Miércoles, 23 de Junio de 2021
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Tres siglos de la reunión de los cofrades exiliados de Gibraltar

  • Iglesia de Santa María la Coronada, lugar donde se encuentran  la mayoría de imágenes de Gibraltar, y Plaza de Armas. Postal de 1906
    Iglesia de Santa María la Coronada, lugar donde se encuentran la mayoría de imágenes de Gibraltar, y Plaza de Armas. Postal de 1906
    Historia

    La historia de los llamados gibraltareños exiliados está llena de hechos, a veces, no suficientemente desvelados, y menos aún analizados con la profundidad necesaria.

    Los primeros tiempos de desconcierto, inseguridad y hasta descontrol en la administración -comprensible en muchos de sus aspectos por los propios dictados de la guerra- motivaron el despacho real de mayo de 1706. A partir de ahí tiene lugar la recomposición de la vida institucional, que se plasmaría en la reunión del Cabildo del mes siguiente.

    Más tarde, en 1720, se produciría otro hito que, aunque reseñado por algunos historiadores locales, a mi juicio, tiene un enorme valor. Se trata de la reunión mantenida por los responsables de tres cofradías gibraltareñas que proyectaban reiniciar su actividad en San Roque.   

    Hace trescientos años que los hermanos mayores de las cofradías “del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora de la Soledad y Santo Entierro de Jesucristo, los del Santísimo Cristo de la Columna y los del Santísimo Cristo de la Vera Cruz”, solicitaban del Obispado la obtención de los objetos necesarios para el culto de los cofrades y devotos.

    Estas piezas se hallaban, según consta en el escrito del 14 de marzo de dicho año, “en el depósito General de alhajas de plata y ropa que se hizo de las que pertenecen a dichas cofradías”, pidiéndose que entregasen “las que se expresaran que pertenecen a dichas cofradías”.

    Y a continuación se relaciona lo siguiente: “Para la Cofradía del Santísimo Sacramento y su capilla, donde está colocado, una lámpara de plata, que no la tiene. Unos candeleros de plata, unas vinajeras de plata. Para las demás cofradías doce pértigas de plata. Una bacinilla de plata y unas almohadas túnica de seda y todas las que S.I. fuere servido para el mayor culto, así de la Cofradía del Santísimo como para las demás”.

    A mi entender, una de las piezas fundamentales de la organización de los refugiados la constituyó el elemento cofrade, de gran arraigo en Gibraltar y que, no sin dificultades, había trasladado al campo de San Roque diferentes imágenes de las iglesias calpenses.





    Uno de los defensores de que la ciudad se reconstituyera donde hoy se encuentra fue Diego Ponce, firmante de ese escrito, y promotor de la primera procesión cinco años antes cuando logró trasladar desde el Peñón las imágenes de la Virgen de los Remedios y San Sebastián.

    Ponce no era un simple quincallero, como a veces se le ha presentado. Era un comerciante relevante y de gran influencia en el Cabildo gibraltareño, como lo era Guillermo Hillson, otro de los fundadores de la nueva ciudad y que tampoco ostentaba representación institucional.

    Ponce logró mantener su presencia comercial como demuestra que en abril de 1712, el Ayuntamiento le encargara el papel sellado. Su situación económica era sumamente holgada. Falleció casi al año siguiente de la histórica reunión, el 10 de febrero de 1721.

    Ostentaba entonces los puestos de hermano mayor de la Vera Cruz y mayordomo de las Ánimas y del Santo Rosario entre sus disposiciones testamentarias figuraba la realización de 220 misas por su alma y aportaciones económicas para la ejecución de un pabellón para el sagrario del Santísimo Sacramento.

    Pero volviendo a la reunión citada, que supera los tres siglos, sigo afirmando que supone, después de esa “llamada de atención” para la ordenación de la actividad municipal de 1706, y de la reunión del Cabildo del 18 de junio de ese año, un momento de singlar interés en la normalización de la vida de los gibraltareños desplazados.

    Ahí no figuran solamente personas vinculadas al mundo cofrade. La iglesia local está representada por Francisco Román Trujillo -religioso que junto a Ponce había organizado la procesión de 1715-, y también figuran autoridades y políticos como Díez de la Isla o Rodríguez Quiñones. Hasta trece representantes de la sociedad gibraltareña ya establecida en San Roque.

    No es difícil deducir el peso de Ponce en esa iniciativa. Su relación con Francisco Román Trujillo era excelente, pero no lo era menos con los representantes municipales. Junto con otros mantuvo la llama de lo que podríamos denominar el “sector vecinal”, y no lo pudo hacer de mejor manera que recomponiendo la organización cofrade, un elemento, insisto, que ayudó a vertebrar la sociedad civil en una ciudad de refugiados.




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