alto organismo, de 14 de diciembre de 1960, para la descolonización de los pueblos.

    “Nosotros tenemos un problema colonial limitado, pero grave, porque se trata de un verdadero cáncer que perturba la economía de nuestra región Sur y se nutre exclusivamente a su costa (…) Creemos y esperamos que en el diálogo amistoso con Gran Bretaña, y si es preciso en el ámbito de esta Organización, podrá resolverse satisfactoriamente la justa reivindicación que planteamos”, declaró Castiella.

    Pero la estrategia europea, resaltada por el ministro, chocaba con la realidad. En 1962 la participación de más de un centenar de representantes de la oposición democrática  –entre los que se encontraban monárquicos–, en el Congreso del Movimiento Europeo celebrado en Múnich, desató la represión del régimen. El “contubernio” de Múnich –así lo calificó el franquismo– se unió a las protestas de los mineros asturianos. Al año siguiente un tribunal militar condenó a muerte al dirigente comunista Julián Grimau, que sería ejecutado, levantando protestas en toda Europa.

    En esa línea, aunque los acuerdos con los Estados Unidos incorporaban a España a la defensa occidental, su entrada en la OTAN fue vetada por los gobiernos europeos pertenecientes a dicha organización.

    A pesar de ese contexto, en el escenario de la descolonización, el Gobierno español comenzaba a imponerse y, de entrada, ya contaba con apoyos claros de países árabes y latinoamericanos. Apoyos que irían creciendo entre naciones de regímenes muy dispares.

    En septiembre de 1964 se reanudaron las sesiones del Comité de los 24. Aunque España no formaba parte del grupo, el representante español en Naciones Unidas, Manuel Aznar solicitó del presidente del comité, el embajador de Mali, Sori Coulibay, participar en las discusiones sobre el contencioso gibraltareño y los territorios bajo dominio español en África. La petición fue aceptada, encargándose de la representación el suplente de Aznar, Jaime de Piniés, que habría de tener un especial protagonismo en la cuestión gibraltareña.





    Como había ocurrido el año anterior, volvieron a participar los peticionarios locales, presentados por ambas partes litigantes. Por el lado español Pedro Hidalgo y Francisco Enrique Cano, alcalde y teniente de alcalde del Ayuntamiento de San Roque respectivamente, reforzados por el profesor de Derecho Internacional, Camilo Barcia Trelles. Por parte gibraltareña el primer ministro Joshua Hassan y el líder de la oposición Peter Isola.

    Los primeros lo hacían por ser San Roque la ciudad fundada por los gibraltareños que salieron del Peñón tras la ocupación inglesa en 1704, y que eran presentados ante la opinión internacional como el verdadero pueblo de Gibraltar desplazado.

    Hidalgo señaló en su intervención que no se pretendía expulsar a los actuales habitantes de la colonia, «ni arrebatarles sus casas, como antes hicieron los ingleses con las nuestras, ni menguarles tampoco sus medios de vida (…)  Lo que sí queremos y solicitamos, y por esto estamos aquí, es que Gibraltar no sea seccionado de su Campo más todavía de lo que ya está, y que, por el contrario, sea unificado e integrado». Barcia y Cano incidieron en que la población gibraltareña no era autóctona y por tanto no podía aplicarse el principio de la libre determinación. Argumentos que fueron rechazados por Hassan e Isola, que negaron el carácter de «aluvión» de los repobladores de la plaza.

    Hassan repitió que, aunque Gobierno y oposición diferían en cuestiones de orden interno, mantenían un frente común para mantener su asociación con Reino Unido.

    Fuera de las discusiones y de la defensa de sus correspondientes posturas, los mandatarios locales mantuvieron una relación de completa cortesía, pues en varias ocasiones coincidieron en los pasillos.

    Ambas delegaciones recibieron un apoteósico recibimiento en sus respectivas poblaciones. Todos se sentían ganadores. En el caso de San Roque, un hombre, sin ser tenido en cuenta, bajaría las escaleras del Consistorio, sintiéndose marginado por los organizadores. El poeta Domingo de Mena, el último representante del movimiento de los gibraltaristas, sufriría una de las grandes decepciones de su vida. 

     




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