Viernes, 26 de Febrero de 2021
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Recuerdo de los antiguos carnavales en tiempos de ausencia la fiesta

  • El recordado Bachito disfrazado de Juan Pablo II. A la izquierda, Palmero, otro popular carnavalero, también desaparecido
    El recordado Bachito disfrazado de Juan Pablo II. A la izquierda, Palmero, otro popular carnavalero, también desaparecido
    Historia

    La historia del Carnaval en la comarca estaría incompleta si no reservara un lugar de honor para Francisco Lara Bachito o Bachi, como era conocido popularmente. En este año de ausencia de la popular fiesta son muchos los que recuerdan sus ingeniosos disfraces. Bachito fue heredero y continuador de lo más genuino del Carnaval, el que siendo un muchacho había conocido antes de la guerra civil.  

    Una fiesta que fue recuperada con el primer ayuntamiento de la democracia y que ya había olvidado los nombres de Chato Torrijos, Bigote, Reguera o Antoñón. A esa recuperación nos pusimos hace casi treinta años José Antonio Ledesma y yo, tratando de hacer justicia con quienes habían sido los verdaderos protagonistas del Carnaval en San Roque.

    No hay que olvidar que los carnavales quedaron suprimidos por el régimen de Franco aunque, como parte consustancial a la fiesta, no faltaron ocasiones para burlar, de alguna manera, tan terminante prohibición. No obstante, la laguna fue extensa y en ella se perdía una parte de la historia.

    En San Roque, en la segunda mitad del siglo XIX los bailes que tenían lugar en el Pósito Público concentraban a una buena parte de la juventud. Los bailes de máscaras se organizaban con bastante antelación, una forma de calentar motores, se podría decir. El 8 de enero de 1882, el periódico local El Loro se refería al que había tenido lugar el mismo día de Reyes.

    Así de “irreverente” era la fiesta: “numerosas máscaras caprichosamente ataviadas llenaban los espaciosos salones de aquel magnífico edificio, en donde se veían confundidas todas las clases sociales de nuestra sociedad”. Y la fiesta seguía. “en el que ha de tener lugar esta noche se espera mayor concurrencia”. Por supuesto, un consejo “a la inexperta juventud del sexo feo” para evitar “fumar dentro de dichos salones”.

    Tiempos en los que el Carnaval suponía la mejor manera de dirigir la crítica a las autoridades que, desde semanas antes, se aprestaban a la censura de las letrillas de las conocidas como murgas. Censura que más de una vez se saltaba a la torera cualquiera de los grupos que acababa durmiendo en los calabozos.



    Arcgisa - Capaña textil 2
    Arcgisa - Capaña textil 2


    Muchos años antes, en 1822, la autoridad militar advertía de los descuidos que pudiera tener el Ayuntamiento durante los días de carnavalada.

    La cuestión del orden público preocupaba a las autoridades, que más que alentar la fiesta, parecían soportarla como mejor podía. El asesinato, el 4 de febrero de 1875, del artesano Mateo Ojeda Luna por tres desconocidos causó gran alarma entre los vecinos. Los mismos bandidos intentaron descerrajar otras puertas de personas adineradas sin conseguirlo.

    En la ciudad había cuatro serenos a la orden de un cabo, y la dedicación de la Guardia Civil a otros menesteres se dejaba notar. Por ello, las fiestas en la Plaza de la Constitución contaron con dos serenos más, a pesar de la escasez de dinero de las arcas municipales.

    Sin embargo, el pueblo demostró que ningún suceso, por muy bárbaro que fuese, representaba al esperado festejo. Ni el propio Ayuntamiento estaba dispuesto a admitirlo y, como en otros años, contrató a la banda de música particular existente en la población, que se encargó de amenizar las tardes en la plaza. Cuarenta pesetas destinó el Consistorio al pago de los músicos, a los que no faltó un apreciado vino dulce y unas docenas de pasteles.

    Eso sí, ante la falta de medios de vigilancia en el municipio, el Ayuntamiento aprovechó un escrito de los mandos de la Benemérita en los que se preguntaba por las necesidades detectadas en dicha materia. La respuesta fue pedir un aumento de la fuerza en diez números,  mandados por un cabo o sargento, así como la creación de nuevos puestos en Campamento, Puente Mayorga y Guadiaro.

    Pero el Carnaval era fiesta, olvido pasajero de las penalidades diarias de las clases menesterosas y oportunidad, gracias al ingenio popular, de ejercer una vez al año la denuncia dirigida a “quien correspondiese”, como responsables de situaciones preocupantes, de faltas de servicio y hasta de abusos de algunas autoridades.




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