Miércoles, 29 de Junio de 2022
Twitter
Facebook
Youtube

El cura que trasladó a Vejer el Archivo eclesiástico de Gibraltar

  • En plena guerra mundial

     Actas Capitulares del Archivo Municipal de San Roque
    Actas Capitulares del Archivo Municipal de San Roque
    Historia

    Eran tiempos difíciles como quedará de manifiesto en este artículo. Al poco de finalizada la guerra civil a la represión se unía el aumento de las enfermedades y la falta de alimentos. A los mayores escuchaba hablar del “año cuarenta, el año del hambre”, un año que se alargó más de la cuenta.  Para colmo, estallada la II Guerra Mundial, otro peligro se cernía sobre un país demasiado castigado. Ante un escenario posible de participación en la contienda se hacían planes en la comarca. El párroco de San Roque, Francisco Muñoz de Arenillas se dispuso al traslado del Archivo eclesiástico sacado de Gibraltar tras la ocupación inglesa.

    Este dato, absolutamente inédito, que hoy publicamos, tiene especial relieve pues era la primera vez, y la única hasta ahora, en que los valiosos tomos salieron de la iglesia Santa María la Coronada, donde permanecen guardados.

    El propio Arenillas me relató que cuando lo planteó al Obispado obtuvo la negativa por respuesta, pero que ante el temor de que la ciudad pudiera ser ocupada en caso de conflicto armado, decidió el traslado a su casa de Vejer, población de la que era natural.

    Hasta allí llevó los libros más importantes. Previamente los había embalado en cajas de madera y subidos a un camión. Cuando consideró que el peligro había pasado los retornó a la parroquia. No me precisó cuánto tiempo custodió los históricos documentos en su domicilio.

    El sacerdote había llegado a la ciudad en octubre de 1935 y permaneció en la misma hasta 1948, año en que fue destinado a Ceuta, donde se jubilaría y fallecería a avanzada edad.

    Conozcamos el panorama existente en la ciudad en ese tiempo. En 1941 una exigua Gestora Municipal presidida por Juan Vázquez de Sola y compuesta por Jesús Mulero Pallarés y José Cruz Maza trataba de reorganizar la vida ciudadana. La penuria económica no permitía hacer proyectos de ningún tipo, pero el Ayuntamiento era la única institución a la que se podía recurrir en demanda de ayuda. Hasta corría con el gasto de una palangana para el puesto de la Guardia Civil.





    También se vio obligado al abono del alquiler de la casa-cuartel de la barriada de Campamento, ya que el dueño del edificio había suspendido la cesión gratuita del mismo. No era una excepción, al mismo tiempo tuvo que atender las obras de mejora en cada uno de los acuartelamientos. Y hasta abastecer de paja y cebada al caballo del jefe de línea del puesto de Torreguadiaro y abonar las conferencias telefónicas oficiales de dicho cuerpo.

    Lo cierto es que la plantilla había aumentado y por tanto se requerían más medios materiales. El Ayuntamiento veía satisfecho ese despliegue de guardias, y hacía un gran esfuerzo en correr con los gastos de alojamiento de cuatro guardias casados y siete solteros.

    Difícil era mantener servicios fundamentales para el municipio. La superiora franciscana del Hospital Municipal de Caridad solicitaba un aumento en la consignación por alimentación y para otras necesidades de los enfermos, así como que se asumiese el coste del carbón que el establecimiento consumía. Los fallecidos en dicha institución benéfica iba en aumento y de la construcción de los ataúdes se encargaba el carpintero José Niebla. Otros, sin embargo, morían en el más puro anonimato. Eran los presos republicanos del Batallón de Castigo abierto en Sierra Carbonera.

    El racionamiento estaba presente en la vida vecinal. Una relación de vecinos necesitados confeccionada por el Ayuntamiento superaba las mil personas. Y el número fue aumentando alarmantemente. Nada más que en las barriadas de Puente Mayorga y Guadarranque se habían expedido más de 1.400 cartillas.

    En junio de 1940 se enviaba una petición al Gobierno Civil para que se aumentase las raciones de pan a 389 obreros. Para paliar el hambre se abrieron dos comedores titulados de menesterosos.

    El cronista sanroqueño José Domingo de Mena escribía: “Malos días son estos del invierno de 1940-41. Frío, racionamiento, pan un día sí y otro no. Y menos mal, pues el mes de noviembre o el de octubre –no lo recuerdo bien al escribir- faltó casi por completo los treinta días”. Y seguía el relato: “a causa de ello, el hambre de los pobres es extrema, pues que los ricos y medio acomodados la pasan y no hablan de otra cosa, obsesionados por la restricción, conforme todos en que lo único que sacia y satisface es el pan. Las muertes por desnutrición son casi frecuentes”. El hambre, la hambruna de la que muy poco se ha escrito.




  • Abogados - Jiménez Laz y Cadenas
    Abogados - Jiménez Laz y Cadenas