Martes, 15 de Octubre de 2019
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De Brexit y obsesiones

  • Imagen de Nathaniel Powell
    Por Nathaniel Powell
    Politólogo británico, de ascendencia campogibraltareña, afincado en Europa
    Foro
    La decisión unánime del Tribunal Supremo británico de declarar ilegal la suspensión del Parlamento ordenado por el primer ministro Boris Johnson profundiza la crisis constitucional que vive el Reino Unido, dando una nueva vuelta de tuerca e introduciendo un elemento de incertidumbre adicional en el complejo proceso del Brexit. El propio líder de la oposición Jeremy Corbyn manifestó que esta decisión judicial deja al sistema político británico en una situación de “precariedad”. No le falta razón por una vez, al dirigente ultra izquierdista.

    La división en el seno de la sociedad británica se hace más palpable por momentos, y mientras que los detractores de Johnson le acusaron de dar un golpe de estado, para sus partidarios, la suspensión era la única forma de salvaguardar el resultados del referéndum de 2016. 

    Trasladando esto a la política local, el Chief Minister de Gibraltar Míster Picardo, adalid de todo lo progre en apariencia, aunque luego en la realidad esto siempre se manifiesta con matices, aplaudió con las orejas esta decisión del tribunal, siempre con un ojo puesto en sus índices de popularidad, puesto que en Gibraltar todo lo que huela a anti-Brexit da réditos políticos que se traducen en votos.

    Míster Picardo en su estilo inimitable, y esa mezcolanza de populismo plagada de interpretaciones sesgadas y reflexiones de brocha gorda con los que siempre arrima el ascua no ya a su sardina, sino a su acuario, hizo una valoración de la decisión del tribunal afirmando que el apego inquebrantable que tienen, tenemos, los ingleses a valores como los del imperio de la ley y al buen funcionamiento del estado de derecho, es lo que hace a los gibraltareños querer ser británicos para siempre. Desde luego no será por lo vivido en estos últimos tres años cuando el Reino Unido ha sufrido una parálisis institucional, el propio Johnson y otros cualificados comentaristas de la actualidad incluso han catalogado a la Cámara de los Comunes como “parlamento zombi,” y el sistema político inmerso en un profundo caos ha dado síntomas más de estado fallido, que de democracia ejemplar. Pero Míster Picardo nunca ha dejado que la tozuda realidad le estropee un discurso autocomplaciente.

    Evidentemente, el que conoce al mandatario socialista llanito y ha seguido su trayectoria política desde su etapa pre-socialista, sabe que gran parte de lo que dice hay que analizarlo y situarlo en yuxtaposición con las grandes obsesiones que definen su forma de entender el mundo, y que se pueden reducir a tres fundamentales; en primer lugar desprecio irracional y demonización de todo lo español que impregna un discurso político donde lo británico siempre es innatamente superior a lo español, y donde los gibraltareños seguirán siendo británicos eternamente, (superando incluso a Hitler que solo se atrevió a pronosticar un régimen de mil años); en segundo, la astracanada, el disparate de que Gibraltar es una nación cuando no es más que un municipio con el estatus de territorio de ultramar británico; y en tercer lugar su obsesión que comparte con la izquierda española, por la figura del general Franco, con la salvedad que en su caso, solo resucita y referencia a Franco siempre que puede para atacar a España, como excusa y justificación para ridiculizar y menospreciar al país vecino.




    Es obvio que su elogio de la decisión del tribunal y enaltecimiento de los valores británicos, no solo hay que ponerlos en consideración por lo que dice, por el contenido de sus palabras, sino también por lo que se sobreentiende de ellas, por la crítica cifrada a España que expresa implícitamente, reflejando el código binario que ha dominado la política local desde 1969. 

    Para Míster Picardo lo pro-británico que uno es, es inversamente proporcional a lo anti-español que alberga en su seno, dos caras de la misma moneda inexorable y maniquea. Nos viene a decir que los gibraltareños no quieren ser españoles, porque España no tiene ese apego al estado del derecho y al imperio de la ley que tenemos los ingleses

    Sin embargo a pesar de que la realidad le brindaba en bandeja de plata la oportunidad de dar rienda suelta a su progresismo, el mismo día que los jueces británicos unánimemente rechazaban el cierre del parlamento en Londres, media docena de magistrados españoles, también unánimemente, dictaban la orden de exhumación de los restos del general del Valle de los Caídos, y su posterior inhumación en la cripta familiar del cementerio de Mingorrubio-El Pardo. No obstante, en este tema Míster Picardo prefirió guardar un silencio significativo y no quiso destacar lo que la izquierda española, más interesada en los dictadores muertos que en los dictadores vivos, han celebrado con fervor inusitado. Evidentemente la inmensa mayoría de los españoles ya ni se acuerdan de Franco que murió en la cama en 1975 y están en temas de mucha más envergadura, pero claro, para Míster Picardo, incidir en este hecho, que desde su punto de vista progre y su escala de valores sería importante, hubiera supuesto tener que reconocer que España es tan estado de derecho como el que más, y que si eso es lo que seduce a los gibraltareños, también España podría ejercer la misma atracción. Ante esa disyuntiva, Míster Picardo ha preferido inhibirse antes que sucumbir a una contradicción fatal.

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    Finalmente, si el argumento para la exhumación de Franco 40 años tras su muerte era que no debe haber ningún símbolo de tributo a un dictador, veremos cuanto tarda el gobierno de Pedro Sánchez en quitar también los monumentos y las calles a otras figuras dictatoriales de la época que hicieron la guerra para bolchevizar a España y liquidar la posibilidad de una democracia parlamentaria y occidental. Personajes como Largo Caballero, Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo.  




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