Martes, 18 de Diciembre de 2018

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    Con tacto y con tiento

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    Por Juan Antonio Palacios
    Escritor, profesor y político. Ha sido alcalde de Algeciras y vicepresidente de la Mancomunidad del Campo de Gibraltar.

    Hemos de conducirnos por la vida con talante y con talento, con tacto y con tiento. No es buena estrategia hacer las cosas porque sí o nos da la gana de forma caprichosa, o porque nos creemos imbuidos de un poder del que carecemos e ignoramos el criterio de los demás.

    Entre similitudes y contrastes, con salidas  y encerronas, buena suerte y mala fortuna, aprendemos a emplear lenguajes nuevos e inventar caminos diferentes y no cabe, bajo ningún concepto, hacer las cosas a tontas y a ciegas, sin precisión ni medida.

    En demasiadas ocasiones, perdemos el tacto y el tiento en nuestras relaciones con los demás, como si careciéramos de empatía, y estamos más pendientes de abalorios y cachivaches que de objetos de valor, más sorprendiéndonos por lo inesperado que aguardando lo que puede  ocurrir, más en las prisas y en las vísceras que en las reflexiones y proposiciones, más en las demandas que en las ofertas.

    La mayoría de la ciudadanía vivimos en un país al que respetamos y queremos desde nuestras identidades y pluralidades, del que nos sentimos orgullosos en pertenecer, pero en el que desgraciadamente, mucha gente no quiere asumir responsabilidades y no juega al fútbol, que dicen que es el deporte rey sino al tenis, pasando la bola al otro, no queriendo saber nada de aquello a lo que debería hacer frente.

    También, no debemos ser ingenuos ni buenistas, están quienes son exclusivos y excluyentes, y no admiten otra forma de pensar que la propia, y en esa intolerancia, quieren imponernos a los demás su forma de ser y estar. Gran error, si fueran capaces de entender, que somos iguales porque somos diferentes, las cosas funcionarían mucho mejor.

    Cuando nos desanimamos, nos desequilibramos y eso provoca que no reflexionemos con claridad ni tomemos las decisiones adecuadas, y hay imágenes que nos estremecen y actuaciones que nos indignan. Y cuando recordamos el pasado, lo hacemos según nuestros deseos y con todo tipo de deformaciones, como nos hubiese gustado que ocurriera, no como sucedió en la realidad.

    Resulta emocionante recordar y recrearse, y admirar en paisajes, personajes y paisanajes, aquellos momentos que rezuman misterios y sueños más que problemas y enigmas, superar esas ideas perturbadoras que nos dan vueltas a la cabeza y nos hacen perder un tiempo precioso.

     Nos movemos entre complejos y fobias, pasiones y quietudes, evasiones e invasiones, y no deberíamos intentar sacar conclusiones precipitadas, solo procurar hacer las cosas, con la lógica y el itinerario de comenzar por el principio y terminar por el final.

    Desde la vanguardia y la retaguardia, si no nos ponemos límites, cometeremos grandes errores y no podremos seguir el ritmo que nuestras actuaciones necesitan. No deberíamos contagiarnos de la energía negativa y ser capaces de gestionar adecuadamente nuestras emociones.

    Tenemos que reunir valentía para decir en cada momento lo que pensamos, mirar las cosas con perspectiva y contribuir a construir el mundo en la mejor de sus versiones, aunque tendamos a vernos envueltos en contradicciones y nos metamos en polémicas insolubles y conflictos sin salida.

    Lejos del agotamiento, superando el vacío y venciendo a la frustración, necesitamos tomar distancia y no olvidarnos que todo se puede hacer a su debido tiempo sin caer extenuados, y cada minuto ser capaces de renacer de nuestras cenizas, como el ave fénix.

    Las pequeñas cosas llenan los grandes momentos, si analizamos las situaciones con rigor, damos valor a lo importante frente a lo urgente, defendemos nuestros principios y protegemos nuestros valores. Si somos capaces de reírnos de nuestros propios defectos más que de vanagloriarnos de las virtudes que no se poseen. No debemos permitir que nuestro pasado condicione nuestro presente, y debemos caminar hacia lo nuevo con alegría y optimismo.