Lunes, 23 de Septiembre de 2019
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Habilidades y torpezas

  • Imagen de Juan Antonio Palacios
    Por Juan Antonio Palacios
    Escritor, profesor y político. Ha sido alcalde de Algeciras y vicepresidente de la Mancomunidad del Campo de Gibraltar.
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    Demasiadas veces dudamos de nuestras actitudes, sobre cuáles serán nuestras aptitudes para dedicarnos a una u otra actividad, y una de las cosas que más oímos cuando se dirigen paternalmente a nosotros que es “por nuestro bien” y que no somos lo suficientemente experimentados para superar los obstáculos que nos aparecen  en el camino.

    Entre habilidades y torpezas intentamos contemplarlo  todo a vista de pájaro  y pretendemos encontrar soluciones simples a problemas complejos: a veces nuestras relaciones con los demás pueden ser tormentosas y tortuosas o las mejores del mundo.

    La vida nos proporciona muchos momentos gratificantes pero también dolorosos, lo importante es que sepamos ser hábiles para disfrutar los primeros y no incurrir en la torpeza para intentar evitar los segundos. Hay proyectos interesantes que pueden abrirnos nuevas puertas hacia experiencias positivas y otros que no merece la pena que exploremos por su toxicidad y negatividad.

    Cuando todo nos va bien, vemos cómo la lista de conocidos interesados se alimenta e incrementa, mientras que cuando las cosas se tuercen y el camino se llena de piedras nada parece satisfacernos y cualquier pequeño problema, se nos convierte en un caos sin solución.

    Hay individuos que por mucho que se empeñen no salen de su urna de cristal y son incapaces de mantener una relación normal con los demás. Prefieren las guerras a las paces, los conflictos a los diálogos y las imposiciones a pactar las diferencias.

    Nuestras decisiones pueden ser hábiles y justificadas y torpes y disparatadas, en las que nos hacemos preguntas absurdas u otras que dan la batalla de nuestra permanente lucha por intentar ser mejores, sin tener que elegir entre el todo o la nada, ni ver enemigos donde solo hay adversarios.




    Cuando sacamos moralejas de nuestros fracasos vamos abocados a repetirlos, porque cada situación es afortunadamente distinta si no esto sería aburrido e inaguantable,  si siguiéramos un guión fijo del que fuera imposible salirse.

    Si queremos pelear hemos de ser persistentes y no esperar milagros o números inexistentes, que no son ni el principio ni el fin de lo que vemos, ni lo que existe, ni aquello que ha desaparecido sin que nos enteremos, aunque continuemos creyendo que no es así.

    Cuando todo empieza y acaba al mismo tiempo, y no sabemos cómo será el día que vendrá ni tan siquiera si podemos controlar el presente, y el nosotros es un yo permanente que se encierra en nosotros mismos, sin dar ningún sentido a las palabras y los hechos de los demás.

    Aunque nuestros tiempos sean sagrados y nos apetezca aprovecharlo en aquello que más nos gusta, perderlo no es malo y, en ocasiones, hemos de sentarnos para no hacer nada. Cuando alcanzamos algo que hemos deseado durante mucho tiempo, estamos de buen humor y con ganas de contárselo a todo el mundo.

    Dejémonos llevar de la alegría y disfrutémoslo. La venganza es mala  consejera y no nos debemos arrastrar por  ella. Sin embargo la precisión en nuestras ideas es saludable y positiva, y evita conflictos y malentendido, no debemos olvidar que paso a paso tenemos que  lograr nuestros objetivos con firmeza y constancia pero con apertura y flexibilidad, para estar dispuestos a modificar lo necesario.

    Como bien dice Vázquez de Sola “El humor  es cachondearse del mundo entero, pero mirándose al espejo”