Viernes, 17 de Septiembre de 2021
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De vendedor ambulante en Gibraltar a improvisado torero en San Roque

  • Lugar donde El Africano dio el primer pase a muleta. Imagen de 1932
    Lugar donde El Africano dio el primer pase a muleta. Imagen de 1932
    Historia

    Entre la variopinta población que comenzaba a radicarse en Gibraltar pasó desapercibido aquel andaluz, que por las calles del Peñón se dedicaba a vender frutas y babuchas marroquíes. Parece que no llegó solo, pues le acompañaban algunos compañeros que había conocido durante su estancia en tierras musulmanas. Una estancia obligada, pues Manuel Ballón El Africano, se había fugado de la cárcel, debiendo su sobrenombre al tiempo pasado en el norte de África.

    Ballón era natural del barrio sevillano de Cestería. Entró a trabajar de aprendiz en una tonelería, donde obtuvo el aprecio de sus compañeros, a excepción de uno que continuamente intentaba humillarle. Por tal motivo acordaron batirse en duelo, resultando muerto su rival. En 1714 fue condenado a seis años de presidio en Ceuta, de donde logró fugarse, pasando a Marruecos. Gran aficionado a los toros llegó a Gibraltar, anhelando tener la oportunidad de pasar a San Roque, en cuya Plaza Mayor (Plaza de Armas) tenían lugar las corridas.

    En 1720 se sitúa al personaje en Gibraltar donde tuvo conocimiento que en la vecina San Roque iban a tener lugar un festejo taurino. El Ayuntamiento había puesto de director del mismo al gran maestro rondeño Francisco Romero. Ballón se trasladó a San Roque.  Tras suplicar a la presidencia que le dejase lidiar una de las reses, y obteniendo el consentimiento preceptivo, inició la faena colocando un palo en el capote, algo inédito hasta entonces. Dio muerte al astado y recibió una gran ovación. Había nacido el toreo a muleta sobre la tierra de Plaza de Armas.

    Diferentes autores han abordado la figura de El Africano, envuelta entre la realidad y la leyenda, pero parece que hay coincidencia de su acción sobre la arena de la plaza sanroqueña. En 1850, en su número 20, la revista Clarín, recordaba aquel episodio:  "(...) vestido de marinero se presentó en la ciudad de San Roque en ocasión que se corrían novilladas bajo la dirección de Francisco Romero, natural de Ronda, quien toreaba al estilo y usanza de aquellos tiempos. Manuel Ballón quería recoger gloria, tenía que ser útil en lo que pudiera, y con los conocimientos adquiridos en África no tuvo inconveniente en suplicarle a Romero le dejase matar un toro, en lo cual no hubo dificultad no sin merecer antes la venia del presidente”. Y la reseña continúa: “En este estado se le vio salir al ruedo, con mucha serenidad y garbo, tomar un capote y colocarle en un palo de más de una tercia de largo, figurando una muleta igual a las que se usan en nuestros días y marchó a donde estaba el toro con un arrojo increíble, al que trasteó perfectamente, logrando darle la muerte de una sola estocada cara a cara y cuerpo a cuerpo, en términos que causó la admiración de los espectadores, y recibió en recompensa la más completa ovación, porque era la primera vez que habían visto esta clase de suerte hecha con tanta gracia y gentileza".



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    Para mayor rigor de este capítulo de la historia taurina, existe constancia documental de la celebración de esos festejos, pues en 1720, Felipe V, remitió una Real Provisión ante las epidemias que asolaban Europa, donde se ordenaba organizar una fiesta al señor San Roque para implorar su patronazgo protector como "abogado de la peste". El corregidor Antonio Sánchez celebró Cabildo el 12 de agosto para dar cuenta del mandato regio. Para su cumplimiento se hicieron funciones religiosas seguidas de una corrida. Y fue durante ese festejo cuando se produjo el hecho objeto de este artículo.

    Manuel Ballón adquirió gran fama como torero hasta su muerte a manos de la Inquisición por causas aún no aclaradas. Durante mucho tiempo circuló en la ciudad la versión de que volvió a San Roque, donde había estado camino del presidio, para dar las gracias a Teresa Sánchez, una vecina que le había dado de beber, a pesar de que los guardianes lo habían prohibido. El Africano gratificaría más tarde a la mujer, que se hallaba en una situación de dura pobreza.

    En 1995, por iniciativa del desaparecido cronista oficial Adolfo Muñoz -gran valedor de este capítulo taurino y de todo lo relacionado con la historia taurina local-, fue colocada en la Plaza de Armas, una lápida conmemorativa de la acción del improvisado torero.

    En los años sucesivos a la irrupción de Ballón volvieron a organizarse corridas en la engalanada Plaza Mayor, donde los vecinos adinerados construían balcones para presenciar los espectáculos. Algunos de los menos pudientes también buscaban el lugar adecuado para acceder a la plaza, lo que ocasionaba las quejas de los empresarios, como el caso de Juan Fernando Tubino y Andrés Sánchez, que lo manifestaron en 1833.

    Los dueños de las casas cercanas también se beneficiaban de sus vistas al coso, pero por muchas quejas empresariales, no dejaba de ser una compensación a los trastornos que les causaba la construcción del andamiaje correspondiente, y que solía adjudicarse a concurso entre los carpinteros de la localidad.




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