Sábado, 7 de Diciembre de 2019
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Trescientos quince años de la pérdida de Gibraltar

  • Barco de guerra británico frente a Gibraltar. Obra de Thomas Witcombe. Hacia finales del siglo XVIII
    Barco de guerra británico frente a Gibraltar. Obra de Thomas Witcombe. Hacia finales del siglo XVIII
    Historia

    En memoria de los que perdieron la vida por Gibraltar, cada 4 de agosto, una descarga de fusilería de soldados de infantería sonaba en lo más alto de San Roque. Una lección histórica recordaba la efemérides, insistiendo en el origen del éxodo de una población. Este domingo se cumplen 315 años de aquel episodio producido en plena Guerra de Sucesión.

    La disputa al trono español enfrentaba al archiduque Carlos de Austria y al duque de Anjou (Felipe V). Gibraltar había jurado lealtad a Felipe -el primer Borbón-, en disputa con el bando del archiduque, que apoyaban las naciones de Austria, Inglaterra, Holanda, Portugal y Saboya, que conformaban la Gran Alianza de La Haya rubricada el 7 de septiembre de 1701, con la finalidad de intervenir en la sucesión a la corona de España.

    Felipe había sido designado en el testamento de Carlos II como heredero al trono, y así fue considerado tras la muerte de aquél. El pretendiente austriaco había dirigido una carta a la ciudad solicitando ser aclamado como rey y comunicando que el almirante inglés George Rooke «cuando vuelva a pasar por ese puerto, si se lo pidierais, os asista con la gente que pudiere dar». Asimismo, reafirmaba los privilegios que mantenía la plaza. En ello insistiría el príncipe Hesse-Darmstadt, representante del pretendiente austriaco el 1 de agosto. La ciudad respondió que «tenían jurado por su rey y señor natural al señor don Fhelipe Quinto; y que como sus fieles y leales vasallos sacrificarán las vidas en su defensa».

    Ese mismo día comenzó a situarse frente al Peñón una extraordinaria fuerza naval angloholandesa. En total eran 61 buques de guerra, con 4.104 cañones, servidos por 25.583 hombres, 68 naves de transporte con 9.000 individuos de desembarco. Estaba mandada por el almirante Rooke, acompañado del príncipe Hesse-Darmstadt.

    Cerca de las costas de Tetuán había tenido lugar una reunión a bordo del buque insignia Real Catalina, donde se decidió tomar por asalto la plaza de Gibraltar, conocedores de la indefensión de ésta. El gobernador militar, Diego Salinas, había advertido con tiempo suficiente de esta circunstancia ante un más que posible ataque enemigo, pero sus peticiones no fueron atendidas. 

    Reunido el Ayuntamiento se rechazó la llamada a la rendición, mientras que Salinas alistó a todos los vecinos que pudo. La mitad de los paisanos fueron destinados a la defensa del Muelle Viejo, 150 se apostaron en el camino cubierto de la Puerta de Tierra, y otros 40 se encargaron del Muelle Nuevo. El castillo estaba defendido por 70 soldados. Una exigua defensa, casi civil, contrapuesta a la formidable fuerza aliada.



    Tarifa plana autónomos - Junta de Andalucía
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    Antes de caer la tarde del referido día se fortificaron en el istmo 3000 atacantes, mientras Darmstadt con una proclama del titulado como rey Carlos III llamaba a la ciudad a unirse a su pretendido reino. Reunido el Cabildo bajo la presidencia de Cayo Antonio Prieto, reafirmó su lealtad a Felipe V.

    Las crónicas relatan que desde el primero de agosto la ciudad fue bombardeada intensamente. Especialmente duro fue el bombardeo del  día 3. Las tropas de desembarco fueron haciéndose con las posiciones de defensa, machacadas por las bombas de los barcos. Las fortificaciones del Muelle Nuevo fueron abandonadas tras ser reducidas a escombros. El capitán Whitaker desembarcó con cien marineros, apoderándose del puesto. A continuación el mismo oficial se dispuso a tomar el Muelle Viejo, donde antes de retirarse sus defensores habían colocado una mina en la torre llamada del Leandro, y que tras hacer explosión hundió siete lanchas cargadas de enemigos.

    Los defensores combatieron singularmente a las fuerzas de desembarco, mientras las mujeres y niños que se habían refugiado en el santuario de Nuestra Señora de Europa, eran capturadas por los soldados ingleses.

    Con las defensas destruidas y las exiguas tropas careciendo de pertrechos y municiones, el día 4, el Cabildo reunido conoció los informes militares en los que se aseguraba la imposibilidad de continuar la lucha. Acordaron entregar la plaza bajo honrosas capitulaciones. Notificado el acuerdo a Darmstadt, éste otorgó la rendición en dichos términos. Se permitió que la exigua guarnición pudiese salir con armas y bagajes, así como con «tres piezas de bronce de diferentes calibres con cargas de pólvora y las balas correspondientes»; provisión de carne, pan y vino para tres días. No se realizarían registros de ningún tipo y a aquellos que optasen por permanecer se les mantendrían los privilegios que contaban en tiempos de Carlos II

    El príncipe austro-alemán demostró una gran humanidad, que contrastó con las acciones de los soldados ingleses, que se dedicaron a un saqueo sistemático. 

    Dentro de un gran ceremonial se procedió al acto de izado del estandarte imperial del archiduque Carlos sobre la muralla de Puerta Tierra. Sin embargo, el almirante Rooke impuso sus propios criterios y tomó la ciudad en nombre de la reina Ana –Reino Unido no se formaría hasta 1707–, incumpliendo las obligaciones de un país aliado en un conflicto de índole civil. La acción del almirante inglés tuvo mucho que ver con la recompensa económica que los jefes militares recibían de su país al hacerse con territorios para la corona.

    La desproporción de las fuerzas enfrentadas y el temor por las mujeres y niños en poder de los ingleses, determinó el abandono de la lucha. Pero para sorpresa de los propios enemigos, a pesar de las capitulaciones que permitían la permanencia en la ciudad, la mayoría de los gibraltareños decidió abandonarlo todo y salir de la plaza. Al siguiente día, aquel tenaz y fiel pueblo, se dirigía a Felipe V comunicándole que no aceptaría otro rey que a él y esperaba se le tuviese presente «para nuestro consuelo».




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