Viernes, 22 de Febrero de 2019

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    El agradable gobernador británico que ejercía de espía

  • Vista del Peñón desde San Roque
    Antonio Pérez Girón

    Los historiadores coinciden en que la Guerra de la independencia supuso un factor importante en orden a normalizar y flexibilizar las relaciones entre España y Gran Bretaña. El profesor García León en las Primeras Jornadas de Historia del Campo de Gibraltar, afirmaba que un cierto aire de familiaridad se estableció entre los gibraltareños y vecinos de la comarca. Hacía referencia a los rasgos humanitarios que quedaban registrados entre 1810 y 1828 cuando se dieron epidemias de cólera y peste en Gibraltar, y en la que los habitantes del Campo acudieron en socorro de los gibraltareños.

     

    El gobernador de Gibraltar George Don vivía en San Roque la mayor parte del año, y cuando en 1821 fue cesado en el mando de la plaza, decidió seguir residiendo en la localidad. El general Don demostró siempre una gran habilidad para presentar “cara amable”, para hacerse querer e incluso resultar convincente. Tanto es así, que en enero de 1822, el propio Ayuntamiento le concedió un trozo de terreno contiguo a su casa de la calle San Felipe.

     

    El propio gobernador español Alós ignoraba que el 6 de febrero de 1815 el general británico enviaba una comunicación secreta al secretario británico de Colonias, conde Bathurst, por la que se alertaba sobre la posibilidad del restablecimiento de los fuertes de Santa Bárbara y de las líneas del Campo Neutral, y que el 8 de abril volvía a comunicarse con el mismo alto cargo para tranquilizarle ya que los trabajos habían sido pospuestos por falta de dinero.

     

    Pero todavía el 30 de abril, escribía una nueva misiva al secretario de Colonias, “hoy mismo he recibido información, que todo hace suponer que puede ser cierta, que el gobierno español ha nombrado un ingeniero para hacer un proyecto de construcción de fuertes y líneas desde el extremo de la bahía de Gibraltar, extendiéndose desde Punta Mala a la derecha (mirando hacia la guarnición) hasta la más avanzada punta sur de la colina, llamada la Silla de la Reina de España, y desde aquí, por el centro, hacia el Este, hasta las ruinas de las fortificaciones de la que fue batería Tunara, en la costa Este (...)” .

     

    El general Don se había informado en San Roque del proyecto de fortificación de Sierra Carbonera, tal vez a través de uno de esos menesterosos “socorridos” por la generosidad del inglés, o alguna “larga lengua” de la alta clase política sanroqueña. En cualquier caso, el militar tendría una fuente asegurada, porque él afirmaba a sus superiores: “haré todo lo posible por obtener nueva información sobre este asunto y no dejaré de comunicar a S.S. el resultado de mis indagaciones”.

     

    Charles Rochfert Scott, a quien Richard Ford describió como ejemplo “de una nueva especie, el viajero militar (…) montado en tosca cabalgadura y anotando toscas observaciones”, coincidiría con Don en San Roque, dejando el siguiente testimonio: “ (...) asiste muchas veces a las tertulias locales, no muy selectas, justo es decirlo, pero que siempre proporcionaban una forma agradable de convivencia, pues ofrecían gran variedad sin exigir el menor formalismo”.

     

    Ni que decir tiene que en aquella agenda del general Don, el “amigo y socorredor de menesterosos”, aquel apuesto jinete y correcto caballero que recorría fincas y cortijos haciendo amigos en San Roque, se irían sumando las anotaciones para tener bien informado a su gobierno. No cabe duda que la de George Don, fue una “vecindad interesada”.

     

    Cuando años más tarde sir Robert Gardiner asumía la responsabilidad del gobierno de Gibraltar y hacía patente su firme resolución de oponerse, o al menos frenar las actividades ilícitas y muy especialmente el contrabando, provocando la reacción iracunda de los comerciantes locales, salía a relucir otra de las “bondades” del generoso George Don. Los gibraltareños recordaban al nuevo gobernador que antes existía “más comprensión en el Gobierno”, porque aquel caballero, amigo de los españoles, que cada tarde paseaba a caballo por San Roque, había confesado no sólo que conocía, sino que “comprendía dichas actividades”, argumentando, poco más o menos, que la culpa de que hubiese contrabando no era de los contrabandistas, sino de las leyes españolas.