Sábado, 19 de Septiembre de 2020
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2020 Año Cero de la nueva era

  • Imagen de Nathaniel Powell
    Por Nathaniel Powell
    Politólogo británico, de ascendencia campogibraltareña, afincado en Europa
    Foro
    Hoy viernes 31 de enero de 2020 Reino Unido pondrá punto final a su pertenencia a la Unión Europea como estado miembro de pleno derecho, tras cerca de medio siglo formando parte del sueño de la Europa unificada. Comienza una nueva etapa histórica para ambos, llena de incertidumbres e interrogantes además de arduas negociaciones para perfilar las bases jurídicas, comerciales y políticas sobre las que habrá que construir la futura relación bilateral.

    Escribiendo esta columna desde Reino Unido, volviendo a casa tras varios años de viajes por Europa, para vivir de cerca cómo mis compatriotas encaran, y encaramos, estos momentos decisivos que pueden marcar los próximos cincuenta años, he podido comprobar la fractura social que el proceso del Brexit ha causado en todos los estamentos de la sociedad. Mas allá de vencedores y vencidos que la fría estadística plasma en titulares de prensa, las heridas abiertas producidas por una enconada guerra ideológica tardaran quizás más de una generación en cicatrizar del todo, porque lo vivido, lo padecido, ha sido mucho más que una simple disputa política. 

    Reino Unido hoy, es un país profundamente dividido, y sus múltiples y lacerantes resquebraduras se manifiestan abiertamente en conflictos territoriales y generacionales, sembrando discordia entre familias y en un resentimiento popular de los que se sienten desamparados por un sistema político que, muchos perciben, solo favorece los privilegios de las élites de Londres y Bruselas; en definitiva un malestar existencial que azota a comunidades a norte y sur que han optado por el euroescepticismo como la panacea universal de todos sus males. 

    He podido evidenciar el desgarramiento que ha sufrido la población más allá de la lucha implacable entre partidarios del ‘Leave’ y del ‘Remain,’ y su dura pugna por imponer un modelo de sociedad enteramente irreconciliable con la propuesta del adversario. Una lucha dialéctica sin cuartel que ha martirizado al país, convirtiendo la democracia modélica de Whitehall que todos querían copiar, en un estado paralizado, con un parlamento ‘zombi’, e instituciones de probada solvencia desde hace siglos, convertidas en guiñapos inservibles, desactivadas, sin capacidad de respuesta a los retos contemporáneos y una clase política hundida en su propia mezquindad, desacreditada y desprovista de liderazgo. 



    Abogados - Jiménez Laz y Cadenas
    Abogados - Jiménez Laz y Cadenas


    Ciertamente el Brexit se ha convertido en una crisis nacional, la más grande que se ha experimentado desde la Segunda Guerra Mundial. Una crisis, un dilema que ha mutado en una diabólica catarsis que ha hecho saltar por los aires todas las ideas preconcebidas instaladas en el inconsciente colectivo del pueblo británico desde hace cincuenta años.  Todos los consensos arraigados desde entonces que definían un modelo político donde primaba la moderación, la estabilidad y el pragmatismo, han estallado hecho añicos en un terremoto político sin precedentes en la historia reciente. 

    Lo que empezó siendo un trillado psicodrama sobre Europa, ideado por el primer ministro Tory David Cameron para contentar a sus barones, ha abierto una caja de Pandora donde la propia viabilidad de una nación unida parece cuestionarse, y donde la tradicional flema británica ha dado paso a pasiones ancestrales que recuerdan a Roundheads y Cavaliers que imponían sus razones a sangre y fuego en el siglo XVII, ejemplificadas en la radicalización política de bandos atrincherados en posiciones intransigentes.

    Algún líder europeo ha venido manifestando en años recientes que hace mucho frio fuera de la Unión Europea. Hace aún más frio en el abismo. Tras el desgaste producido por la interminable pesadilla vivida por el pueblo británico, incluso partidarios de permanecer en la UE acabaron votando por Boris Johnson en las elecciones generales en un gesto de punto final a un tren descarrilado que había que frenar para evitar su despeñamiento. Llegaron a la conclusión que o se daba un paso drástico aunque fuese contrario a sus creencias, o el Reino Unido quedaría indefinidamente sumido en la incertidumbre y la desesperación, desesperación nacida de una impotencia, de una incapacidad para avanzar en una dirección u en otra. 

    En este gesto de generosidad es posible detectar síntomas de regeneración, de enderezar el rumbo en un nuevo marco de relaciones internacionales. Mejor emprender el camino, que el estancamiento. El tiempo dirá y dictará sentencia.