Martes, 18 de Diciembre de 2018

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    Apoteósico recibimiento del torero Mazzantini en Gibraltar

  • Foto tomada por Valleto en México a la cuadrilla de Mazzantini en enero de 1902. En el centro, de pie, el reconocido matador.
    Antonio Pérez Girón

    El revuelo fue mayúsculo. Los comerciantes salieron a las puertas de sus negocios, paralizándose la actividad. Aquel mediodía del jueves 8 de julio de 1886 se transformó en una inesperada fiesta en Gibraltar. Numerosos vecinos se desplazaron hasta la calle principal y aplaudían al paso del nutrido grupo que daba vivas al personaje recién llegado. Luis Mazzantini Eguía, «don Luis», como era llamado o «el señorito loco», había sido recogido en Algeciras por un bote a vapor que había partido a hora muy temprana desde el Peñón. En la embarcación iban amigos gibraltareños del torero, que seguían sus actuaciones por toda Andalucía.

    Bien en coche o a pie los vecinos se unieron a aquel improvisado desfile que desde el desembarcadero siguió por la calle Real en dirección al Royal Hotel. El torero marchaba a pie, escoltado a cada paso por dos aficionados locales. Uno cogido del brazo del diestro.

    Esa misma tarde el gran Mazzantini toreaba en la Plaza de Toros de La Línea, donde, en la conocida fonda Farruco, quedó alojada parte de su cuadrilla. Por su parte, él y el resto de los subalternos, ocho personas en total, lo hicieron en el mencionado hotel gibraltareño, propiedad de su amigo Lequich, gran aficionado a los toros. 

    La corrida en el coso linense contó con una importante afluencia de público procedente del Peñón y la prensa local recogió la crónica de la lidia destacando el papel de Mazzantini, que, a criterio del periódico El Anunciador, había estado «más que bien, y complaciente», mientras que su rival Mateíto estuvo sencillamente «muy mal».

    Pero el paso triunfal del torero por Gibraltar se vio empañado por un comentario aparecido en el periódico linense La Línea, donde Juan Palomo, vertía  una dura crítica a lo cobrado por el hotel gibraltareño al espada y su cuadrillaLa Línea informaba de hasta lo consumido por los toreros en dicho establecimiento, de donde partieron en la noche del mismo día 8: «no hicieron más gasto que almuerzo, comida, algunos refrescos y vinos, entre ellos dos o cuatro botellas de champán, cuyo costo se elevó a 181 pesetas. ¡Y luego dicen los extranjeros que en España se abusa  y que se roba!».

    Ya en Madrid, el matador dirigió una carta a los medios del Peñón, donde rechazaba que él hubiese facilitado información alguna sobre el costo de su estancia en la colonia. Así, en la misiva, publicada el 9 de agosto, señalaba que «tengo costumbre de pagar cuentas de alguna más importancia que de la que tratamos», añadiendo que de estos menesteres se ocupaba uno de sus banderilleros, pues él no se encargaba «de tan insignificantes detalles», razón por la cual, «no pude jamás dar antecedentes a Juan Palomo, autor de una denuncia que no le agradezco y que considero es un abuso de confianza».

    El matador señalaba que Lequich era amigo personal, alojándose en su hotel, «más con este carácter que con el de simple pasajero». Sobre la cuenta de gastos abonada, aclaraba que la hallaba «justificadísima, y lo prueba el hecho de que no se hizo al señor encargado la menor observación; antes al contrario se le dieron las gracias por la fineza que me dispensó no cobrando nada por alquiler de habitaciones». Mazzatini zanjaba el asunto con la afirmación de que no se ocupaba jamás «de nimiedades de esta naturaleza, pero como el nombre de mi amigo Mr. Lequich, anda unido al mío, en este asunto, cumplo con un deber de amistad». Con ello zanjaba la desagradable cuestión.

    Cuando el torero se alojó en Gibraltar era una de las grandes figuras de la tauromaquia de la época. Contaba con treinta años de edad, y ese mismo año partió para Cuba, entonces posesión española, donde tenía firmadas catorce corridas, que tras su éxito se vieron ampliadas a dieciséis más. 

    Mazzantini era un torero muy especial, pues al contrario de lo que solía suceder en el mundo taurino de entonces, hablaba tres idiomas y tenía una buena formación cultural (había estudiado bachillerato en Artes). De padre italiano y madre vasca, llegó a España con el séquito del rey Amadeo de Saboya. En palacio trabajó en las cuadras y más adelante de ferroviario. Con el decidido propósito de hacerse famoso intentó ser actor, para luego optar por los toros, sin pasar por banderillero, que era lo habitual. 

    El apelativo de «señorito loco» se debía a su forma de vestir trajes caros, sin faltar el frac y el esmoquin. Acudía a las tertulias literarias y se codeaba con la alta sociedad. Su prestigio era reconocido y logró imponer el sorteo de reses ante los privilegios de orden de lidia.

    Tras su retirada de los ruedos se dedicó a la política desde las ideas monárquicas, siendo varias veces concejal de Madrid, miembro de la Diputación Provincial y gobernador civil de las provincias de Guadalajara y Ávila. Falleció en la capital de España en 1926.