Viernes, 26 de Febrero de 2021
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Salud y economía. La epidemia de 1885 en el Campo de Gibraltar (y II)

  • El cólera y sus efectos sobre San Roque y la comarca

    Salud y economía. La epidemia de 1885 en el Campo de Gibraltar (y II)
    La ermita de San Roque en 1906. FOTO Fernando Pérez Gavira (Colección Lacoste)
    Historia

    En agosto de 1885 la epidemia de cólera morbo avanzaba por las poblaciones de la comarca, con especial virulencia en La Línea y Gibraltar. La Junta Local de Sanidad del Ayuntamiento de San Roque trataba de atajarla en el límite con la vecina localidad linense y para ello aconsejó establecer un local de observación en el lugar denominado Cachón, en la barriada de Campamento.

    El Ayuntamiento no había tenido reparos en celebrar la Feria Real, donde había concurrido gente del resto de la comarca. Tampoco faltó la feria de ganado y una corrida de toros con el trágico desenlace de la muerte del subalterno Tornero.

    El control sanitario propuesto por la Junta de Sanidad fue aprobado por el Consistorio. Se destinó un equipo médico y se estableció una zona de fumigación. Al mismo tiempo, se ordenó el rechazo de los productos procedentes de las dos ciudades infectadas.

    También se mandó que los viajeros residentes en dichos puntos se sujetaran a la oportuna inspección facultativa y observación, siendo después fumigados.

    A los vecinos del término de San Roque que saliesen para esas dos ciudades se les dotaría, en el mismo punto de control, de una papeleta de tránsito. En dicha papeleta se anotaría el plazo máximo de seis horas para el regreso, con registro de entrada y salida. A la vuelta se procedería a su fumigación

    Del servicio médico se encargaron los titulares de la ciudad, Enrique Calderón y Joaquín Luna, que no sólo actuaron en el Cachón, pues tenían que alternarlo con otro local sanitario abierto en el cuartel de infantería, en la Alameda. Ese esfuerzo sanitario se compensó con unos honorarios de 125 pesetas mensuales.

    El paso sanitario del Cachón contó también con un empleado para los servicios estadísticos y administrativos, con un salario de dos pesetas cincuenta céntimos de sueldo diario. Para mantener la seguridad se destinaron dos guardias municipales.



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    Respecto de la ciudad ya funcionaba un grupo de vecinos que, remunerados por suscripción vecinal, se encargaban de la vigilancia sanitaria, incluyendo la realización de rondas nocturnas.

    Pero la realidad de la economía municipal hacía muy difícil el mantenimiento de tan completo servicio. La propia Junta de Sanidad, constituida como de Defensa contra el Cólera, no tardó en comunicar que había resuelto cesar el pago de los vigilantes del municipio. Circunstancia que aprovechó el edil Fernando Velasco, en la sesión del día 24, para señalar que ante la falta de recursos no se podía hacer frente a la casa del Cachón, donde los gastos le parecían excesivos. Habían trascurridos pocos días de la puesta en marcha de las medidas en Campamento.

    Tras debatirse el tema se impuso el voto mayoritario de suprimir el mencionado local. En la misma reunión se acordó el abono de los gastos generados, entre los que figuraba «los de transportes de ida y vuelta de la madera y materiales para su confección y los jornales invertidos o que se inviertan para su armazón y desarmes».

    En pocos días la situación empeoró en las poblaciones de Campamento y Puente Mayorga, pertenecientes al municipio. En la sesión del día 31 intervino el concejal Cano, que hallándose con días de licencia, se presentó en el Consistorio. Una vez expuesta las graves circunstancias por las que atravesaba la comarca por motivo del cólera, el edil defendió la inversión pública en la salud ciudadana por encima del desembolso económico.

    En una encendida intervención, aunque destacó la importancia de la economía, se opuso a que en el municipio se «abandonasen por completo las precauciones sanitarias». Y añadió que a todo trance debía evitarse «el luto, las lágrimas y la ruina que trae consigo una epidemia».

    El parlamento de Cano tuvo su efecto y logró atraerse la mayoría de votos, y aunque se reestructuró el personal de vigilancia, donde se redujo el número para ahorrar gastos, se logró restituir, a instancia del edil Rendón, la caseta sanitaria de Campamento.

    La ciudad había salvado su feria, pero el cólera, con menor intensidad que en otras poblaciones –Campamento fue el sitio más afectado– estaba circulando por el municipio. Los alrededores de la ermita de San Roque se llenaban de vecinos que iban a buscar protección del santo, abogado de los afectados por las epidemias. Una oportunidad única para el guardián de la ermita que, como ya relaté en otro momento, aprovechando el pánico colectivo, se dedicó a la venta de unos «polvos mágicos» que según él tenían la virtud de evitar el mal. La leyenda cuenta que dejó a la imagen del perro, que forma parte de la iconografía del patrón de la ciudad, sin su correspondiente rabo, pues de ahí extraía tan «extraordinaria» vacuna.




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