Jueves, 25 de Abril de 2019
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Un libro describe la etapa dorada de la producción tabaquera de Gibraltar destinada al contrabando

  • Portada del libro sobre el contrabando en la comarca y la serranía
    Portada del libro sobre el contrabando en la comarca y la serranía
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    Una gran industria envasadora de tabaco creció en Gibraltar durante una de las épocas doradas del contrabando, desde los años cuarenta hasta mediados de los sesenta del pasado siglo. Así lo recoge Diego Andrés Umbría Quiñones, autor de Los contrabandistas de tabaco por el Campo de Gibraltar y la Serranía de Ronda, un trabajo de investigación que será presentado próximamente en San Roque.

     

    En este sentido, detalla que las principales fábricas se concentraban en la zona de Puerto Tierra, actualmente conocida como Marina Bay. Dicho lugar era el apropiado para el atraque de barcos procedentes de Virginia, Jamaica y Cuba, que transportaban los fardos que a través de lanchas eran desembarcados, prácticamente a pie de fábrica.

     

    Entre las industrias envasadoras se encontraban las de las marcas Monte Cristo, Monte Carlo, Povedano, El Cubanito, La Flor de Oro o El Águila Imperial, que cuidaba de manera especial su envoltorio para hacerlo resistente a los rigores del transporte propios del contrabando.

     



    Normalmente los turnos de trabajo en las fábricas eran de doce horas, no obstante, en situaciones de excepcional demanda, se establecían de hasta veinticuatro horas.

     

    Tal era la importancia del género exportado que las petacas hechas en la ciudad de Ubrique, famosa por los productos de cuero, estaban adaptadas para lo que se denominaba entonces cuarterón o medio cuarterón de tabaco gibraltareño, y no para los paquetes de picadura procedente de Tabacalera Española.

     

    Pero el libro no trata sólo del punto de producción, sino del amplio mundo del contrabando en la comarca y la serranía, compuesto de una cadena de elementos que tan sólo en la cuestión del transporte incluía los jinetes, mochileros o pacoteros, matuteras y recoveras, y por supuesto los adiestrados perros que cruzaban los montes o nadaban desde las barcas llevando la mercancía.

     

    Umbría Quiñones da a conocer historias narradas por los propios protagonistas, en ocasiones, finalizadas de manera trágica. Con todo, como señala el autor, los contrabandistas de esa época eran personas humildes que se ganaban la vida en una situación de carencia absoluta de trabajo: “no eran malhechores, no eran bandoleros, no portaban armas, no robaban, no mataban, no avasallaban, no hacían mal a nadie, el tabaco estaba permitido como en la actualidad. La única infracción que cometían era transportar tabaco que no había pagado los derechos de aduana”.


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