Sábado, 2 de Julio de 2022
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De Gibraltar a San Roque, los problemas de un predicador protestante

  • Martín Lutero defendiendo sus tesis protestantes
    Martín Lutero defendiendo sus tesis protestantes
    Historia

    No le fue fácil al reverendo metodista William Harris Rule predicar el Campo de Gibraltar. Mientras que en la colonia gibraltareña tuvo todo tipo de facilidades, no fue así en la comarca. De ello trató en su libro Viajes a Madrid y Andalucía, publicado en Londres en 1844. Los hechos ocurrieron a finales de 1835 durante su estancia en San Roque.

    El reverendo quiso extender su misión “a uno de los pueblos vecinos”. Relata que tomó varias habitaciones en San Roque con la intención de hacer una visita semanal y organizar sus charlas. Como base, el predicador tomó contacto con “un hombre y una mujer quienes, durante su residencia de unos meses en Gibraltar habían caído bajo la influencia de la palabra de Dios, y se habían juntado con nuestra comunión”. Parece que se trataba de un matrimonio de procedencia italiana. El esposo de nombre Nicolás Lovero era natural de Piamonte.

    El predicador inició sus visitas realizando su labor con algunas personas. Una de ellas, asidua de la congregación española en Gibraltar, recibió del religioso unas tarjetas para una de las reuniones con la intención de que las distribuyese entre sus amigos sanroqueños. Sin embargo, la mujer las entregó a varios sacerdotes católicos de la localidad, que rápidamente denunciaron la actividad al alcalde.

    Para evitar males mayores el pastor se presentó a la primera autoridad, Andrés Vázquez, al que había realizado una visita de cortesía la semana anterior. El alcalde le pidió “con tono de autoridad”, que le acompañase a dar un paseo por las calles. En el transcurso del paseo el británico fue sometido a un interrogatorio que no esperaba.

    El primer edil, sin ocultar su enfado, preguntó por la estancia en la ciudad del misionero y si se había presentado a la Policía. El alcalde lo condujo hasta la casa del juez de Instrucción, que en ese momento se hallaba ausente. De allí ante “un eclesiástico, el Vicario apostólico”. El predicador no dudaría en escribir que “el alcalde me puso su prisionero”.

    El religioso católico quiso saber quiénes eran los vecinos asistentes a sus charlas, pero Rule se negó a darle los nombres si no obtenía garantías de que no existirían represalias. Con esa garantía finalmente accedió. El vicario le aseguró que mientras viviera se resistiría a que cualquier doctrina que no fuese la católica penetrase en el territorio de su competencia.

    Por su parte, el alcalde le hizo volver a la casa del juez que, en esta ocasión, ya había regresado. Allí el protestante fue sometido a lo que calificó como “un tribunal extraordinario, eclesiástico, militar, criminal y civil, constituido hacía unos días en anticipación de mi visita”. Se dieron cita, aparte del juez y del alcalde, el párroco y un jefe militar. Allí se le informó de la ilegalidad de su acción en la ciudad, cuestión que fue protestada por Harris Rule. 

    El acusado reconocería en su libro que tanto en el juez como en el sacerdote encontró comprensión, mientras que en el militar la incomodidad de haber sido llamado para una cuestión que no era de su competencia. No era el caso del alcalde, enfadado y resentido por no contar con el respaldo que esperaba de las otras autoridades presentes.





    No obstante, tratando de hallar un punto de acuerdo para dar por zanjado el caso, se le pidió al predicador que desistiera de sus labores en San Roque. A tal proposición objetó Rule que ello era imposible, contestando que “me es impuesta la necesidad de predicar el Evangelio por una autoridad infinitamente superior a la del obispo, el papa o aún de la Inquisición, si tal cosa existiera”.

    Tolerancia religiosa

    Entrada la noche las autoridades reunidas acompañaron al reverendo inglés hasta su residencia en la localidad. Allí, según el relato, mantuvieron una larga conversación donde se abordó la cuestión de la tolerancia religiosa. Salvo el alcalde, el resto se mostró de acuerdo, con que debía respetarse la opción elegida por cada ciudadano.

    En este sentido, se planteó la forma para resolver el engorroso asunto. Entonces, con determinación, el predicador expuso que la única manera era respetando el poder civil, siempre que no se dejara guiar por el eclesiástico, “como las autoridades presentes estaban actuando para el obispo de Cádiz”.

    Del mismo modo, como respeto a la autoridad civil, se comprometió a visitar al alcalde e informarle de sus movimientos en la ciudad. La propuesta fue aceptada por todos, pero después de lo ocurrido fue “impráctico obtener oyentes en San Roque; y mis visitas, por lo tanto, se pararon”, lamentaría Rule.

    El reverendo denunció lo que consideraba “una persecución” ante Pedro González Vallejo, presidente del Estamento de Próceres (Senado), y luego arzobispo de Toledo. Su intención era que hiciera llegar la denuncia hasta la propia reina. 

    Un sorprendido Rule escribiría sobre el fruto de esas gestiones, pues el alcalde “fue inducido a comportarse de una manera muy diferente y los protestantes no sufrieron ninguna persecución por causa de su profesión religiosa”.

    Esa tónica continuaría en los años siguientes, aunque, “el viejo vicario mantuvo su voto de resistir la introducción del protestantismo”. Hasta el punto de mandar detener al piamontés Lovero, acusado de haberle enviado una carta amenazándolo de muerte.

    Era un caso excepcional, pues como escribía el británico, se había producido “un cambio fundamental para lo mejor en la legislación española”.




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