Miércoles, 29 de Junio de 2022
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Cuando los militares británicos arrasaban las huertas de La Línea

  • Soldados de guardia en el término linense hacia 1868 (Colección Wilson)
    Soldados de guardia en el término linense hacia 1868 (Colección Wilson)
    Historia

    Estaban hartos los agricultores linenses de sufrir robos y destrozos en sus huertas. Esos sucesos no provenían de gente necesitada de obtener algún tipo de alimento a todo trance y de manera puntual. No, en este caso se trataba de algo más grave. Las “incursiones” en los terrenos cultivados provenían de los militares británicos con base en Gibraltar.

    El corresponsal de Diario de Cádiz en La Línea daba cuenta, el 18 de enero de 1878, “que durante todo el día se han visto brigadas de soldados ingleses arrasando las huertas de la Puerta de Tierra, en las afueras de la plaza inglesa y las barracas donde vivían los hortelanos”.

    Estas acciones ilegales revestían mayor gravedad dada la procedencia de las mismas. La prensa aludía que los terrenos se hallaban a extramuros de la colonia “que para nada afecta a las fortificaciones”.

    Los campesinos linenses se reunieron con las autoridades locales que, a su vez, hicieron llegar su queja a la Comandancia General del Campo, verdadero poder en la comarca.

    Exponían los labradores que la situación se hacía insostenible y que estos actos eran ignorados por los jefes militares ingleses.

    Las invasiones de las tierras tenían lugar a pleno día y la economía de los campesinos, que vendían muchos de sus productos en la propia plaza gibraltareña, se había dejado notar de manera notable.

    Hortalizas y frutas llenaban los sacos de los soldados del Peñón, mientras que los campesinos se sentían completamente indefensos y a la espera de alguna intervención que acabase con esa cadena de abusos.

    Aunque la Comandancia elevó protesta ante el gobernador de la colonia, los asaltos a los huertos continuaron, con gran desesperación de sus propietarios.

    Ya no era tan sólo la cuestión del hurto de los productos que con tanto esfuerzo los pobres labradores sacaban adelante, pues el hecho que uniformados británicos camparan a su antojo más allá de las líneas de separación entre ambas comunidades, revestía un cariz de violación de los espacios reservados a jurisdicciones de países diferentes.





    Pero si la cuestión estaba presente en la actualidad de la ciudad linense, también saltó a San Roque, donde la indignación fue muy similar a la de los campesinos de la vecina localidad.

    En San Roque se quejaban de que no hubiese una decidida determinación contra estos abusos, y que esa actitud se mantuviese en el tiempo. Incluso se llegó a censurar el papel de la prensa local linense en asuntos relacionados con fricciones fronterizas.

    Como ejemplo, tan sólo unos años después, el periódico sanroqueño El Loro censuraba el silencio de su colega La Línea en el asunto de una presunta usurpación de terreno por parte británica: “Dicen que la primera garita inglesa que encontramos al ir a Gibraltar está más próxima a La Línea que antes. La Línea (se refiere al periódico de dicha ciudad) nada dice. Caso de que una persona decente se deje comprar vale más venderse a un español que a un inglés”.

    Cierto era que ambos periódicos mantenían una particular disputa, pero parecía que en San Roque, donde el Consistorio llegó a enfrentarse al propio general Javier Castaños por su permisividad con los  británicos, se tenía una percepción distinta sobre las cuestiones derivadas de la colonia.

    La solidaridad con los labradores que sufrían el problema fue muy extendida en San Roque, donde no se veía con malos ojos que se armara a los mismos para persuadir a los ladrones de uniforme que, sin contemplaciones, caían sobre sus tierras de labor.

    Si con buenas intenciones las demandas no eran atendidas por quien correspondía, no quedaba más remedio que afrontarla de manera directa, pensaban muchos herederos de los antiguos gibraltareños.

    Ello hubiese creado una difícil relación en plena línea divisoria de los dos territorios.

    En este sentido, ambos gobernadores trataron el asunto de manera directa, dictándose órdenes expresas a las guarniciones del Peñón para que los oficiales impidieran a la tropa que, sin desembolso económico alguno, utilizara como despensa las huertas de La Línea cercanas a la frontera.

    A partir de ese momento -si no las servían en los cuarteles convenientemente-, los soldados del Peñón, no tuvieron otra salida que comprar las verduras, hortalizas y frutas en el mercado público, que se nutría de las huertas de la vecina localidad. Y aunque no faltaron casos esporádicos, la “invasión uniformada” y con absoluto descaro, quedó bajo control para satisfacción de los vecinos de La Línea, y para sus hermanos sanroqueños.




  • Abogados - Jiménez Laz y Cadenas
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