Viernes, 28 de Enero de 2022
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Sobre la Algeciras de entreguerras (I)

  • Entre la carestía y la epidemia de gripe

    Algeciras en una imagen de 1924 (Harriet Chalmers)
    Algeciras en una imagen de 1924 (Harriet Chalmers)
    Historia

    La I Guerra Mundial comenzaba a pasar a la historia y una ciudad como Algeciras, perteneciente a los países que se habían mantenido neutrales, trataba también de establecer un antes y un después en ese período crucial, anticipo de una nueva y terrible confrontación internacional.

    Como tantas veces sería la prensa el termómetro de la actividad ciudadana y recurrimos para ello a uno de los periódicos de la localidad. El Lábaro Hispano fue un periódico semanal que tuvo su primera redacción en la calle Emilia de Gamir, 33 (antes Huertas). Fue su primer director el posteriormente andalucista Fermín Requena.

    El periódico denunciaba los abusos que al amparo de la guerra -finiquitada en noviembre de 1918- se habían venido cometiendo: “A causa de la cruel guerra europea todos los habitantes de este pícaro mundo venimos sufriendo las consecuencias, más que por nada por la carestía de las subsistencias”. Y centrándose en la ciudad de la bahía señalaba que “(…) En ninguna parte del globo están los huevos y la leche al precio de Algeciras, donde hoy cuesta una docena de los primeros seis pesetas y un litro del jugo láctico una cincuenta. Y suele suceder que en lugar de leche tome el consumidor escayola, jabón o demonios encendidos”.

    En este sentido, solicitaba una rápida intervención de la autoridad municipal “contra los pocos escrupulosos vendedores que salen al camino a comprar estos artículos al productor, para luego revenderlos con un treinta por ciento o más de utilidad”.

    Sobre los efectos colaterales de la guerra y la falta de acción municipal -representada por el alcalde Emilio Morilla-, tras criticar duramente la utilización del conflicto para el enriquecimiento de una “serie parasitaria que se nutre de la humana sangre”, se centró en los efectos de la contienda en la población de Algeciras, “en la vida lánguida, misérrima, desconsoladora, sufrida por nuestra ciudad durante los cuatro años de guerra”.





    El fin de la guerra, donde Gran Bretaña había sido una de las naciones victoriosas, se vivió de manera especial en la colonia de Gibraltar. Desde allí se informaba del anuncio realizado por el gobernador Orase Smith-Dorrien, seguido de las manifestaciones de júbilo de la población, soldados y marinos. Con tal motivo cerraron comercios, fábricas y talleres. La nota triste fue el entierro de las 23 víctimas del torpedeamiento del buque Britannia. Unos días después se celebró un tedeum en la iglesia catedral.

    LA EPIDEMIA DE GRIPE

    Otro hecho de enorme trascendencia vivido por la ciudad, como ocurrió en el resto del país, fue la epidemia de la mal llamada “gripe española”. En el mes de octubre de 1918 era la máxima preocupación en el Campo de Gibraltar. En Algeciras los medios se quejaban del poco control que se ejercía sobre los viajeros de otros lugares, pues aunque los que venían en coche se les trasladaba a la Plaza de Toros para su desinfección, no se hacía lo propio con los que llegaban en ferrocarril.

    Numerosas informaciones aparecen en el conjunto de la prensa local, pero de nuevo visitamos las páginas de El Lábaro, que el 10 de noviembre de 1918, escribía: “La enfermedad de moda causa estragos en todo el mundo de una manera exagerada y aquí tenemos la suerte de que aunque hay afectados, no guarda el número relación con el de los pueblos vecinos”. Un hecho que el propio periódico no acertaba a explicar. “Esto nadie sabe a qué atribuirlo; ocurre igual que con la enfermedad, que la ciencia médica hasta ahora no ha podido definir, pues todo lo que puede hacer es combatir los síntomas”, explicaba.

    A este respecto, se refería a la situación higiénica de la localidad: “en Algeciras no hay medios de higiene a los que se pueda atribuir que la epidemia no se haya cebado en la población, son muchas las casas inhabitables que existen dentro de la población, y ni que decir tiene en los barrios extremos donde si no se muere a centenares en tiempo normal es debido a los milagros de la divina providencia”.

    Ya en enero de 1919, cuando la epidemia parecía una pesadilla cercana, el papel escrito se acordaba del diputado conservador José de Luis de Torres, a quien lanzaba sus dardos por no haber estado a la altura de las circunstancias: “este pueblo, señor Torres, tan noble como honrado -y al igual que este pueblo los de La Línea, Ceuta, San Roque y Los Barrios- ha pasado por la mayor de las calamidades, -y no queremos decir por el mayor de los crímenes-, y por el hambre mayor, mientras los protegidos acaparadores se ponían las botas. La epidemia gripal se ha saciado en el distrito llevándose infinitas vidas y dejando en la miseria y en la desesperación a innumerables familias”.




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